1.2.12 Conclusión de la Obra1

Toussaint, La Catedral de México, Porrúa, México, 1973, págs. 69.

El artista que dio fin a la obra de la Catedral de México fue el ilustre escultor y arquitecto don Manuel Tolsá. Había llegado a Nueva España en 1791, como director de escultura de la Real Academia de San Carlos, y así, no es extraño que pronto se haya hecho cargo de la obra de la Catedral. Tolsá, puede decirse toma por su cuenta armonizar el edificio que presentaba tantos aspectos diversos. Desde el punto de vista de la arquitectura su mayor creación fue la cúpula. El cimborrio antiguo, un pesado cimborrio bien característico de nuestro siglo XVII, no podía armonizar con el conjunto de la obra ya terminada sus torres: resultaba demasiado bajo, demasiado pobre, demasiado insignificante. El ilustre valenciano derribó la pesada linternilla del siglo XVII y, utilizando el casquete de la cúpula, le abre un anillo mayor sobre el que edifica una plataforma circular, y sobre esa plataforma levanta una linternilla mucho más alta, desproporcionada con relación a la cúpula, pero en armonía perfecta con el templo. Es indudable que Tolsá tuvo presentes las cúpulas francesas, acaso la misma de los Inválidos de París, para ornamentar la suya.

Los claros del viejo tambor son sustituidos por elegantes ventanas de tipo absolutamente francés, con sus frontones curvilíneos rematados por escudos pontificios, en tanto que dos flameros los flanquean; uno semejante corona el cupulín de la linterna.

Para homogeneizar en lo posible el estilo exterior del templo, el arquitecto recurre a una serie de balaustradas que lo armonizan en el exterior. Dichas balaustradas se encuentran en todos los sitios donde podían ponerse, así en el tambor de la cúpula como en el anillo de la linterna, al igual que en las estructuras angulares que cubren las pechinas, en las cornisas de las tres naves a cada lado, en los cuerpos de las torres, cerrando los campaniles y en el cuerpo central de la fachada.

Aunque de estilo diverso al que se usó en un principio, pues todavía parecen afiliarse al Luis XVI, nadie negará que armonizan perfectamente en el edificio y que le dan un aspecto de elegancia inusitada.

Otro problema para el arquitecto lo constituía la fachada principal de la iglesia: tal como fue concluida, presentaba simplemente un bajo frontón curvilíneo sobre un ático que coronaba la portada central. Tolsá encuentra ésta demasiado baja: sobre el ático primitivo levanta otro cuerpo que abarca sólo el ancho de la nave central, levantando así el frontón y dándole mayor peralte. Sobre el frontón construye una estructura cúbica para el reloj; esa estructura se ve coronada por tres obras maestras de escultura del mismo artífice: la Fe, la Esperanza y la Caridad. Con este cuerpo central obtiene una gran armonía de proporciones, pues trazando líneas del arranque de cada torre hacia la cúspide de la otra, el cuerpo central alcanza perfectamente la intersección de ambas líneas. Después de eso sólo faltaban detalles: las torres se ven ricamente ornamentadas por grandes estatuas, ocho en cada una, hechas por los discípulos del maestro según dibujos realizados por él. Así quedó la Catedral para cuando México alcanzó su independencia. Cuando hagamos la crítica artística te nuestro magno templo, daremos más detalles de los artistas que desarrollaron tales trabajos.

1 Toussaint, La Catedral de México, Porrúa, México, 1973, págs. 69.