La Primitiva Catedral de México1

Archivo General de México 1915. Laboratorio de arte 1937, en Manuel Toussaint, Paseos Coloniales, IIE de la UNAM, págs. 1-5.
Si la fatiga del cotidiano bullicio, del tráfago ruidoso de los días metropolitanos, os agobia hasta dejaros rendidos, retroceded conmigo en una pequeña excursión arqueológica, a través del tiempo. Os llevaré a visitar la primitiva Catedral de México, anterior a nuestra magnífica catedral de hoy, orgullo de propios y extraños. 

Todo el mundo ha visto en un ángulo del jardín que ciñe el atrio del templo Mayor, rodeando el busto del último señor azteca, unas enormes piedras labradas en forma de basas y que por su parte inferior presentan extraños relieves. Pues bien, en este sitio se levantaba la primera catedral y esas piedras formaban parte de ella. 

Las investigaciones del sabio don Joaquín García Icazbalceta nos enseñan que dicha iglesia fue edificada en 1525; que no se sabe de fijo si esa primera iglesia es la misma de San Francisco pero sí, con toda certeza, el sitio que ocupaba, entre la Plaza Mayor y la placenta del Marqués, así llamada por estar frente a las casas de Hernán Cortés, hoy Monte de Piedad. Estaba orientada de Este a Oeste, con la puerta principal, llamada del Perdón como la catedral nueva, hacia el Occidente. Venía pues a dividir la gran plaza, que hoy es una sola con el recodo del Empedradillo. Se sabía, además, que dicho templo había sido levantado en el sitio que ocupaba el gran teocalli de México, y que las piedras sagradas de los indios habían servido de cimientos a la iglesia católica y hasta de pedestales a sus columnas. 

Don Antonio García cubas exploro el sitio cuando fue arreglado el piso de la plaza y hasta tras un croquis del plano del edificio con ligeras modificaciones se reproducen este artículo se admiraba García cubas con razón de la certeza crítica de Icazbalceta al fijar el sitio de la iglesia sin más apoyo que documentos escritos2.  

Esta iglesia pequeña, pobre, vilipendiada por todos los cronistas que la juzgaban indigna de una tan grande y famosa ciudad, prestó bien que mal sus servicios durante largos años. Bien pronto se ordenó que se levantase nuevo templo, de proporcionada suntuosidad a la grandeza de la Colonia más, más esta nueva fábrica tropezó con tantos obstáculos para su comienzo, con tantas dificultades para su prosecución, que el templo viejo vio pasar en sus naves estrechas suntuosas ceremonias del virreinato; y sólo cuando el hecho que las motivaba revestía gran importancia, preferíase otra iglesia, como la de San Francisco, para levantar en su enorme capilla de San José de los Indios el túmulo para las honras fúnebres de Carlos V.

Viendo que la conclusión de la iglesia nueva iba para largo, ya comenzaba su fábrica, el año de 1584 se decidió reparar totalmente la catedral vieja, que sin duda estaría poco menos que ruinosa, para celebrar en ella el tercer Concilio Mexicano. El libro de cuentas de dicha reparación, que duró más de un año, se guarde el Archivo General, nos permite saber ahora cómo era el templo en esa fecha, y nos enseña curiosas noticias acerca del arte de la época.3

La iglesia tenía de largo poco más que el frente de la catedral nueva; sus tres naves no alcanzaban 30 metros de ancho y estaban techadas, la central con una armadura de media tijera, las de los lados con vigas horizontales. Además de la puerta del Perdón había otra llamada de los Canónigos, y quizás una tercera quedaba a la placeta del marqués. 

Un velo de tragedia ciñó esta reparación de 1584: el arquitecto que dirigía la obra de la catedral nueva, cayó de un andamio y el golpe le privó de la vida. Se llamaba el capitán Melchor de Ávila, y su sobrino Rodrigo le sucedió en sus puestos. Esta noticia, consignada por don Eugenio Llaguno y Amírola con datos de los archivos españoles,4 se halla confirmada en los anales indígenas; véase como reseña la noticia llamado Códice Aubin: “1584 (1 pedernal)… cuando cayó el mayordomo de la Iglesia mayor, Melchior Dávila, era martes, a las 7, del 12 de diciembre de 1584…” 

Mas tiempo es ya de que emprendamos la visita. Si el “cicerone”, acaso impertinente, consigna demasiados detalles, pensad que son éstas noticias que por primera vez salen a la luz. Como entramos por la puerta del Perdón, vemos la fachada principal del templo. La portada es de estilo “clásico” obra de los oficiales de cantería Alonso Pablo, Juan de Arteaga y Hernán García de Villaverde, auxiliados por el cantero Martín Casillas. Compónese de dos pilastras estriadas con sus capiteles y “vn arquitrabe con su friso y trillifos y cornija”. Además tiene “dos pedestales que se dizen por otro nombre acroteras para rremate de los pilares quebrados”. La portada fue tasada por Claudio de Arciniega, maestro mayor de la obra y Sebastián López, aparejador, en 264 pesos de oro común. Arriba de la puerta, a los dos lados hay dos ventanas redondas con vidrieras enceradas donde están San Pedro y San Pablo, obras tanto de Nicolás de Texeda; y al centro otra ventana con un encerado en que estaba la imagen de Nuestra Señora, pintada, la cual imagen fue mandada quitar de ahí por el señor arzobispo, “por dezir ser yndecente q. stuviese allí y se quitó y dizen está en la sacristía de la dha. yglesia bieja y pintóse esta figura”. 

La reja de la puerta del Perdón era demasiado pequeña: se mandó agrandarla a Gaspar de los Reyes, Herrero. Quedó repartida en un tramo grande  y dos pequeños; la veis ahora muy demorada debido a los afanes del pintor Cristóbal de Almería.

Pero henos ya adentro de la iglesia; la nave central está cubierta con artesón de tijera, acaso de estilo mudéjar, como otros de la nueva España, que es de hechura del carpintero mayor de la obra Juan Salzedo de Espinosa, y está dorado por Andrés de la Concha, que remató el trabajo en 3,000 pesos, y fue auxiliado por Francisco de Sumaya, con 24 oficiales pintores y doradores. Las naves colaterales tienen sus vigas pintadas de amarillo jalde, por industria de los pintores indios de Tlaltelolco, Texcoco y México. Como no hablan español, se sirven del intérprete Diego de León para sus tratos. Las ventanas, en vez de vidrios, llevan encerados con pinturas, como hemos visto. 

Las capillas principales son, aparte de la mayor, la del Bautisterio y Sacramento, encalada por Juan Xaramillo, albañil español, y tiene cuatro encerados de Francisco de Zumaya, y una reja de madera hecha por Tomás de Matienzo, ensamblador, pintada por Diego de Becerra; la del Santo Crucifijo que es muy suntuosa, con su reja de hierro, obra de Andrés Herrera, dorada por Cristóbal de Almería y en la capilla trabajo Zumaya con Martín García y otros indios pintores y  doradores. 
Ocupando dos intervalos entre los pilares, a los pies del templo, se halla el coro. El coro es de las obras más suntuosas de esta catedral, que sólo compite con el retablo. Lo cierra una reja de madera hecha por el carpintero mayor con herrajes y cerrojo que dio el cerrajero Juan Sánchez por 46 pesos. Las sillas son 48, más la del arzobispo; están talladas en madera de ayacahuite y pulidas; se les dio color con agalla fina y caparrosa y luego se les barnizó. Su autor fue el escultor Juan Montaño, que trabajó en ellas 303 días con Adrián Suster, ensamblador flamenco que se ocupó 358 en la obra, ayudados por muchos oficiales indios. Montaño cobro 924 pesos y Suster 895. Éste último hizo también los púlpitos de la iglesia, con 19 oficiales; púlpitos que fueron dorados por Francisco de Zumaya por remate que hizo de la obra en 350 pesos. Hay en el coro un facistol de hierro, con pie triangular apoyado en sus bolas de metal; hízolo Alonso de Salas. 

El retablo mayor fue obra de Andrés de la Concha, y se le pagaron mil pesos, “por la solicitud y maestría” que en él puso, según tasación hecha por Pedro de Brizuelas y Juan Montaño, escultores y entalladores, Adrián Suster, ensamblador, y Nicolás Texeda, Pedro Ríos y Simón Pereyns pintores, doradores y estofadores. El retablo tenía seis lienzos de Pereyns, que al parecer vivía ya olvidado del Santo Oficio. Al decir lienzos no vamos a creer que sus pinturas estuvieran hechas precisamente en tela, y acaso de este retablo pasaron a la catedral nueva las pinturas del flamenco que en ésta se conservan. 

Además del gran retablo que llena el ábside del templo, se miran los que a seguidas reseñamos.5 En otro altar el retablo antiguo que solía estar en el altar mayor, de talla renovado, dorado y estofado. Está en él una imagen de Nuestra Señora, de talla, grande, con su manto de damasco y corona de plata. Le llaman el altar de Nuestra Señora de la Asunción. 

En la capilla que dicen del Crucifijo, ya mencionada, está el Cristo grande y antiguo que tiene esta iglesia, acaso el que fue llamado más tarde de los conquistadores. 
En altar de Santa Ana está un retablo de talla, dorado y estofado, con la imagen en la historia de la santa, de pincel. 
Otro retablo en el altar de los Ángeles. Su advocación es la de San Miguel, con imagen de talla y dorado y estofado. 
San Bartolomé tiene otro retablo, en el altar a él dedicado, con su imagen y la de otros santos, de pincel. 
Hay otro altar, llamado de las Indulgencias, y en él un retablo de talla, dorado y estofado, con imágenes asimismo de pincel. 
En el altar de San Jerónimo otro talla, dorado y estofado. 
Otro retablo que está en el altar de San Cristóbal, de talla, dorado y estofado, y la imagen del santo, de pincel que la dio el Maestrescuela don Sancho Sánchez de Muñón, y es, seguramente, la que hoy se ve en el altar San José y está firmada por Simón Pereyns. 
En el altar que está junto a la sacristía hay un retablo de Nuestra Señora de la Concepción, San Antonio de Padua y San Andrés, todos en lienzo. 
En el interior de la Sacristía, que está humildemente encalado y pintado de “romano” por Martín García y tres indios, hay un recado de Nuestra Señora, el cual solía formar parte del retablo viejo que estaba en el altar mayor. 
Este mismo retablo viejo se mira ahora el Salón de Cabildos; es grande, de madera, con pilares y molduras doradas y estofadas y la imagen de en medio pintada al óleo en un tablón grande. Representa a Nuestra Señora de los Remedios. En la peana aparecen los cuatro evangelistas de media talla, dorados y estofados. Hízole Simón Pereyns, igualmente.
Aparte de estos retablos menciónase, como cosa notable, una imagen de Flandes en tabla, con el Descendimiento de la Cruz; tiene sus puertas y una moldura de oro y negro alrededor. Acaso era un tríptico. 

Vemos pues que, a pesar de que todos se quejan de la pobreza y poquedad de este templo, algo y bueno había que admirar en él. Aun, empero, puedo mostraros los objetos que constituyen una verdadera riqueza: las joyas de la sacristía. Seguidme. 

El padre sacristán abre los cajones y desfilan ante nuestros ojos los ornamentos toledanos ricamente bordados con historias, en que cada figura es un modelo: la aguja parece haber acariciado estos rostros y estas manos, así que sabes con sus puntadas. Más parecen de pintura o de un delicadísimo mosaico de plumas, a la manera de los indios, que obra de bordadores. Las capas pluviales extienden la enormidad de su vuelo; las dramáticas con sus alas, las casullas con sus cabos redondeados; las estolas, los manípulos, los collarines, los frontales. 

La ropa blanca es una delicia en su albura y limpieza. Vemos las albas, los amitos, los sobrepellices. Después nos enseñan la orfebrería: hay riqueza de cálices, incensarios con sus navetas, copones, vinajeras y relicarios. Y ¿custodias? Las hay y soberbias. Comparables con las que forman el orgullo de las catedrales españolas, de aquellas que hicieron los Arfes, famosos artífices del metal. 

Las principales custodias son tres. Una, la vieja,  pertenece ya a esa modalidad artística que han dado a llamar plateresca. Es seisavada, de tres cuerpos que van en disminución, y pesa 412 marcos6 de plata. La adornan numerosas figuras de plata cincelada y como remate una Resurrección de una tercia7 de alto. El tercer cuerpo tiene seis pirámides a la redonda y seis pilares, y, en el interior, el Descendimiento con cinco figuras, y alrededor los cuatro Doctores de la Iglesia del tamaño de un jeme8 cada figura. El segundo cuerpo presenta seis columnas redondas, rematada cada una por un niño desnudo con las insignias de la Pasión. En este segundo cuerpo está el relicario, con los doce Apóstoles y la luneta para Santísimo Sacramento. El primer cuerpo, el más ancho, se sostiene sobre seis grupos de tres columnas cada uno, entre los cuales se ve la figura de un Profeta de una tercia de altura. Cada grupo de columnas está coronado por dos remates redondos y detrás una Virtud. Cada uno tiene, además, una campanilla. En los entablamientos hay historias de relieve sobrepuestas y en el interior una Santa Cena con los doce apóstoles cincelados. 

El Señor arzobispo Moya de Contreras hizo otras dos custodias, una grande y otra pequeña. La grande pesa 500 marcos de plata. Es cuadrada, de dos cuerpos, y en el remate tiene ocho figuras desnudas que sustentan la media caña, metidos en sus cartelas con ocho pirámides y, coronándolo todo, la figura de San Miguel con su demonio, cincelada. El cuerpo alto se sustenta sobre doce columnas vaciadas con sobrepuestos cincelados y cada tres columnas llevan por remate un ángel de a jeme, con las insignias de la Pasión, y atrás de cada dos pirámides. En este cuerpo se pone la luneta de oro con el Santísimo, y arriba cuelga la campanilla. El cuerpo grande lleva sus columnas pareadas, con sus niños, y sus frutos y capiteles; entre columna y columna una pirámide de media vara,9 y ante cada de dichas columnas un Profeta de a palmo10 con su pedestal y en éstos, otros profetas de relieve, sobrepuestos, y como remate, los cuatro Doctores y los cuatro evangelistas en sus banquillos. Dentro de este cuerpo se ven cuatro tarjas sobrepuestas con imagen de Nuestra Señora, las armas de San Pedro y las otras dos el escudo del señor Moya de Contreras. 
Dentro de este cuerpo bajo hay una caja de plata con sus vidrieras de cristal, de media vara de largo y un jeme de alto, con 12 términos vaciados y por remate de ellos cuatro pirámides en cuadro que forman un túmulo, donde se pone una cruz de oro, y que tiene arriba otras cuatro pirámides. 
La custodia pequeña que hizo el arzobispo Moya es de oro está embutida de ámbar. Pesa en total, con su armazón de hierro, su pedestal y sus berruecos, 904 castellanos11 y cinco tomines12
No era pues tan pobre nuestra primitiva catedral. A estas preseas debemos agregar los tapices que, a igual de sus compañeras españolas, guarda para decorar sus muros en las grandes festividades. Representan asuntos bíblicos y se registran del modo siguiente, en los inventarios: “Una tapicería de la historia del rey Saúl que tiene ocho paños”. “Otra tapicería de la historia de Judith y Olofernes que tiene seis paños”. “Una tapicería de la historia de Salomón que tiene ocho paños”. “Un paño de tapicería de seda de la Encarnación.” 

Desgraciadamente, lo deleznable de la materia de que están elaborados esos tapices, en clima tan húmedo como el de México, hará que estas joyas de arte se vayan perdiendo con el tiempo. Para 1632 se registran: “22 paños de corte, viejos y maltratados”. Después desaparecen del todo y no es sino ahora cuando evocamos su recuerdo: el tejido con sus coloraciones, mortecinas de los siglos, nos llega como la supervivencia de un perfume antiguo. 

Si queréis más noticias todavía, puedo deciros que los colores y aceite para diversas cosas, fueron vendidos por el boticario Rodrigo Nieto, y el oro en panes para el dorado, por el batihoja Diego de Dueñas que llevó 270 pesos por 18,000 de ellos. ¿Qué más? Otro cerrajero, Melchor Banegas, vendió los herrajes para el púlpito y el pregonero público que remató la obra del dorado de la nave central se llamaba Melchor Ortiz y cobró tres pesos por su encargo.

Así quedó la catedral vieja, para resistir otros 40 años de vida. Hasta que la nueva, surgida al fin del sopor que en un principio opacaba su fábrica, la absorbió, la arrasó en 1626, dejando enterrados en el sitio los basamentos de sus columnas, en un mismo sueño con las piedras del gran teocali de que ellas propias habían formado parte. 

Y sólo unos amarillentos papeles, sumergidos en la muerte de los archivos que parece querer borrar toda hasta la vida de las palabras, nos permite retroceder en el tiempo, reconstruir lo perdido, rememorar los nombres de los artífices hoy ignorados los más, conocer otras obras de aquellos cuya existencia sabíamos, y fijarlos dentro de la historia de nuestro arte y de nuestras costumbres. 

1  Archivo General de México 1915. Laboratorio de arte 1937, en Manuel Toussaint, Paseos Coloniales, IIE de la UNAM, págs. 1-5.
2  Puede verse el estudio de García Cubas en el libro México pintoresco, Antología de artículos descriptivos del país, arreglada por Adalberto A. Esteva. México, 1905, p. 13.
3 Es el tomo de Historia núm. 112.
4 Noticias de los arquitectos y arquitectura de España… Madrid, 1829, t. III, p. 71.
5 Descripciones tomadas de los Inventarios de la Catedral de México del año de 1588.
6 Medida al parecer exclusiva para la plata, 1 marco equivale a 230 gr.
7 Equivale a un pie, o sea, a  27.8 cms.
8 Un jeme es la medida que establece la distancia entre el dedo índice y el pulgar, separados todo lo posible. Aprox. un jeme equivale a 17 cm.
9 1 vara castellana equivale a 0.834 mts.
10 Un palmo equivale a unos 20 cms.
11 Medida al parecer exclusiva para el oro, 1 castellano equivale a 4.6 gr.
12 Un tomín equivale a 0.6 gr.