Poetas en el Cabildo

Poetas junto al pesebre y otros cantares,
Ediciones del Cabildo de Catedral,
22 de diciembre de 1987,
Ciudad de México,
320 aniversario
de la segunda dedicación
de la Catedral Metropolitana

Rómulo Ma. Yerena
Canónigo
DEAN

SE FUE MI CORAZÓN A LA VENTURA

Se fue mi corazón a la ventura
de amores, con sabor a dulcedumbre,
tocando del delirio ya la cumbre
cegado por la idea de la hermosura.

No pensaba en engaño y desventura,
cual insecto que vuela hacia la lumbre.
¿Qué fue de esos amores? ¡Un vislumbre!
¡Desilusión tan sólo y amargura!

¡Oh necio corazón, mendigo errante,
que las amigas de amor de puerta en puerta
recoges de la vida en los albores!

¡Necios sí! Más… dichoso en el instante
en que tu anhelo a conquistar acierta:
¡El verdadero Amor de los amores!...

EL MAR

Azul inmensidad y en la ribera
las olas festonadas de blancura
el mar canta, plegaria que murmura
y en la playa se mece la palmera.

Las nubes en el cielo una quimera
de gnomos y espectros la figura.
Cuando el sol a su ocaso se apresura
mil colores le da su luz postrera.

Oscurece. Un lucero está en el cielo
y de leda gaviota se oye el grito
que solitaria al nido tiende el vuelo

¡Dulce Mar! Yo medito y más medito
y de mi alma se emerge un gran anhelo:
¡sumergirme en el mar del infinito!...

Alfonso Castro Pallares

EL PESEBRE Y YO

Ánfora azul de las Anunciaciones,
Davídico Árbol de las profecías:
un puñito de nardos, el Mesías
y ángeles en parvada de canciones.

Los pastores, un gozo oraciones
en el frontal de las Epifanías;
en el campo las sombras siempre frías
testigos mudos, las constelaciones.

Y en la noche de amor enamorada,
y en el blanco silencio de dulzura,
yo pongo el limo ardiente de mí nada.

Ante el Ánfora azul de mi locura
ante el Árbol de barba ensortijada,
ante el Nardo de toda mi ternura.

EL NIÑO

He caminado el miedo de la vida
sin el gozo pequeño del pandero;
cegué la luz, se me apagó el lucero
y sigo cosechando mis heridas.

Mi vereda oscurece anochecida
cuando canta ya un pájaro agorero;
y me quedé sin paja y sin Cordero,
sin ternura, sin mimo y sin guarida.

¡Qué mal está el establo de mi pena!
¡Qué estallido de espinas y de viento
sobre el silencio de mi Noche Buena!

¡Pero qué Ángel nocturno enciende un guiño
en la noche escarchada de mi aliento!
¡Y en medio de esa noche nace el Niño!

MARÍA

¡El niño viene y va! Desde ese nido
de calientes ternura y de raso,
baja el frío tenaz de otro regazo
de fieras pajas y mordiente olvido.

Y sube del pesebre dolorido
al pesebre gozoso de su abrazo;
se posa en la Azucena sin ocaso,
para quedarse allí dulce y dormido.

¡El Niño viene y va! Yo todavía
no he aprendido a acunar a ese pequeño
con las manos de lirio de María.

Cuando está entre mis dedos siente frío.
¡Hurtarlo de mis pajas es mi empeño
y hundir en mí su amor y hacerlo mío!

JOSÉ

Cuentan, José, que floreció el Rocío
y floreció en tus labios la sonrisa;
y que se ahogó tu gozo muy de prisa
al ver aquel Retoño en tanto frío.

Tu rostro, dicen, se volvió sombrío
y encaneció tu barba de ceniza:
¡En un portal sin flores y sin brisa
humillaba el Señor su señorío!

Perdona, San José, mi grosería;
no tengo cuna blanda en mi posada
ni siquiera una lámpara tardía.

Tengo la noche en mí toda asustada,
pues le cerré las puertas a María
y te mesé la barba perfumada.

Gustavo Couttolenc Cortés
Canónigo

ANUNCIACIÓN

En presencia de María
el ángel calla sus alas;
como el molino sin viento
tiene quietud en las aspas.

El heraldo la saluda
con inefables palabras,
y se colma de temores
la doncella soberana.

Un saludo sin igual:
“Salve, la llena de gracia,
el Señor está contigo”;
y luego, angustioso pausa.

Ella se turba y pregunta
de qué saludo se trata;
pues en verdad la sorprende
tal plenitud  y sin tasa.

Retoma aquél el mensaje:
“La Madre de Dios y el arca
serás, cuando concibas al Hijo
y den a luz tus entrañas”.

Sin entender cuándo y cómo,
ya que escogió ser intacta,
Ella prefiere sombras
enaltecer su alborada.

Pero al saber que el Espíritu
su custodio se proclama,
entonces dice que sí
y se ofrece como esclava.

Y con tal ofrecimiento,
El Verbo del cielo baja
de la virgen al Sagrario,
sagrario de cuerpo y alma.

Entonces sale Gabriel
aplaudiendo con sus alas;
y los molinos florecen
con los vientos y las aspas.

ALEGRÍA

En la tierra lijada por el frío
toma sitio celeste llamada;
la Palabra de Dios es encarnada
como flor escarchada de rocío.

Es la rosa cimera del plantío
en la tierra sin gracia, desolada;
de la cima al abismo trasladada,
y de gracia, colmada fuente y río.

La bíblica promesa toca puerto
cuando el Verbo se adentra por la historia
y convierte en jardín nuestro desierto.

Entonces estalló nuestra alegría,
pues la senda precisa de la gloria
era el fruto del vientre de María.

TIEMPO CUMPLIDO

El tiempo en plenitud amanecía
sobre el negro plural de los abismos;
a la suma del mal y sus guarismos
implacable nevada descendía.

La caída de copos a porfía,
con un denso rigor de silogismos,
nos brindaba un amor sin egoísmos,
en la rosa joyante de María.

En tanto desatino de negrura,
el rayo de la flor más luminosa
alzaba remolinos de blancura.

El pétalo caído de su seno
alienta nuestra vida tenebrosa
con la suma bondad del solo Bueno.

EMMANUEL

La virgen soñaba soles
en el más dorado sueño,
mientras el Sol descendía
a la cuna de su seno.

Su luz inundaba todo
aquella noche de invierno;
al incendio de sus rayos
florecieron los almendros.

De pétalos luminosos
se cuajaron los senderos
muy espesos de tiniebla
y lejanos de los cielos.

La virgen ya no soñaba,
pues consumado el misterio,
nos daba un Dios, pero niño;
un niño Dios, pero nuestro.