4.2.4 La Cruz de Mañozca1

Toussaint, La Catedral de México, Porrúa, México, 1973, págs. 39-40.

Esta cruz se erguía, monumento notable, en el cementerio de la catedral, enfrente de la puerta mayor del templo. Su historia nos enseña algunas costumbres características de la época colonial.

Visitaba pastoralmente el señor arzobispo don Juan de Mañozca el pueblo de Tepeapulco cuando descubrió esta prodigiosa cruz. Antes de relatar cómo fue su traslado hasta México, conviene decir algo acerca de las cruces que adornaban los conventos. Fue costumbre en los monasterios primitivos levantar en el patio (que hoy llamamos atrio) una gran cruz de madera que los indios procuraban alzar tan alta como fuese posible, cortando para ello el árbol más corpulento que encontraban. Se dice que la del convento de México era tan elevada, que se veía desde varias leguas a la redonda. Tales cruces constituían un peligro para los indios que siempre se hallaban agrupados a su vera o en otros sitios del enorme patio, porque eran pararrayos naturales y además se caían cuando la madera venía a menos. Por eso, en la carta escrita por los prelados de México, como resultado de la junta eclesiástica habida en esta ciudad en l539, se acordó y se dice que es conveniente que las cruces se hagan más bajas, bien hechas, y de piedra si fuere posible.
 
Resultado de dicha disposición fue el conjunto de cruces monumentales que todavía pueden admirarse, repartidas en varios sitios de la República. Recordemos entre las más importantes la de San Agustín Acolman, la de Cuautitlán, la de Huichapan, la de Tepespulco que todavía existe, distinta de la que trajo el señor Mañozca, y algunas otras.

Volviendo a la relación acerca de la cruz de Mañozca, reproducimos el párrafo más importante para su historia, de la relación escrita por el bachiller Miguel de Bárcena Balmaceda, publicada en México el año de 1648 y reimpresa cien años más tarde en la misma ciudad por la viuda de Hogal.2

Dice así: "En un cementerio antiguo que con la edad se avía ya convertido en tupido bosque de malezas, espinos y pinoles, entre cuya espesura por cierto muy crecida estaba casi ahogada una hermosísima cruz de piedra de cantería colorada que, con levantarse doce varas en alto, prevalecía la montuosidad del sitio sin estorvar su descuello al sagrado mármol... Así que a la partida de su Ilustríssima queriendo ya entrar en el coche volvió los ojos por sobre las paredes del cementerio dicho, descubrió el confuso vulto, yéndosele el corazón con la vista, y preguntando qué fuese aquéllo, le respondieron ser una Cruz de piedra labrada con mucho primor del arte, que plantaron los primeros religiosos, al tiempo de la conquista evangélica por señal de su predicación gloriosa, y tropheo de sus heroycos trabajos, que ya con la antigüedad yazía casi sepultada entre las malezas." El señor arzobispo trató luego de traerla a México, para lo cual conferenció con varios personajes eclesiásticos. Llegado a la capital recibió la visita de los indios del pueblo de Tepeapulco, que cedieron gustosos la cruz a pesar de que la estimaban en mucho, pues creían que la había levantado el famoso fray Francisco de Tembleque, autor de los portentosos arcos de Zempoala. El señor arzobispo despidió amorosamente a los indios, gratificándoles con el dinero necesario para su viaje y cien pesos para que reconstruyeran unas vigas deterioradas en su iglesia. En seguida comisionó a su mayordomo Balmaceda para que trajese la cruz. Efectuóse el viaje con el mayor cuidado posible y para la colocación del monumento enfrente de la Catedral fue comisionado el licenciado Pedro Gutiérrez, clérigo presbítero, excelente maestro de arquitectura, quien levantó el monumento con dicha cruz, que existía en ese sitio hasta fines del siglo XVIII, pues que a partir de 1792 fue derribada la muralla que limitaba el cementerio, y con ella la cruz para ser trasladada a otro sitio.

Edificó el padre Gutiérrez un monumento digno de la gran iglesia que ornamentaba. La peana estaba constituida por un zócalo de cantería de tres gradas que formaba una mesa de seis varas y tres cuartos por lado. El primer cuerpo, de orden jónico, llevaba inscripciones alusivas a la cruz y en su recuadro principal el padrón de su colocación: "Colocóse esta cruz año de 1648." El segundo cuerpo, que según el autor del folleto también era jónico, aunque en su grabado no podemos percibir los detalles característicos de tal orden de arquitectura, tenía cuatro tableros en que figuraban esculpidos diversos escudos. La cara que miraba a la plaza ofrecía un cráneo y dos canillas cruzadas, motivo original que figuraba en la peana antigua de la cruz; el lado que miraba a la iglesia ostentaba las armas de San Pedro: la tiara y las llaves, emblema del Papado; los lados que veían al oriente y poniente ostentaban el escudo del señor Mañozca.

Una vez instalada la cruz, se pensó en su dedicación solemne. Se escogió para ello el día de la exaltación de la Santa Cruz, o sea el 14 de septiembre del propio año 1648. Se levantó un tablado en el cementerio de la Catedral, de cuarenta varas de largo y diez de ancho, cubierto con alfombra y con sitiales para el arzobispo, el Cabildo eclesiástico, los prelados de las religiones y los Tribunales, Cabildo secular, Real Audiencia y sitial para su presidente, que lo era don Marcos Torres de Rueda, obispo de Yucatán. Alrededor de la peana de la cruz se levantaron cuatro altares, que fueron encomendados a cada una de las Congregaciones de San Pedro: del Tercer Orden, de San Francisco, del Sagrario y del Salvador de los jesuitas. Cubrióse todo con vela de lienzo y ramos de juncias y flores que pusieron las parcialidades de los indios de San Juan y Santiago. La ceremonia fue muy solemne. Bendijo la cruz don Nicolás de fa forre, deán de la catedral, y después vio la procesión, que había salido del templo al tablado descrito, a la misma Catedral, donde se celebró una misa solemne en que predicó el famoso padre Matías de Bocanegra, de la Compañía de Jesús.

Siguieron las festividades y la cruz permaneció en el sitio que hemos indicado hasta que la transformación del cementerio del templo no sólo la llevó a otro lugar, sino que la destruyó casi del todo. Efectivamente, cuando, a partir de 1792, fue destruida la muralla que limitaba el cementerio como en otra parte de este libro lo reseñamos, se pensó colocar la cruz en el ángulo suroeste del nuevo atrio y es de presumirse que para entonces, cuando imperaba ya un gusto diverso en obras de escultura, fue casi esculpida de nuevo, suprimiéndole los preciosos detalles de cantería que la adornaban: la corona de espinas y la soga maravillosamente labrada en piedra que la circula, lo mismo que las esferas que remataban su vástago y sus cabos. No sabemos por qué circunstancia esta cruz no ocupó el lugar que se le asignaba. En Sedano3 leemos lo siguiente: "El día 5 de marzo de 1803 se colocó la cruz del cementerio frente del Sagrario. Esta es la cruz de Mañozca que se descastó y era más gruesa y corpulenta. El día 21 de marzo de 1803 se colocó la otra cruz del cementerio del lado del Empedradillo. Esta es la que estuvo en el cementerio de San Pedro y San Pablo que también se descastó para igualarla a la otra. Los pedestales de las dos son de dibujo de don Manuel Tolsá."

Ignoramos, decíamos, por qué la cruz de Mañozca no subsistió en el sitio que se le había asignado; quizás el hecho de ser de cantera roja hacía que contrastase con el conjunto del templo, construido de chiluca y cantera gris. Por eso, en fecha que ignoramos, fue trasladada al fondo del patio de los canónigos, en el muro que forma espaldas al Sagrario, y allí puede verse, ignorada y maltrecha. ¡Si al menos le hubieran conservado sus magníficos relieves tallados! Pero ni su estilo ni su color cuadraban con el gusto neoclásico que se impuso en el nuevo arreglo del atrio. Tal es la historia de esta desventurada Cruz de Mañozca.

1 Toussaint, La Catedral de México, Porrúa, México, 1973, págs. 39-40.
2 Véase la bibliografía
3 Tomo I, pág. 87.