1.2.11 La Fachada Principal y las Torres1

Toussaint, La Catedral de México, Porrúa, México, 1973, págs. 63-67.

Para terminar el edificio de la Catedral de México, se convocó a un concurso al que concurrieron varios arquitectos. No sabemos cuál fue la causa que motivó tal concurso: ¿se habían perdido los planos originales o existía el deseo de que la iglesia fuese terminada según la moda reinante? Conocemos tres proyectos para la conclusión del templo. Dos se conservan en el archivo de la Catedral y se sabe que sus autores fueron remunerados por sus dibujos; el tercero existe en el archivo de la biblioteca de la Academia de San Carlos, lo cual nos indica que no fue tomate en consideración por el Cabildo de la Catedral. El autor de este último proyecto fue Isidoro Vicente de Balbás, a quien suponemos hijo de Jerónimo de Balbás,2 que había trabajado fecundamente para la Catedral en el primer tercio del siglo XVIII, y que, por su parte, también había dictaminado acerca del altar mayor o ciprés que hiciera su padre. El proyecto de Balbás es muestra elocuente de un arquitecto churrigueresco. Respeta lo que estaba construido del templo, o sea las tres portadas principales, los basamentos de las torres, los seis contrafuertes y el primer cuerpo de la torre del oriente. Con esos elementos construye un modelo doble: son dos proyectos, pero ambos sostienen el mismo criterio audaz y loco del arte churrigueresco.

El cuerpo central está rematado por dos grandes columnas que sostienen un frontón curvilíneo y que flanquean un escudo español: el escudo carolino sostenido por el águila austríaca. Sobre el frontón hay dos figuras de ángel totalmente fuera de escala, puesto que parecen mayores que las puertas laterales. El cuerpo central de la fachada desaparece entre curvas y contracurvas que destruyen por completo la sensación arquitectónica del edificio. Para las torres da dos soluciones diversas: una presenta un segundo cuerpo que copia el inferior y sobre él un remate que se aleja por completo del clásico cupulín colonial y presenta cuatro fajas que dan una superficie cóncava de la que surgen lucernas. El proyecto de la otra torre resulta más audaz, pues propiamente es un remate en vez de un segundo cuerpo. Dicho remate se halla constituido por grandes campaniles, tan fuera de escala que resultan mayores que las portadas del templo. Esos campaniles ostentan balcones salientes y sobre ellos un remate que viene a ser una especie de linternilla colocada sobre estructuras variadas de pleno gusto churrigueresco.

Se puede apreciar desde luego que este proyecto no es obra de un arquitecto, sino de un escultor, de un entallador de retablos, como sabemos de hecho lo fue su autor, ya que consta que él talló los incomparables retablos de la iglesia de Santa Prisca en Taxco.

El segundo proyecto se debió al arquitecto José Joaquín García de Torres y se conserva, como hemos dicho, en el archivo de la Catedral. El proyecto de Torres es más mesurado; recurre a ciertos elementos clásicos como las pirámides, pero no olvida el arte de su época: la curva que une el basamento de la torre con d cuerpo central, está inspirada en los muros apiñonados del Sagrario. La torre se ve rematada en una forma verdaderamente infeliz: sobre el primer cuerpo existente levanta un ático perfectamente inútil, pero que repite la estructura que se ve en la parte baja de la misma torre, oculta hoy por las ménsulas invertidas y el cubo que debía llevar el reloj. Sobre este ático se desplanta un segundo cuerpo, copia del primero, de orden jónico al parecer y de planta ochavada, roas con el mismo criterio sustituyendo pilastras por columnas adosadas y, sobre este segundo cuerpo, otro pequeño ático con ojos de buey y óvalos que sostienen el remate de la torre en forma de casquete por gajos, con fajas salientes que los acusan y rematado por una linterna pequeña. Las portadas laterales de esta fachada están rematadas por frontones rotos con un medallón al centro y esculturas recostadas sobre las cornisas del frontón. Los contrafuertes que rematan la portada central se prolongan un tramo más hacia arriba y se hallan coronados por estatuas y el cuerpo central de la fachada, que corresponde a la portada central, presenta un frontón curvilíneo, roto, con un gran medallón al centro, coronado por una estatua de la Fe. Este proyecto hubiera dado fin decoroso al templo, pero lo decoroso que no sale de lo ordinario pertenece a la mediocridad: habría sido una iglesia como cualquiera otra; su fachada, sin ninguna relación con el interior, hubiese podido parecerse a la de cualquiera catedral de provincia, sin personalidad, sin vigor, sin audacia.

Cordura insospechada demostraron los señores canónigos al rechazar el citado proyecto y aprobar el más sobrio y moderado que presentó don José Damián Ortiz de Castro. Ciertamente, en el proyecto de Ortiz de Castro la Catedral se ve mucho más pesada y un tanto sin gracia, pero su criterio responde indudablemente a los principios de la obra y esos defectos fueron afortunadamente corregidos más tarde. El proyecto de Ortiz de Castro se conserva en el archivo del templo y nos muestra un conjunto apegado en lo posible a las reglas clásicas. Respeta íntegramente lo que está construido. Agrega seis ménsulas invertidas para relacionar los contrafuertes con la estructura del monumento; sobre los dos basamentos de las torres pone sendos relojes en cubos flanqueados por guirnaldas. El cuerpo central de la fachada se prolonga hacia arriba en un ático rematado por un tímido frontón curvilíneo que remata la estatua de la Fe. Las portadas laterales presentan medallones con tiaras, palmas al exterior y macetones. La cúpula parece seguir los mismos lineamientos de la vieja cúpula del siglo XVII y apenas agrega sobre el entablamiento del tambor algunas molduras que rompen la pesadez de la media naranja. Pero, donde la originalidad de Ortiz de Castro se revela en forma admirable, es en el remate de sus torres: sobre el cuerpo ya construido desplanta un segundo a la misma anchura aparentemente, pero que está formado por cuatro pilastrones angulares, en tanto que la verdadera estructura del cuerpo es octagonal, formada por pilastras, arcos, ventanas, todo esto embebido dentro de los cuatro pilastrones exteriores, de manera que la torre en su segundo cuerpo parece calada. Sobre este segundo cuerpo se desplanta el remate en forma de campana ornamentada con cartelas y guirnaldas de gusto muy Luis XVI y rematadas por una gran esfera que sostiene una cruz. Varias iglesias del país, por ese espíritu de imitación inevitable, construyeron sus torres en la forma de las de la Catedral, y de las iglesias españolas que hayan podido influir en nuestro arquitecto, sólo conocemos la catedral de Pamplona.

El minucioso Sedano nos dice lo siguiente acerca de estas torres:3 "En el mes de enero de 1787 se comenzó la obra de las dos torres a dirección del maestro de arquitectura don Damián Ortiz, americano. La del lado del Empedradillo se acabó de hacer en 18 de Abril de 1791 y la del lado del Sagrario se finalizó el 16 de mayo del mismo año. Las cruces de piedra del remate tienen tres varas de alto cada una y los globos de piedra en que están afianzadas tienen vara y siete ochavos de diámetro y cinco varas y media de circunferencia. Dentro de cada globo, en una caja de madera forrada de plomo se colocaron Lignum Crucis, relicarios, monedas de la proclamación del señor don Carlos IV, oraciones devotas, y testimonio autorizado por el secretario de Cabildo de la santa iglesia, para memoria en lo futuro. Cada torre tiene de alto, desde el suelo hasta la punta o remate de la cruz, setenta y dos varas, dos tercias. En las dichas torres, cementerio y empedrado con lo demás sobrado hasta septiembre de 1793 se gastaron 190,000 pesos, que se sacaron de las cajas reales de su Majestad, donde se depositó el medio real de fábrica de la santa Iglesia que se cobró de cada indio tributario, hasta el año de 1740 que mandó su Majestad cesara esta contribución, y habiéndose continuado se le dio el nombre de indebida e importó 30,000 pesos, mandó su Majestad que se aplicara al mismo fin y que cesara del todo, y todo lo contribuido importó la dicha cantidad de 190,000 pesos. Esta relación la supe de persona que intervino en la fábrica de las torres y que llevó las cuentas del gasto."

Se conserva en el archivo del templo metropolitano un luminoso informe debido a los arquitectos Joseph Ortiz, director de la obra, maestro mayor de la Catedral y académico de mérito de la Academia de San Carlos; tan Ignacio Estera, maestro mayor de la ciudad y real desagüe, y don José Delgadillo, arquitecto. Dicho informe fue realizado en el año de 1787, cuando Ortiz de Castro empezó la obra de las torres y de la fachada. El informe comienza con el avalúo y puede leerse íntegro en d Apéndice de este libro. Tomamos aquí únicamente los datos importantes para la historia del arte. Así, al referirse a las cruces que rematan las torres y de las cuales hemos hablado ya antes dice lo siguiente.

"En el avalúo se comprendieron cruces simples de fierro para las veletas. Se retuvo la insignia; pero no la materia, ya por precaver en aquella altura la electricidad, y ya también por la forma más grandiosa y uniforme que presentan los globos y cruces de piedra, obra admirable, de valiente arquitectura para los ojos inteligentes, especialmente en los collarines de cuatro pulgadas de grueso sobre el que descansa el inconsiderable peso de los globos de dos varas de diámetro y de las cruces que descubren dos y media varas, por media vara y una tercia de encaje. No tienen éstas taladro ni perno alguno de fierro, pero desde el centro de los globos baja un perno de 15 a 16 varas de largo hasta la cruceta o aspas formadas de planchas de cedro en el interior de las torres, en el arranque de los remates. Uno solo de estos pernos compensa el fierro que entraría en las cruces.

"Se ha dicho obra de valiente arquitectura; mas debe añadirse obra que asustó y puso en secreto movimiento al celo de una junta, que quedó sin él, y desimpresionada de sus recelos. Los comisionados, a quienes privativamente tocaba precaver cualesquiera riesgos, cuando procedieron a colocar dichas cruces y globos estaban satisfechos del ningún peligro por los vientos o terremotos como se ha visto. Obra también propia del ingenio y númen arquitecto del director de la fábrica don José Damián Ortiz, digno de los mayores elogios por su puntual asistencia y desinterés, y por los sobresalientes y distinguidos conocimientos que poseía en su noble profesión. Lo reconoció así la Real Academia de San Carlos y le expidió el título de su Académico de Mérito años antes de hacerse cargo de esta obra.

"Acreditó en ella los informes que dio a los comisionados el Director Perpetuo de la Real Academia, don Jerónimo Gil, y las dificultades con que a cada paso se tropezaba en la obra, que sería muy prolijo el referir, y las maniobras que en ella se ofrecieron, nada comunes, y que en un siglo no suelen ocurrir, dieron bien a conocer los talentos y méritos de Ortiz. Fue el inventor de unos ligerísimos carros para manejar con pocas manos dentro de la obra piedras grandes labradas con toda comodidad. Lo fue de otro gran carro compuesto de tres bastidores y cuatro ruedas en que se condujo en una tarde desde las lomas o canteras de los Remedios una gran piedra de 300 quintales. Sobre el mismo carro se trajo desde Tacubaya la campana mayor, Santa María de Guadalupe, también de 300 quintales, y después otra de l50, nombrada los Santos Ángeles y colocó una y otra en la torre nueva o del lado del Poniente. Pero lo que admiró más y sorprendió a esta capital fue la potencia y resistencia de este carro cuando se le echó encima y comenzó a rodar con el enorme y formidable peso de la gran mole de la piedra de la antigüedad que el mismo Ortiz puso en un sotabanco al pie de la torre, y hasta allí condujo el carro desde el pasaje de donde se excavó frente de los cajoncitos que llaman de Señor San Joseph que últimamente se derribaron, y estaban como 25 o 30 varas delante del Portal de las Flores.4 La invención de la gran máquina con que se subió la referida campana mayor, sin aplicar más potencia que la de ocho hombres, gobernando él la maniobra sin estrépito ni ruido y su colocación en el centro del segundo cuerpo, suspendida en unos tirantes de fierro, puestos con simetría y con la mayor seguridad, son documentos que están acreditando a su autor, no menos que la conclusión de las torres y fachada. Apenas dio fin a estas obras, cuando lo dio a su vida en 6 de mayo de 1793, de edad de 41 años, en el pueblo de Tacubaya, habiendo nacido en el pueblo de Coatepeque, Obispado de Puebla. Su cadáver está depositado en la iglesia parroquial de Tacubaya y se ha de traer a la iglesia catedral al sepulcro labrado de cantería que le dedicó el Ilustre y Venerable Cabildo en la capilla de los Santos Ángeles, debajo de la torre nueva en demostración de su aprecio."

Al finalizar el informe de donde tomamos estos datos se lee este párrafo, en cuya brevedad no podía caber mayor grandeza: "Las torres se fabricaron sin que uno solo sacrificara su vida." Es decir, que en una obra tan extraordinaria no hubo un solo sacrificio humano y bien sabemos que cualquiera obra que se levanta en esta ciudad, si ella es un poco audaz, cuesta bastantes vidas, ya por descuido de los directores o de los mismos operarios.

Podemos agregar algunos datos que completan la historia de esta parte de nuestro monumento y corrigen algunas opiniones equivocadas que corren como verdades indiscutibles. El insigne artífice José Luis Rodríguez Alconedo labró los trofeos, coronas y collares de la orden del Toisón de Oro, para el escudo real del frente del templo y las coronas y llaves de las tiaras para las portadas laterales del mismo frente, ornatos que, entre paréntesis, han desaparecido en la actualidad. Eran de bronce dorado a fuego con oro de veinticuatro quilates. Hizo también las tiaras que guarnecían el escudo real y sus cuarteles. Todas estas obras importaron seis mil doscientos ochenta y dos pesos, tres reales, y el recibo del ilustre artífice está firmado en México el 2 de febrero de 1794 y no en 1813, como han afirmado algunos autores.

Las estatuas que decoran las torres fueron obra, las de la torre nueva de José Zacarías Cora, que fue traído especialmente de Puebla para tal trabajo. Su recibo, que puede verse en el Apéndice, lo dice expresamente, y las ocho estatuas de piedra blanda de a tres varas representan a los santos que a continuación mencionarnos: San Gregorio Papa, San Agustín, San Leandro, San Fulgencio, San Casiano, San Francisco Javier y Santa Bárbara, por las cuales cobró trescientos pesos por cada una "en atención haber venido de mi patria la ciudad de Puebla de los Ángeles con sólo este destino y tenido que estar en la cantera con mis oficiales y trabajar en ella desde el mes de febrero de 1791 hasta en aseado de venirlas solo a pulir en el cementerio." San Primitivo no quería estar en la corre, pues "estando ya concluida la estatua en la cantera, sin faltarle más que pulirla, se le vino encima una piedra y la hizo pedazos dejándola inservible." El artista tuvo que rehacerla y cobró por su trabajo doscientos setenta y cinco pesos. Pero San Primitivo no quería estar en la torre, pues en el camino, al traerla a México, se le rompió la cabeza y hubo que rehacerla, por lo cual el artista cobró ciento treinta y siete pesos, cuatro reales. Además, el mismo Zacarías Cora hizo para la torre vieja dos estatuas de la misma medida y de la propia piedra, que representan a San Emigdio y a Santa Rosa de Santa María, a trescientos pesos. Las otras seis estatuas que decoran la torre vieja, o sea la del oriente, fueron obra del escultor Santiago Cristóbal Sandoval. Representan a San Ambrosio, San Jerónimo, San Felipe de Jesús, San Hipólito, San Casiano y San Isidoro. Como Sandoval no había venido desde Puebla, sólo cobró doscientos pesos por cada estatua. Además, el pobre hombre no tenía suerte, pues de su cuenca que importaba mil doscientos cincuenta pesos tuvo que rebajar cuatrocientos sesenta porque sus oficiales echaron a perder una piedra en que el insigne artista don Manuel Tolsá, director de escultura de la Real Academia de San Carlos, iba a tallar la estatua de la Fe y el pobre de Sandoval se ve obligado a reponerla para que Tolsá pueda trabajar a sus anchas. Se compromete a entregar la referida piedra en el cementerio según convenio con don José Montes de Oca, vecino del pueblo de San Bartolomé Naucalpan, para traer una piedra grande, chiluca, buena, limpia y sin venteaduras, del tamaño que pide don Manuel Tolsá. Para cumplir su compromiso el infortunado hipoteca todos sus bienes, especial y señaladamente una casa eneresolada que poseía como suya propia en la calle de la puerca falsa de San Andrés, número cuatro. Sandoval gozó de una pequeña venganza, pues al subir las estatuas a las torres se rompieron muchas y tuvo que componerlas. Su recibo del diez de agosto de 1793 nos enseña que cobra dieciocho pesos "Por quince pedazos de dedos que le eché a San Isidoro por habérsele roto varias ocasiones y una mano nueva por habérsela roto enteramente los dedos y por la compostura de otra mano y la pluma de San Gerónimo y varios remiendos de los ropajes de los otros cinco santos." El culpable de estos deterioros sacrílegos fue Toribio Sánchez, que cobró novecientos pesos por subir hasta colocarlas en los pedestales para afianzarlas y empernarlas las ocho estrenas de piedra de la torre vieja, en que se incluía el trabajo de poner y quitar las dos grúas, la andamiada, garruchas y demás artefactos necesarios y volver a quitar todo. No debe de haber sido muy cuidadoso el gañán en su obra cuando no lo había sido con su espíritu, pues no sabía escribir para firmar su recibo.

El maestro mayor de la obra, Ortiz de Castro, cobraba por su trabajo mil pesos al año. En el archivo del templo se conservan sus recibos, y el de 1792 firmado el 29 de diciembre importa la cantidad de mil dos pesos, cinco reales y diez granos, en atención a que tal año fue bisiesto. Murió Ortiz de Castro y cobró el saldo que se le debía de ciento veintisiete días del año de 1793 su hermano Francisco, cuyo recibo corre en el expediente de Fachada y Torres y se reproduce en el Apéndice. Parece que el Francisco entendía algo en arquitectura, pues sigue cobrando poco tiempo después.

1 Toussaint, La Catedral de México, Porrúa, México, 1973, págs. 63-67.
2 Se encuentra el dibujo original en la biblioteca de la Escuela de Artes Plásticas, donde fue descubierto por los señores arquitectos Carlos Lazo y Luis García, en 1915.En el propia años fue publicado por el arquitecto Federico E. Mariscal en su libro La Patria y la arquitectura.
3 Noticias de México, págs. 188-189.
4 Se reproduce el grabado que representa uno de esos carros.