Bula de la Erección de la Iglesia Catedral de Ntro. Smo. P. Clemente VII

CLEMENTE OBISPO, siervo de los siervos de Dios, para perpetua memoria. Colocados en el ministerio del sagrado apostolado por disposición divina, sin mérito nuestro, frecuentemente dirigimos nuestra atención a las provincias y lugares de todo el orbe, principalmente a aquellas que por misericordia de Dios omnipotente comenzaron a conocer la luz de la verdad cristiana precisamente en nuestros tiempos, para que en ella se aumente el culto de la fe ortodoxa, se propague la religión cristiana, y sus vecinos y habitantes, sostenidos con la autoridad y la doctrina de venerables prelados, progresen siempre la misma fe, y los lugares, especialmente los grandes, se ennoblezcan con título más dignos y se honren con mayores honores, principalmente cuando esto piden los piadosos votos de los Reyes Católicos y de la cesárea majestad, y conocemos en el Señor ser esto muy conveniente. A la verdad, como el pueblo mexicano existe en las Indias del mar Tirreno, llamado Índico, nuevamente descubiertas bajo los auspicios de Fernando, Rey de Aragón, de clara memoria, y de  Isabel, Reina de los de Castilla y León, por el amado hijo, noble varón Pedro Arias, soldado segoviense, capitán general de aquellas regiones y de ejércitos y conquistar de manos de los infieles que entonces las ocupaban, sujetadas al mando y dominio de ellos, y de los soberanos de los mismos reinos, que por tiempo lo fueren, y habiéndolas la sujetado en las cosas temporales, y permaneciéndoles sujetas a los Reyes mientras y vivieron, después de nuestro carísimo hijo en Cristo Carlos, augusto emperador de romanos, no solo heredero y sucesor de dichos reinos, sino también imitador de sus esclarecidos padres en el deseo de extender por todas partes la fe ortodoxa y permaneciendo desde entonces sucesivamente bajo la obediencia y dominio de ellos, por razón de los dichos reinos de Castilla y de León, siendo capitán gobernador el mismo Pedro, y la ciudad de México sea tan insigne, y tenga en su rededor un territorio largo, extenso y hermoso, de tal manera que en él moren y habiten más de 20,000 vecinos o moradores, de los cuales muchos fieles, tanto nuevamente convertidos cuanto también otros forasteros y venidos de diversas partes del mundo para habitar allí, y en ella se hallan construidos por devoción de los Reyes y Capitán referidos entre varias iglesias, monasterios y lugares piadosos, una iglesia parroquial bajo la invocación de la bienaventurada Virgen María, con las habitaciones y edificios convenientes, a la cual concurren como a su propia iglesia parroquial todos aquellos fieles para oír las misas y asistir a los divinos oficios y recibir los Sacramentos; y el mismo Emperador Carlos desee sobremanera, que la misma iglesia parroquial se erija en catedral, y el mismo lugar en ciudad. Nos, habiendo deliberado maduramente sobre esto cuando con nuestros venerables hermanos los cardenales de la santa romana Iglesia suplicándonos sobre esto humildemente el mismo Emperador Carlos, para alabanza y gloria de Dios omnipotente, y de la misma celestial bienaventurada María y exaltación de la misma fe, inclinados a las dichas súplicas del Emperador Carlos, de consejo y acuerdo de los mismos hermanos, con autoridad apostólica, por el tenor de las presentes erigimos e instituimos a la ciudad de México y a su iglesia parroquial de la bienaventurada María, en Iglesia catedral bajo la invocación de la misma Santa María, y sea regido por un obispo de México, que en la ciudad y diócesis predique la Palabra de Dios, y convierta los infieles a la misma fe; y tanto a los así convertidos, como a los otros ya mencionados, sabiamente instruya, enseñe y confirme la misma fe, y administre, y haga administrar los Sacramentos de la Iglesia, y arreglar la predicha erigida iglesia y sus edificios a la forma de iglesia catedral; y en la misma ciudad y diócesis erija e instituya iglesias, colegiaturas, parroquiales y otras, monasterios, capillas, hospitales, oratorios y otros lugares piadosos, y en ellas instituya respectivamente en número, y con dotes y cualidades decentes, que porque él han de asignarse y especificarse, dignidades mayores, principales, abaciales, conventuales, y otros personados, administraciones, y también oficios curados y electivos, canonicatos y prebendas, íntegras y medias raciones, capellanías, vicarías, y otros beneficios eclesiásticos, con cura de almas y sin ella, y cabildos; igualmente erija y establezca mesas capitulares, abaciales, conventuales y otras, y establezca y ejerza otros oficios temporales, espirituales, jurisdiccionales y pontificales, y todas y cada una de las cosas que acostumbraron hacer y ejercer los otros obispos de los mismos reinos, y las que conocieren convenir parlamento del culto divino, exaltación de la misma fe y salud de las almas de aquellos fieles, y use, goce y disfrute, y haga usar, gozar y disfrutar libre y lícitamente de todos y cada uno de aquellos privilegios, prerrogativas, preeminencia y gracias de que los otros obispos mencionados, por derecho y costumbre y otras maneras usan, gozan y disfrutan, y en lo futuro de cualquier modo puedan usar, gozar y disfrutar; y a más, en la misma iglesia de México, erigimos el instituimos cabildo de canónicos y de personas, con mesa episcopal y capitular, y con sello y otras insignias, jurisdicciones, privilegios y preeminencias episcopales y capitulares; y a los vecinos y habitantes los condecoramos con el nombre de la dicha ciudad; y a más a la misma iglesia erigida, aplicamos y apropiamos por ciudad, la ciudad fundada, y por diócesis las tierras, islas, lugares y pueblos que el mismo Emperador Carlos, o su Consejo llamado de las Indias, mandare establecer y asignar, señalándole los límites y confines necesarios y respectivamente por clero y pueblo a sus vecinos y habitantes, y también por dote, para el decente sostenimiento de la dignidad pontifical y del obispo, que por tiempo existiere, los diezmos, primicias y otros derechos episcopales, espirituales y temporales de los bienes, cosa y frutos que especificaren y ordenaren el Emperador Carlos o su consejo. Y así pueda el mismo obispo de México ejercer lícita y libremente las dichas ciudad y diócesis la jurisdicción, autoridad y potestad episcopal y percibir y llevar los dichos diezmos, primicias y derechos a la manera de los enunciados obispos; y además aplicamos y apropiamos al Emperador Carlos y a sus sucesores, el derecho de patronato para que dentro de un año, por razón de la distancia, ya sea por sí, o por procurador, o procuradores elegidos para esto, deban presentarnos a Nos, o a nuestros sucesores, personas idóneas a quienes Nos, o nuestros sucesores respectivamente, comentamos el cargo de pastores u obispos de México, no sólo por esta vez sino cuantas vacare; y reservamos, concedemos y asignamos al mismo obispo de México, a su vicario u oficial la institución de todas y cada una de las otras dignidades, personados, administraciones, oficios, canonicatos y prebendas, raciones, capellanías, vicarías, monasterios, prioratos y otros semejantes beneficios, según las presentaciones que haga el mencionado Emperador Carlos por razón de los reinos de Castilla y de León, o por él o la reina de estos reinos, que por tiempo lo fueren, no obstante cualesquiera constituciones, disposiciones apostólicas y demás que sean contrarias. A ninguno, pues, sea lícito en lo absoluto infringir o contrariar con temeraria osadía esta página de nuestra erección, institución, decoración, apropiación, reservación, concesión y asignación. Más si alguno presumiere atentar contra esto, sepa que incurrirá en la indignación de Dios omnipotente y de los santos apóstoles Pedro y Pablo. Dado en San Pedro, en Roma, en el año de la Encarnación del Señor de mil quinientos treinta, a 2 de septiembre, en el año séptimo de nuestro pontificado.