4.2.1.2.6 Libros de Coro1

Toussaint, La Catedral de México, Porrúa, México, 1973, págs. 239-240.

La Catedral de México posee una gran colección de libros de coro que pueden ser considerados como verdaderas obras de arte. Por lo que se refiere a libros de coro, la Catedral más rica, sobre todo en la calidad de sus miniaturas, es la de Puebla, pues posee obra única, comparable a las mejores colecciones españolas: los libros decorados por el insigne miniaturista Luis Lagarto, gloria de la pintura colonial de México. Lagarto supo reunir en los estrechos límites de una capitular todos los elementos de una gran obra de arte. El espíritu creador, la fantasía de sus asuntos y la técnica extraordinaria que, repetimos, hace de cada pequeña miniatura una realización completa.

Si la Catedral de México no posee obras de tal valía, conserva en cambio una gran colección de libros de coro, algunos de los cuales describimos en esta reseña.

Existe un libro de coro del siglo XVI, escrito por Fernando Franco. Se nota en la simetría de las páginas cierto mudejarismo, pero en otras capitulares del mismo libro aparece un afán doble: por una parte se busca un arte renacentista, y en la otra vemos un espíritu de caligrafía que hace sus capitulares bellamente dibujadas a pluma siguiendo los conocidos tratados acerca de tal materia. Poseemos un libro de coro en que se encuentran la firma del autor don Sebastián Carlos de Castro y la fecha agosto de 1750. Tanto la letra como la orla de la página revelan influencia popular, pues no puede decirse que sea un arte sabio. En la “mayúscula” se busca una mayor inteligencia, pero las figuras cortan la letra en tal forma absurda que resulta risible. Parece, sin embargo, que hay cierto estudio en ello.

Otra capitular del mismo libro confirma en un todo la opinión antes esbozada: las mismas figuras de este infantil cuadro que representa la natividad de la Virgen, son de una ingenuidad popular verdaderamente deliciosa: dos matronas están bañando a la Virgen en una pequeña palangana; en tanto que sus padres, Santa Ana, reclinada tranquilamente en su lecho, y San Joaquín, holgadamente sentado en una cómoda silla, contemplan la escena sin inmutarse. Son dos buenas persona que no se dan cuenta de que la santidad rodea el hálito de su vida.

Nos encanta otra capitular del propio libro. Hay más arte, más estudio en las figuras que decoran esta M que se ve adornada vistosamente con la firma del autor. Un galán furioso está asesinando a su amada. En su actitud más bien se descubre un gesto de amor y sólo el tremendo puñal que blande con la diestra nos indica el crimen que se desarrolla. En la parte alta un ángel espera, con toda paciencia, que se consume la escena del martirio para bajarle a la santa, que ya está aureolada, la palma de su gloria.

También al siglo XVIII pertenece otro libro cuyo autor fue el doctor José Lozano de Peñalosa y lo hizo cuando era acólito de la Catedral de México. Ingenuidad, arte popular, es lo que puede invocarse hablando de tal acuarela. En sí es deliciosa, pero no revela una gran ciencia. Se trata de una bellísima letra que imita la caligrafía pintoresca de los escritores de libros de coro y logra imitarla en cierto sentido, más ya estudiada revela el mismo espíritu popular de que antes hablábamos. Sin embargo, es mucho más interesante que cuando reproduce figuras humanas. El autor de este libro era un ecléctico: trató de reproducir en su obra todas las modalidades posibles y así otra capitular sin dejar de ofrecer los caracteres populares de las anteriores, parece que debe producir una obra clásica, mejor dicho renacentista. Una S construida con motivos vegetales que recuerdan los róleos del renacimiento y en los dos huecos de la letra figuras pequeñas de santos mártires. El conjunto resulta agradable, pero no resiste a un análisis severo.

Uno de los más preciosos libros de coro que conserva nuestra Catedral se halla forrado en piel con cantoneras de bronce, escudo y manillas del mismo metal. La portada nos da el nombre del autor, don José Andrés Gastón y Balbuena, y la fecha en que realizó su obra: 1762. La portada, escrita a mano imitando tipografía clásica, adolece de cierta desproporción en el tamaño de sus líneas, pero presenta un conjunto agradable. En las páginas del libro es de verse cómo el artista ha pretendido reproducir por medio de la acuarela estampas grabadas. La habilidad es notoria, como puede verse en estos dibujos, pero el criterio es falso, porque podía hacerse un libro de coro con láminas miniadas en forma más interesante, más valiosa que no una simple falsificación de un grabado en cobre. Aplaudimos pues su esfuerzo, aunque lamentamos la falla de su criterio.

Reseñamos al final un libro más valioso, escrito por orden del insigne deán don Diego de Malpartida y Zenteno, que tantos bienes legó a nuestra Catedral. Data pues de finales del siglo XVII y no consta el nombre del autor. La escritura es bellísima, con aquella letra de pancilla derivada del gótico que tuvo tanto uso. Las capitulares son preciosas. La que representa a Nuestra Señora de Guadalupe ofrece tal sencillez, tal ingenuidad no falseada que no trata de parecerse a ninguna otra obra, que nos conmueve profundamente; sus imperfecciones la hacen más entrañable con esas florecillas fuera de escala, con esos angeluchos que vuelan por doquiera. Encontramos el arte de México deliciosamente interpretado. Otra capitular del mismo libro es notable: sobre un fondo de tenues dibujos con ornatos de vegetales, diversos animales y la figura de un guerrero, se destaca la capitular simplemente trazada por la pluma con todos esos rasgos que nos enseñaron los tratadistas de caligrafía. Tampoco es obra perfecta y un censor severo podría marcarle más de un defecto; a nosotros nos parece, dentro de su imperfección, admirable.

1 Toussaint, La Catedral de México, Porrúa, México, 1973, págs. 239-240.