1.2.8 Segunda Dedicación de 16671

Toussaint, La Catedral de México, Porrúa, México, 1973, págs. 47-50.

Tocó al virrey marqués de Mancera hacer la Última dedicación del templo. La crónica de esta fiesta encierra a la vez, como ya hemos dicho, la mejor historia de la construcción del edificio.2

Es natural que el marqués de Mancera haya deseado una nueva dedicación, pues la anterior se habla verificado sin que el templo estuviese realmente concluido; así, comunicó su resolución al deán y Cabildo sede vacante, para que se preparasen para la solemnidad con todos los menesteres necesarios y lo mismo hizo con las religiones, hermandades, cofradías y otras corporaciones para que asistiesen a la ceremonia y señaló a algunas de ellas los sitios donde hablan de poner sus altares, para que sirviesen de adorno a la calle y de descanso a la procesión. Comisionado especial para el acto fue el licenciado don Francisco Calderón y Romero, oidor más antiguo de la Audiencia, quien quedó investido de plenas facultades.

La fecha señalada para la dedicación fue el día 22 de diciembre de 1667, porque en ese día era el cumpleaños de la reina Mariana de Austria. Determinóse que la procesión saliese del templo por la puerta que mira al poniente y tomase frente a las casas del marqués del Valle hasta la esquina de San Francisco; de allí, dando vuelta a la izquierda, seguirla por la plaza mayor hasta llegar a Palacio, donde volvería a torcer a la izquierda para caminar por la calle del Reloj y penetrar a la iglesia por la puerta que mira al oriente.

Las religiones cumplieron desde luego su cometido, construyendo tablados para sus altares y levantando resplandores a la altura necesaria para cada monumento.

El adorno de la puerta por donde había de salir la procesión, teniendo en cuenta que todavía no existía la portada, se encargó a la congregación de San Pedro, que vistió con una exquisita colgadura de damasco de China azul claro con cenefas de terciopelo oscuro bordadas de oro y sedas de colores, toda la estructura. Así, dice Sariñana, "era nueva y vistosa arquitectura de su fachada”. Sobre la cornisa, bajo un dosel de la misma tela, se veía la estatua de San Pedro.

Dentro del cementerio del mismo templo se levantaba el altar de la congregación de San Felipe Neri; su mesa estaba adornada con tres frontales de plata de martillo y sobre ella se colocó otro de la misma materia, de manera que el todo formaba una especie de media pirámide; el tercer cuerpo era un cuadrado de espejos que servía de peana a la imagen de San Felipe, que llevaba en la diestra un corazón de plata y en la otra mano una azucena de perlas.

Enfrente de este altar, pero todavía dentro del cementerio, estaba el de la congregación de San Francisco Javier. Su altar descansaba en un tablado de tres varas de alto con un espaldar que subía otras quince, todo él adornado con láminas y pluma y, a los extremos, dos columnas doradas con la inscripción Plus ultra y coronadas por ángeles de plata de tres cuartas, con mantos y tunicelas de tela blanca, abiertas y guarnecidas de bejuquillos de oro, jazmines y joyas de gran precio. En el sitio del ara lucía una estatua del Niño Jesús cuyo vestido se veía tachonado de piedras preciosas: zafiros, rubíes, brillantes y perlas.

Seguían los altares de las religiones en la siguiente forma: el primero, frente a las casas del marqués del Valle, era el de Saneo Domingo. Medía diez varas de ancho y diecinueve de alto. Estaba hecho de tela blanca y de oro, con un nicho en el centro de uno a manera de retablo; en medio se veía la imagen de Nuestra Señora del Rosario "sobre un trono de quatro gradas con viso y concha de plata." Su vestido era tan rico, que sólo la corona que se le puso para este día estaba apreciada en veinte mil pesos. En la primera grada se alzaba una imagen de Santo Domingo, de más de vara de alto, cincelada en plata maciza, y más arriba se extendía una lámina ochavada, de media vara, en que, sobre plancha de oro, se admiraba una imagen de la Purísima, de medio relieve, hecha de coral, con todos sus atributos de la misma materia. Se juzgó por una de las más preciadas alhajas que se disfrutaron en tal día. A ambos lados, en sendas cátedras y vestidos de damasco carmesí, peroraban Santo Tomás de Aquino y el Beato Padre Alano de Rupe.

Los franciscanos colocaron su altar en la esquina de la calle de San Francisco, dando frente a la plazuela del marqués del Valle. Medía veinte varas de alto y doce de ancho y estaba compuesto de tres paños en forma esquifada. Todo él estaba formado de terciopelo blanco y encarnado con galones de oro en las junturas. En la parte más alta, bajo un baldaquino carmesí, aparecía la Santísima Trinidad en tres esculturas, sobre tres nubes blancas y azules, salpicadas de oro y plata; en el centro se erguía un trono adornado de plumas, en que reinaba la imagen de la Asunción, obra maestra de escultura. Alrededor de ella aparecían muchos ángeles y abajo, ofreciendo como peana su cabeza, yacía San Francisco sobre tres gradas de espejos, con un sayal que había trocado su pobreza por lo más rico que produce la América: oro, plata y perlas, y a sus pies aparecía derribado el ídolo de Quetzalcóatl.

Los agustinos edificaron su altar en la plaza mayor, a la mitad del tránsito que va desde la esquina de San Francisco al real palacio. Constaba de un tablado de diez varas de largo, ocho de ancho y una y cuarta de alto, con su respaldo que alcanzaba catorce varas de altura. Todo el tablado se hallaba limitado por una balaustrada curiosamente trabajaba, con remates piramidales en los ángulos, y sobre el tablado se imitó un monte con sus aguas, peñas y riscos; grutas oscuras como habitación de fieras; diversos árboles y plantas. Corría a ambos lados un muro dividiéndose en el centro, donde se levantó una puerta flanqueada por dos columnas revestidas de pámpano y coronadas con su entablamiento completo. En el claro de la puerta, sobre un altar de tres cuerpos, se veía la estatua de San Agustín, pintada al temple pero con apariencia de escultura. Veíasele vestido de religioso, con alas de ángel y encendido el rostro en un fulgor de rayos. En una mano tenía el escandallo y en la otra un cordel con su plomada, símbolos de la arquitectura. En lo más eminente del monte, a mano izquierda, se alzaba "un templo con aparatos de ciudad" o una ciudad en forma de templo, labrada curiosamente, coloreadas de cantería las paredes de sus edificios, dorada la arquitectura de sus portadas, en que se simbolizó la aplicación del suntuosísimo templo mexicano. A la mano derecha del monte, el retrato del marqués de Mancera, pintado al temple, y en otro lugar del mismo, los del rey Carlos II y la reina doña Mariana de Austria.

Los carmelitas construyeron su altar apoyado en la pared de Palacio con la fachada a la calle del Reloj. Hay que notar que la obra de Palacio no abarcaba hasta el sitio que en la actualidad llega: faltaba todo lo que conocemos con el nombre de puerta Mariana y patio Arista. Componíase dicho altar de tres gradas con tres frontales de brocado y seda; sobre la mesa del altar se levantaban otras tres gradas, sobre las cuales descansaban seis ricos relicarios que coronaba un águila caudal y una imagen de San José; en la parte alta calzaban doce espejos; en cada rayo del resplandor lucia un Agnus Dei y en la parte más alta, obra magnífica de escultura, un Santo Cristo. Estaba adornado el monumento con sesenta y cuatro faroles y dieciocho blandones. Al pie del altar, un Niño Jesús precioso.3

Los mercedarios construyeron su altar en un carro que lo pescó por las principales calles y plazas de la ciudad, hasta el sitio que le estaba señalado, o sea la bocacalle de la esquina del Reloj y casas arzobispales. Las cuatro ruedas estaban ocultas con tapetes que colgaban de los costados y parecían un zócalo del monumento. Arriba se extendía un piso de siete varas en cuadro y una y media de alto, cubierto con una alfombra morisca que también Ocultaba tres gradas de media vara de huella y una cuarta de alto, en las que estaban distribuidos perfumadores y jarras de plata con ramilletes de flores hechas de seda, tan bien imitadas que engañaban a quienquiera. Arriba de las gradas se alzaba el pavimento del altar que ofrecía por delante un frontal de plata de martillo, a los lados cubierto con brocado. En los ángulos y a la mitad de este segundo pavimento se levantaban doce columnas vestidas de carmesí con fajas de oro, con su entablamiento completo que imitaba la arquitectura de un templo. Sobre la mesa del altar se veían tres gradas de ébano sobre las cuales se elevaba una nube que formaba trono a una bellísima imagen de la Asunción de la Virgen; el espaldar estaba cubierto con una rica colgadura de damasco azul y oro, orlada de plumeros. Al lado derecho, sobre dos almohadas de terciopelo carmesí, el escudo de las armas reales de Castilla y León y, del otro lado, las de la religión mercedaria y de Aragón. En el ángulo derecho del primer plano, la estatua de San Pedro Nolasco, con su estandarte en una mano y en la otra un curiosísimo navío de plata, vestido de raso blanco bordado de oro. Haciéndole pareja del otro lado, San Ramón Nonato, y en el centro, en pie, con sitial y almohadas delante, una escultura del rey don Carlos II que miraba reverente a la imagen de Nuestra Señora.
 
La Compañía de Jesús levantó su altar a la mitad del tránsito que va de la calle del Reloj a la puerta oriental de la catedral. Sobre un tablado que tenía un respaldo de doce varas de alto y ocho de ancho colgado de damasco amarillo y nácar, edificó "un monte de plata en la rica curiosidad de su altar". Componíase de tres cuerpos que se formaron con trece frontales de plata; en el cuerpo de en medio se alzó un trono de cinco gradas con su espaldar, guardapolvo y cubierta, todo de plata, en que se colocó una devota imagen de Nuestra Señora de la Asunción. En los ángulos exteriores del trono, que era semiexagonal, se colocaron relicarios de ébano con cantoneras, guarniciones y remates dorados. En el interior, contiguo al respaldo, pirámides de plata, y en lo más alto, sobre la cubierta del solio, una águila de plata que coronaba todo el cuerpo central; a ambos lados lucían estructuras terminadas en medias naranjas de plata que remataban baldaquinos también de plata, en que triunfaban los dos grandes personajes de la Compañía de Jesús: San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier vestidos de sacerdotes "con ornamentos recamados de relevantes fruteros y azafatas de flores de oro." En las mesas de los altares se colocaron siete imágenes del Niño Jesús en sus diferentes trajes y una de ellas vestida con el hábito de la Compañía. Estaba alumbrado el altar con cien blandones imperiales de plata y le remataba un toldo de juncias que hacía agradable el lugar.

El altar de los religiosos juaninos fue erigido entre los de Santo Domingo y San Francisco y representaba la visión que tuvo San Juan de Dios cuando, entrando al templo y deseando conocer el mejor camino, la Virgen le clavó una corona de espinas.

Los Hipólitos, benemérita religión hospitalaria fundada en la Nueva España por el venerable Bernardino Álvarez, levantaron su altar entre los de San Agustín y el Carmen. En él aparecía su patrono con un estandarte en la mano derecha, que lucía las armas de Castilla y León y, en la última grada de su trono, sobre un nopal, el águila de México coronada con un copilli cubierto de fingimos diamantes y en la grada inmediata inferior la laguna de México fingida en un cristal tan grande, que permitió imitar sus carrizos, su muchedumbre de aves, sus canoas, todo en forma muy natural. Al lado del altar aparecía un retrato de Cortés, simbolizando que él había dominado al nuevo país.

La portada oriental del templo catedralicio, por donde debía entrar la procesión, estaba adornada por cuidado de los párrocos de la ciudad. Idearon dos vistosos montes con sus riscos, campiñas, quiebras, collados y paisajes de montería. Sobre la cornisa, ende grandes lienzos, se representó en trajes e instrumentos de caza, la casa de Austria.

Finalmente, los vecinos del tránsito de la procesión, y los comerciantes de los cajones de la plaza, adornaron sus casas y tiendas en la mejor forma que pudieron. El altar mayor de la iglesia estaba ornamentado a todo lujo con las riquezas del tesoro del templo.

La ceremonia se desarrolló en la forma que a continuación detallamos: El día 21 de diciembre se cantaron solemnemente las vísperas "cuya noche no llegó, dice Sariñana, porque toda la civdad en luminarias, hachas, faroles y varios artificios de fuego, no dio lugar a sus sombras. Y aunque no se permitieron éstos en las calles adornadas, obviando la prudencia peligros, no menos al adorno que al concurso, halló modo la industria con que impedidos los riesgos luciese el fervor en artificiosos incendios, reduciéndolos todos a la torre de la santa iglesia que por sus quatro aspectos se artilló desde el banco a la cúpula cuyo estremo esparció al aire su lucido penacho de centellas en numerosos cohetes que, naciendo de tan alto principio y buscando al impulso de su fogosidad mayor altura, exausta en la región la materia de sus llamas escusaron al temor todos los sustos del riesgo."4  El día 22 de diciembre, a la hora convenida, salió de palacio el virrey acompañado de la Real Audiencia, Tribunales y ciudad en sus respectivos coches; a la puerta de la iglesia catedral le recibió el Cabildo eclesiástico con las ceremonias acostumbradas y pasaron a ocupar sus asientos. Ya se encontraba la marquesa de Mancera en la tribuna dispuesta para la virreina, al lado del Evangelio del altar. La misa fue cantada por el deán doctor Juan de Poblete ayudado como diácono por el doctor Juan de la Puerta Cortés y como subdiácono por el licenciado Luis Francisco moreno. Oficiaban con ornamentos de tela blanca y oro bordados de realce. El sermón fue predicado por el doctor don Isidro Sariñana y corre publicado en el libro de donde tomamos todas estas noticias.

La solemne procesión tuvo lugar en la tarde; se formaron vallas a ambos lados del recorrido, a fin de que el tránsito se viese desembarazado. Salió a las cuatro de la tarde; la encabezaban las cofradías con sus estandartes, las comunidades de las religiones con sus cruces, ministros y prestes; después seguiría la cruz de la Santa Iglesia con el subdiácono, continuaba el clero de la ciudad, después el Cabildo eclesiástico que sacó en hombros hasta la puerta la imagen de oro de la Asunción; seguía el Cabildo secular; los jueces y oficiales reales; el Tribunal Mayor de Cuentas; la Real Audiencia y, al último, el virrey. La imagen de oro de la Asunción fue llevada en hombros por cada una de las religiones en el trayecto que separaba sus altares. Mientras la procesión recorría su tránsito sonaba música que suavemente alegraba el paso, y se movían danzas agradables, entre ellas algunas de indios. Regresada la imagen a su altar, después de haber recorrido las calles indicadas, se cantó solemnísimamente la salve y con eso terminó la ceremonia.

1 Toussaint, La Catedral de México, Porrúa, México, 1973, págs. 47-50.
2 Noticia breve de la solemne deseada, última dedicación  del templo metropolitano de México… celebrada el 22 de diciembre de 1667… y sermón que predicó el doctor Isidro Sariñana, cura propietario de la parroquia de la Vera cruz de México… México 1668.
3 Tales son las noticias que hemos podido obtener  acerca de este altar. Del romance que publica Sariñana. Como se comprende es bien difícil traducir en vulgar prosa las retóricas expresiones de un poeta culterano.
4 Sariñana. Fol. 47.