4.2.1.2.4 Orfebrería1

Toussaint, La Catedral de México, Porrúa, México, 1973, págs. 232-234.

Conserva el tesoro de la Catedral de México, bastantes piezas de orfebrería colonial. N o puede decirse que sean en absoluto representativas de la orfebrería religiosa que floreció en la Nueva España. Quien ha podido recrear sus ojos en la parte anterior, donde extractamos y analizamos los inventarios antiguos de la Catedral, notará la diferencia lastimosa que existe entre aquellos tesoros y las escasas piezas que hoy exhibe el Museo de la Catedral. Las razones del menoscabo las hemos ya explicado y en esas mismas razones debe verse la causa de que muchas de las piezas que ahora vamos a reseñar procedan de regiones las más apartadas de México: allí pudieron salvarse del vandalismo reformista y del vandalismo conservador: como no era posible transformarlas, se siguieron usando como existían durante largos años.

La custodia más antigua del Museo de la Catedral de México no data sino del siglo XVII, y procede de Guaymas, en el Estado de Sonora. El sol, pequeño, resplandeciente, ha agregado estrellas a las puntas de sus rayos, en tanto que los otros figuran llamas. Lo corona una cruz moderada en atención al conjunto y adornan el relicario tres rubíes.

La base parece moderna, en la cual se ha atornillado el soporte de la custodia y aun éste pudiera creerse que se halla mal arreglado, pues las partes más gruesas y voluminosas se encuentran arriba, en tanto que lo sostiene la más leve. Esta pieza es de plata dorada, trabajada a torno en el pie que se ve ha sido, además, repujado y cincelado.

Custodia de plata dorada de principios del siglo XVIII. Procede del Estado de Hidalgo y se encuentra colocada sobre una peana de madera tallada y dorada siglo XVII. La custodia consta de tres partes claramente separadas: el pie con angelitos vaciados y cincelados muy siglo XVIII, pies de garra apoyados en esferas a la manera del estilo Chippendale. El soporte parece pertenecer a una custodia del siglo XVII, compuesto de tres manzanas con sus arbotantes y sobre él descansa una imagen de la Virgen en su Purísima Concepción, que sostiene sobre su cabeza el sol de la custodia. No debe olvidarse que estas piezas se hallaban formadas por partes diversas que podían atornillarse dentro de un vástago de acero y que, cuando se deterioraban, cualquier platero podía arreglar una custodia tomando piezas de otras anteriores. La Virgen y el viril o ráfaga corresponden a la época del pie, en tanto que el soporte data de bastantes años anteriores.

Una de las custodias más atractivas del Museo de la Catedral, es la que a seguidas describimos en lo posible. El sol es independiente del pie, al cual se ha adaptado posteriormente. Vemos aquí un fino trabajo de filigrana de oro que procede del Estado de Oaxaca, donde todavía se trabaja dicha especialidad con gran finura. Esta custodia revela la piedad de los fieles que contribuían con sus alhajas de uso personal para enaltecer el lujo de la iglesia, sobre todo en su mayor manifestación: el Santísimo Sacramento. En efecto, la custodia se encuentra adornada con alhajas de uso personal, pendientes, piedras de sortija, adornos para el pecho y aun perlas sueltas. Seguramente algunas de estas piedras fueron engastadas desde el origen de la custodia, pero otras se le agregaron posteriormente, pues se ven sobrepuestas y aun colgadas de la pieza original. La custodia presenta un rico aspecto; como el de toda obra de filigrana: parece un encaje de oro y sobre ese encaje se han venido a incrustar piedras preciosas en cantidad. El pie es de obra diversa.

Del gran tesoro de relicarios que poseía la Catedral nada pudo ser conservado, ya que todos fueron fundidos en la época de la Reforma; pero algunos lograron subsistir porque a nadie ocurrió, por ejemplo, que en el Sagrario Metropolitano existiesen relicarios ricos, y sí existían. Dos de ellos se conservan en el tesoro de la Catedral Metropolitana. El primero es de plata dorada, con ornatos repujados y cincelados y parece datar originariamente del siglo XVII. Posteriormente, una centuria más tarde, se le añadieron, en forma absurda, cuatro candeleros al pie. Rompen su línea agregando ménsulas que se apoyan sobre las columnillas interiores, destrozando todo el efecto renacentista de la pieza. Así y todo, es en extremo valioso para la historia de nuestro arte colonial.

Buena pieza es otro relicario del Sagrario Metropolitano de México, que subiste en nuestro museo. Claramente se ven en él tres partes distintas: una base del siglo XVIII; un precioso pie característico del siglo XVII y un remate barroco que procede igualmente del siglo XVIII. Probablemente se empleó un viril cualquiera de custodia del siglo XVII para, agregándole un pie y un remate, hacer un relicario en el siglo XVIII.

Uno de los cálices más interesantes, revela ya un trabajo perfectamente organizado de torno. Procede de la iglesia de Cunduacán, en Tabasco, y puede ofrecerse como una obra de arte ingenuo, casi primitivo, con la torpeza de sus proporciones y sus líneas que contrasta con la excelente técnica del trabajo a torno con que ha sido realizado.

Casi los mismos conceptos pueden aplicarse a otro cáliz cuya procedencia se ignora; es un poco más gracioso que el cáliz tabasqueño. Hay en sus líneas una curva más armoniosa y agradable, el torno ha sido trabajado con una mayor finura pero, ¡qué lejos se encuentra de los magníficos cálices que se hacían en la misma época! Es casi seguro que procede de una iglesia franciscana: sólo estos apostólicos varones seguían sus primitivas costumbres y usaban para sus ceremonias cálices y custodias de la mayor sencillez.

Otra pieza de interés es un cáliz que se conservaba en la misma Catedral de México. Por sus líneas y algunos detalles de su relieve, parece datar del siglo XVII.

Figura característica del estilo barroco que floreció en nuestra patria ya como estilo individual en el siglo XVII, es un cáliz de plata. Consta de dos partes perfectamente individuadas, el pie y la taza. El pie ha sido trabajado a torno, pero además repujado y cincelado; en la base se ven resaltes ovalados que simulan piedras. Al centro una gruesa manzana con ornatos en relieve, y arriba, en medio de fajas que parecen sostener la copa, se levanta ésta, que se creyera independiente del resto. Tan bella pieza, característica de una época, procede del tesoro de la misma Catedral de México.

Un copón de gran interés procede de Jalatcingo, Veracruz, y data seguramente del siglo XVII. Es un fino trabajo torneado, con una graciosa manzana ochavada y una cruz como fino remate. Corresponde a los cálices que antes hemos descrito.

Las iglesias de Tabasco clausuradas en épocas nefastas para su religión, nos han proporcionado piezas interesantes que conservamos ahora cuidadosamente en el tesoro de la Catedral. Tal es la palmatoria de plata que vino del pueblo de Cunduacán. Sobre un pie cuadrado trabajado con cierta rudeza se atornilla el candelero, trabajado a torno. Líneas sencillas, pero graciosas; ingenuidad primitiva, mas llena de sugestiones. Así es esta religiosa palmatoria del siglo XVII.

Del mismo pueblo de Cunduacán, en Tabasco, proceden dos candeleros de altar, ambos de plata. El pie es ochavado y descansa sobre cuatro patitas de garra. El vástago del candelero, compuesto de varias piezas, se levanta graciosamente hasta sostener la arandela y el mechero. Parecen datar de fines del siglo XVII o principios del XVIII y en ellos se puede leer la firma en monograma.

También tenemos una naveta de plata. Su técnica aparece semejante a la de los cálices que hemos descrito en el siglo XVII y por eso podemos asignarle la misma centuria para su fábrica. Es interesante esta naveta; la plata se oxida en los tonos más fantásticos que puedan imaginarse y la naveta parece querer regresar al origen de su nombre, cuya forma afecta todavía: ser una nave, recorrer los océanos procelosos y regresar a puerto trayendo fielmente el incienso que los turiferarios han de quemar en las grandes ceremonias.

El Estado de Tabasco se caracteriza por la pobreza de sus construcciones religiosas, más las piezas de plata que proceden de sus templos nos indican que hubo una época en que no existió tal pobreza: ricos deben haber sido, puesto que conservaron aún de las Leyes de Reforma estas preseas que nosotros exhibimos para gloria del catolicismo del Estado que sufrió después tantas persecuciones. Así, vemos una bandeja de plata de fines del siglo XVII que procede de la parroquia de Cunduacán, de dicho Estado que nos enseña cómo debieron ser las bandejas (charolas, como hoy decimos) de todo el México colonial del siglo XVII. El perímetro se halla adornado con curvas y contra curvas que forman una silueta bellísima. La bandeja se rehunde y todo su fondo, como toda la parte externa, está adornada con dibujos grabados con un sentido artístico insuperable.

Una de las obras más antiguas de orfebrería que conserva el tesoro de la Catedral, es una pequeña crismera de plata, portátil, con su candado para poder ser asegurada. Tiene tres depósitos y además un espacio para llevar el algodón. Es indudable que tal pieza es de las más primitivas que existen en México, que fue usada por los misioneros en sus viajes para catequizar a los indios en zonas llenas de peligro. Por eso toma todas sus precauciones, a fin de asegurar en lo posible los santos óleos. Es obra de arte un tanto popular, pero la ingenuidad de su trabajo nos conmueve profundamente.

Muy interesante es una naveta con su cucharilla, que procede, como otras piezas de Sonora y data del siglo XVII, a juzgar por el trabajo de torno de su pie. Un deterioro que ha sido respetado cuidadosamente inclinó el cuerpo sobre el pie, de manera que ahora parece un ave fantástica de plata cuyas entrañas estuvieran llenas de incienso. La cucharilla que se ve abajo presenta el interés extraordinario de que su mango simula una serpiente. ¿Fue un platero indio el que labró esta pieza? Porque para un español la serpiente representaba al demonio y era imposible que la copiase en una joya de orfebrería sagrada.

No se sabe de qué época data el incensario más arcaico del tesoro. I Por su rudeza, su primitivismo, su sabor ingenuo, parece del siglo XVI, salvo las cadenas que son ya de técnica muy posterior. Sin embargo, esa terminación del pie vuelta hacia arriba y con onditas, la misma que se ve en el mango del incensario, parecen revelar una época posterior: puede ser una pieza del siglo XVII, fundida por algún platero que amaba los arcaísmos.

El arte barroco del siglo XVIII se revela en otro incensario. El platero recurre ya a todos los artificios de su técnica. La parte baja parece un copón que cuatro angelitos limitan. La parte alta es una campana ricamente cubierta de ornatos que cubren el depósito. Las cadenillas son ya de múltiples eslabones. Esta pieza de plata procede de la iglesia de Jalatcingo, del Estado de Veracruz.

Otro copón procede de Agua Prieta, en el Estado de Sonora. Es un trabajo de torno bastante gracioso que se puede asignar al siglo XVII. Resulta curioso, como ya manifestábamos antes, que esas regiones lejanas del país que en la actualidad parecían carecer de arte colonial sean las que nos proporcionan las piezas más antiguas de nuestro tesoro en lo que se refiere a orfebrería.

De Jalapa, Estado de Veracruz, llegó al tesoro de la Catedral de México un yelmo de plata cincelada. Es una preciosidad este pequeño yelmo que mide únicamente veinte centímetros de largo. Lo remata la cruz y en la parte delantera presenta un enchufe para las plumas airosas que daban gallardía a la imagen del señor Santiago. Es interesante además la forma que presenta, porque no es un yelmo medioeval que cubre la cabeza, sino simplemente un sombrero de plata parecido un poco al yelmo aquel que usó don Quijote, que no era sino una bacía de barbero que él se figuró, en su maravillosa locura, era el yelmo de Mambrino.

Relieve de plata repujada y cincelada con un Agnus Dei. Data del siglo XVIII y es posible que haya estado, quizá, en algún atril. Es obra de arte popular. Quisiéramos ver en ella la mano de algún artífice extraordinario de la época de Rodríguez Alconedo, pero la ingenuidad con que ha sido tallado, es barroca; la simplicidad de esculpir en plata semillas y frutas sobre las nubes nos alejan de esta hipótesis. Debe ser obra de algún platero popular de la segunda mitad del siglo XVIII.

La Catedral de México fue riquísima en aguamaniles de plata, como se ha podido ver por la reseña de sus inventarios. Muy pocos se conservaron de éstos. Una jarra pertenece a uno de ellos. Es una elegante jarra con influencia francesa, así en los relieves de su cuerpo como en el asa bellísima que posee. Su técnica, sin embargo, no aparece tan perfecta para que podamos juzgar la obra europea: es trabajo de un platero mexicano que trataba de imitar piezas francesas.

En la antigüedad se usaron mucho los cálices de cristal. Los que se hacían de cristal de roca, eran una preciosidad. Más tarde se ordenó que sólo se hiciesen cálices de metal. Por eso es muy curioso el cáliz que poseemos. Es italiano, de cristal blanco cortado, y el pie se halla guarnecido con una especie de fondo de plata, quizás para protegerlo contra las roturas. No conocemos el origen de este cáliz, que más que cáliz parece copa. De todas maneras, su belleza lo hace digno de figurar en la presente monografía. Una pieza de extraordinario valor por su rareza y por su trabajo, es un báculo de plata dorada y carey. Data del siglo XVII, en cuyos inventarios he podido notado, y es gracioso en sus líneas; la plata se incrusta en forma tan artística sobre el carey que cubre la madera del fondo, que debe ser considerado como una obra de arte de primera importancia. Parece que no era un báculo para uso de los arzobispos, sino para la imagen de San Pedro, siempre muy venerada en la Catedral, como que fue aquel insigne varón a quien antes hemos Mencionado, don Diego de Malpartida y Zenteno, quien estableció el culto de San Pedro en su capilla de la Catedral.

1 Toussaint, La Catedral de México, Porrúa, México, 1973, págs. 232-234.