4.2.1.2.2 Escultura1

Toussaint, La Catedral de México, Porrúa, México, 1973, págs. 227-228.

El tesoro de la Catedral de México posee esculturas de subido mérito. Aparte de las que existen en el templo y que hemos reseñado antes, deben mencionarse como piezas de gran valor las que a continuación estudiamos. Desde luego hay que mencionar las dos grandes figuras de la Virgen y San Juan, que seguramente formaban parte de un Calvario procedente del templo de Santa Catalina, en el que se encontraban en la parte más alta de un retablo, donde era difícil apreciarlas dada la altura. Como ese templo pertenecía a monjas de la orden dominicana, no es aventurado presumir que dichas esculturas correspondían al retablo mayor de la iglesia de los dominicos y que cuando esta iglesia fue renovada, las estatuas pasaron a formar parte de una filial del propio convento. Sea como fuere, se trata de las esculturas más notables que se hayan conservado de la Nueva España. Las actitudes solemnes a la vez que ingenuas; los paños sobriamente plegados; los rostros, de una belleza primitiva, indican la antigüedad nobleza de tales figuras. Es pasmoso comprobar a la vez la minucia y finura del estofado que las cubre, la suntuosidad de colores, la armonía de los tonos, la riqueza del dibujo contrastando con esa actitud primitiva del conjunto. Se consideran pues ambas piezas como ejemplares de los más valiosos de nuestra escultura colonial.

La cabeza de San Pedro Arbués data del siglo XVII, como puede comprobarse por el peinado y arreglo de la piocha y bigote. Los ojos son de cristal; los dientes probablemente naturales y toda la cabeza está tratada por planos que parecen reducirlo a una forma poliédrica, Sobre esa estética matemática se derrama una emoción comparable a la de los mártires de la misma época, cuyo dolor no debía traspasar los límites de una actitud decorativa. La escultura consta únicamente de cabeza y manos; el resto se suple con vestidos de tela.

La pequeña escultura de San Sebastián hecha en Tecali, ese ónix que se produce en el Estado de Puebla y que ha sido utilizado para tantas obras de arte, es una joya. Sus formas son simples e ingenuas, los agujeros sangrantes que las flechas han dejado en el cuerpo no enturbian la paz de este rostro impávido. Su construcción simple y sólida a la vez parece revelar mano de indio y la calidad extraordinaria del mármol lechoso y brillante constituye una caricia.

Se supone que una cabeza representa a San Diego de Alcalá. Es de madera policromada, los ojos de vidrio y los dientes naturales. La pieza es una buena muestra de la escultura española del siglo XVII trasladada a la Nueva España, aquella escultura dramática, de tonos álgidos y actitudes exageradas. El dolor expresado por este rostro se ve subrayado por los planos que forman ángulos exagerados aun en detrimento de la propia anatomía. La barba estilizada parece subrayar la mueca de dolor que traza la boca y la congestión de las venas cerebrales también ayuda al espasmo trágico.

Todavía del siglo XVII es el San Francisco. Empieza empero a notarse el fenómeno siguiente: la escultura deja de valer por su personalidad para ceder el puesto a la perfección técnica del estofado que la cubre. Así es esta escultura de San Francisco; nada más rico, más suntuoso que sus vestiduras recamadas de oro. El fenómeno se acentuará más aún durante el siglo XVIII, en que la escultura queda supeditada por completo al capricho de los entalladores de retablos.

La escultura de San José, es buena muestra de lo que antes apuntábamos: la actitud esforzada; el rostro inexpresivo; los pliegues de los paños convencionales, y la figura sólo vale por la técnica del estofado que cubre su talla. Más movimiento se nota en la figura de la Asunción de la Virgen. Los paños presentan un pliegue más lleno de vida, y la cabeza, lo mismo que la de los tres ángeles, que se ven al pie, ofrecen un arco de más calidad. Obsérvese que a la figura le falta la mano izquierda que completaría ventajosamente su actitud todavía decorosa.

El San Francisco cae dentro de la clasificación de esculturas que hemos hecho para el siglo XVIII: convencional, pesado, sin vida ni espíritu, sólo se le aprecia por el exuberante dorado y estofado de sus vestiduras, que pueden compararse con algunos de los ornamentos que describimos en esta misma sección.

El siglo XIX no fue fecundo para la escultura religiosa. Aparte de las obras que se realizaron en el principio de él, algunas notabilísimas como que provienen de artistas geniales, como Tolsá, los Cora, poblanos, y unas cuantas más, el resto se compone de esculturas convencionales, de formas frías y escasas de emoción, que se cobijan ampulosamente bajo los dictados de neoclásicas o académicas. Hubo excepciones, claro está; La Dolorosa trágica que se admira en su capilla de un dolor que nos arranca lágrimas y la escultura de "Cristo Crucificado", obra de Mariano Zea, ejecutada en la primera mitad del siglo XIX, cuya cabeza se reproduce en una lámina. El Crucifijo mide únicamente cuarenta centímetros, pero el realismo del escultor es tan prodigioso, que conocemos fotografías de esta cabeza de Cristo reproducidas a tamaño natural y el escultor revela tal perfección en su arte que la fotografía parece reproducir un Cristo de tamaño natural: tal es el vigor en la apreciación que palpita en esta figura. El pequeño Cristo de Mariano Zea puede parangonarse con las grandes creaciones en que los artistas han sabido reproducir la imagen del Redentor en su trance final. Sin alarde de miniaturista, ni preciosísimos extemporáneos, Zea, dentro de la mayor sinceridad posible, ha logrado una realización completa. Grato es hacerle justicia por vez primera a este desconocido artista de la escultura mexicana del siglo XIX.2

1 Toussaint, La Catedral de México, Porrúa, México, 1973, págs. 227-228.
2 He visto un Crucifijo muy semejante, casi una réplica, en la iglesia de Nuestra Señora del Roble, en Monterrey, N. L.