4.2.1.2.3 Marfiles1

Toussaint, La Catedral de México, Porrúa, México, 1973, págs. 229-230.

No muy numerosas, pero sí exquisitas piezas de marfil, guarda el tesoro de la Catedral de México. Independientemente de los que existen en el templo, tal los que adornan el facistol, pequeñas piezas talladas admirablemente en Manila, como lo hemos reseñado a su tiempo, algunos otros, como un relieve incrustado en el retablo de la capilla de las Reliquias, en un "Descendimiento", que, a la vez que trabajo de miniatura, parece encerrar gran emoción, se cuentan los que forman propiamente el acervo del tesoro.

El juego más importante es una "Sacra Familia". Son tres piezas, las dos mayores de setenta centímetros de alto y el Niño Jesús de treinta y cinco. Las vestiduras se hallan adornadas con motivos dorados y las cabelleras pintadas en tono obscuro. Magnífico juego éste, capaz de honrar a cualquier museo y que indudablemente procede de Asia. Por una parte, la minucia del trabajo; por otra, la impasibilidad de los rostros que no presentan la menor emoción cristiana. San José y la Virgen se encorvan amorosamente hacia el Niño que tiende sus brazos; el artista ha aprovechado la curva de los colmillos para dar esta inclinación afectuosa a sus figuras. Naturalmente no son de una pieza: entraron varios colmillos de elefante en la elaboración, mas el conjunto fue tan armoniosamente resuelto que cuando los contemplamos nos maravillan, así por la serenidad como por la sencillez que respiran. La Virgen, con su cándido rostro de niña, parece asombrarse de la importancia que aquí tiene que adoptar. Se ignora el origen de tales piezas pues no figuran en los inventarios antiguos y se encontraron en la Catedral cuando se seleccionó el conjunto del tesoro.

Todas las iglesias de la Nueva España poseyeron crucifijos de marfil. Muchas aún los conservan. Dichos crucifijos provienen casi siempre de donaciones particulares, porque también las casas de los habitantes se enorgullecían de poseer estas obras de arte.

Mencionemos unos cuantos de los Cristos que posee la Catedral. El primero que nos parece el más arcaico: sus brazos se tienden casi perpendicularmente al cuerpo y, si no fuese porque el rostro se vuelve hacia lo alto en una emoción que ya no es medioeval, podíamos considerarla como del siglo XV. El cuerpo hierático, modelado según la curva del hueso, con los pies aguzados y una anatomía rudimentaria, es en absoluto arcaico. El cendal, más realista, se halla de acuerdo con el rostro y dos piezas se han añadido a los lados para completar la figura.

Bien arcaico es también un Cristo cuya procedencia ignoramos. También ha sido tallado siguiendo la curvatura del colmillo, mas tomando la convexidad hacia adelante, de manera que el Señor parece que quiere escaparse de la cruz. El rostro, sobriamente esculpido, respira unción. Hay que notar que la peana en que descansa la cruz no corresponde a la época de la escultura, sino que es muy posterior.

Uno de los más hermosos marfiles de la Catedral es un viejo Cristo solemne del siglo XVII, que no ostenta todavía ese esfuerzo dramático, un poco teatral, que después invadió a la escultura religiosa española. Es realista, pero sobrio; su construcción, simple; sus cabellos están estilizados y se le admira por ser una bella pieza, aunque no nos conmueva.

Más dramático, acaso más antiguo, es otro Crucifijo de nuestro museo. Hay que notar que la cruz es posterior y que acusa en su curva un remedo de columna salomónica ornada de motivos vegetales. El marfil es más viejo, su anatomía rudimentaria; la proporción de sus brazos parece trasladarnos a la época medioeval, pero el realismo de la cabeza y del torso fijan a la escultura una fecha aproximada de mediados del siglo XVI.

El barroquismo invadió todas las manifestaciones artísticas, desde los grandes retablos hasta los pequeños utensilios del culto: así, poseemos también un Cristo en marfil que es ya un Cristo barroco que parece inspirado en aquellas esculturas sensuales del Bernini. La figura es elegante; se ve movido en una graciosa curva y la cabeza muestra más bien un espasmo místico que un gesto de dolor. Completando el espíritu barroco, el cendal se retuerce en paños plegados caprichosa y artísticamente. A pesar de lo tremendo del lance, la obra no olvida que antes que nada es un producto del arte.

Pieza notable del tesoro es una escultura de San Miguel tallado en marfil. Se halla incompleto porque le falta la lanza y la figura del demonio en la parte baja. Se conoce que ha sido adaptado sobre una peana también de marfil del siglo XVII, época a la cual también pertenece la figura. Sin embargo, ésta es más antigua; si a la peana le podemos asignar una fecha de mediados del siglo, el niño arcángel es de la primera mitad del siglo. Así lo indica su indumentaria: el calzado semejante al de los ángeles de los Echave, sus gregüescos, su cota. Es una escultura popular y no hay proporción ni escala en ella; las formas están reproducidas con ingenuidad y resulta deliciosa en su movimiento, a la vez que en su sencillez y primitivismo.

Valiosa figura de marfil es la que representa a la Virgen en su advocación de Nuestra Señora del Patrocinio. Esta imagen es del siglo XVII, pues se sabe que fue traída de España por el insigne varón que fue deán de la catedral, don Diego de Malpartida y Zenteno. La figura no es completa: sólo consta de cabeza y manos esculpidas en marfil, en tanto que las vestiduras son de tela y se le ha agregado además profusión de joyas. La primera figura la representa vestida con una gran túnica y tocada con riquísima corona. Sobre su pecho y en sus manos se ven numerosas joyas. La segunda figura es un arreglo en que se le ha cubierto la cabeza con la túnica y se le enmarcó un resplandor de plata repujada, obra del siglo XVIII.

Figura admirable la de esta Virgencita de cándido rostro, leal e ingenuo, a pesar de su cabellera postiza. Nos recuerda algunas de las más célebres imágenes de la Virgen que existe en nuestro país y son veneradas debidamente, como Nuestra Señora del Rosario en Puebla y la Virgen de la Soledad en Oaxaca, ambas de la misma época, de fines 'del siglo XVII, ésta 'tallada en madera, aquélla en marfil.

Tales son los principales marfiles que se conservan en el tesoro de la catedral de México.

1 Toussaint, La Catedral de México, Porrúa, México, 1973, págs. 229-230.