4.2.1.2.1 Pinturas1

Toussaint, La Catedral de México, Porrúa, México, 1973, págs. 225-226.

La más valiosa de las pinturas que conserva el tesoro de la Catedral de México, es sin duda la que representa a San Juan escribiendo el Apocalipsis que un ángel le dicta. Está firmada por Martín de Vos y es una obra de arte de primer orden. El apóstol evangelista, de vigorosas facciones y amplia musculatura, soberbiamente realzada por los pliegues de los paños que la cubren, escribe con una pequeña pluma de ave sobre el libro que sostiene su mano izquierda extendida. La pierna cruzada deja ver el vigorosísimo pie compañero del que está en tierra; en ambos resalta el vigor del pulgar y la protuberancia del dedo de en medio que sobresale un tanto del primero. Tal detalle, sobre el que no insistimos vanamente, aparece en el maestro de nuestra pintura colonial del siglo XVII: Baltasar de Echave Orio. Es indudable que Echave conoció esta pintura de Martín de Vos, así como las que se encuentran en la Iglesia franciscana de Cuautitlán, en el Estado de México. Allí hay una San Miguel rubio y desmelenado a quien debe considerarse como el prototipo de todos los ángeles que produce el arte pictórico colonial hasta el siglo XVIII. Pero volvamos a nuestro cuadro. El ángel, de una elegancia insuperable, cubierto con paños elegantemente plegados, con sus alas extendidas de plumas de colores matizados con gran belleza, mira hacia el apóstol y le dicta su texto. Con la mano izquierda sostiene una vara y en el fondo se ve la imagen de la ciudad de Jerusalén rodeada de llamas. La gran tablilla en que fue pintado ese cuadro parece haber sido arreglada en fecha posterior, pues se notan en su ángulos ciertas curvas, lo que indica que pertenecía a un retablo del cual fue separada para adaptarla en la forma que la vemos.

Las lágrimas de San Pedro. Esta gran pintura representa al apóstol Padre de la Iglesia, encerrado en la cárcel, cuando se le apareció un ángel. La tela, bastante deteriorada, fue recogida por el Gobierno de un local que se conocía con el nombre de El Obispado, en la población de Atzcapotzalco. El autor de las presentes líneas fue comisionado para dictaminar acerca del mérito de esas pinturas y al encontrar el cuadro mencionado no pudo menos que asombrarse y aseguró en su informe que se trataba de una obra, si no de Zurbarán, por lo menos de su escuela. Pasaron los años y el distinguido escritor de arte y poeta español José Moreno Villa, estudiando las obras pictóricas del Museo de la Catedral, sostuvo en un principio la tesis que se trataba de una obra zurbaranezca. Más tarde, él mismo procedió a restaurarla, limpiándola y cubriéndola con un ligero barniz, entonces   pudo descubrir una firma que dice Pedro Ramírez. Si el nombre hubiese aparecido por primera vez en los anales de nuestra pintura, podría dudarse de su autenticidad, pero Pedro Ramírez estaba documentado con algunas otras obras de arte, sobre todo con el gran cuadro que se conserva en el presbiterio de la iglesia de San Miguel, de México, que representa a Jesús atendido por los ángeles en el desierto. Aquellos ángeles que atienden a Cristo son hermanos de éste que atiende a San Pedro; la semejanza es absoluta. Así, pues, se trataba de un nuevo cuadro de este pintor que floreció en México a mediados del siglo XVII. Las excelencias del cuadro no son para descritas; los pliegues de los paños, la musculatura del cuello y de la cabeza de San Pedro obedecen a un barroquismo que a veces exagera. Los paños del ángel de un tono dorado maravilloso, la técnica con que están pintadas sus alas; su rostro, su brazo, son admirables; y el conjunto, un cuadro que figura decorosamente en la pintura española de mediados del siglo XVII.

Conserva el tesoro de la Catedral una buena colección de pinturas de Juan Sánchez Salmerón, que adornaban antes una capilla del mismo templo. Sánchez Salmerón, pintor fecundo de la segunda mitad del siglo XVII, no puede ser comparado a Pedro Ramírez ni a ninguno de los demás discípulos del insigne artista que se llamó José Juárez. Tiene el oficio bien aprendido, mas sus imágenes carecen de fondo interior. Es simplemente un pintor de santos más o menos hábil según soplaba el viento de su fortuna, pero nada más. De los diversos cuadros que se conservan en el museo, deme mencionarse La Anunciación a Santa Ana, como una de las más agradables. 

Del siglo XVIII en sus comienzos posee el tesoro algunos hermosos cuadros de Cristóbal de Villalpando. Bien característico de su época barroca, su colaboración, su aspecto de conjunto, aún sus descuidos de dibujo, le prestan vigorosa personalidad.

El Arzobispo Núñez de Haro y Peralta, trajo de España una imagen de la Virgen de Belem, obra del insigne Murillo. Cuadro admirable por la verdad con que reproduce el modelo, mujer sevillana, de ligero bozo sobre el labio y expresión sencilla y simpática, así como por la figura del Niño, bien característica entre las del genial artista andaluz.

1 Toussaint, La Catedral de México, Porrúa, México, 1973, págs. 225-226.