2.6 Sacristía de la Catedral de México1

Toussaint, La Catedral de México, Porrúa, México, 1973, págs. 99-100.

La sacristía de la Catedral de México forma paralelo a la sala capitular, así en sus dimensiones como en su estructura y aun en su portada. Es ésta, la que comunica la nave procesional de la Epístola con el interior del recinto, una de las muestras más puras que ha dejado en México el arte conocido con el nombre de herreriano o desornamentado. El gran arco de medio punto descansa en sobrias pilastras. En su arquivuelta puede leerse la inscripción que fecha la obra: "SIENDO COMISARIO EL SEÑOR OIDOR ALONSO VAZQUEZ DE CISNEROS HIZO ESTA PORTADA Y CERRÓ ESTA SACRISTIA. AÑO DE 1623". Dentro de este arco se mueve la arquitectura de la portada: dos pilastras dóricas sostienen un sobrio entablamiento con un frontón triangular cerrado. La puerta es un arco de medio punto sobre pilastras más sobrias, pues que no son estriadas como las otras, sino presentan simplemente un casetón rehundido. La clave del arco es una graciosa ménsula. La forma que se levanta sobre la portada y sostiene el gran arco que la cubre se halla dividida en tres partes por adornos que forman a los lados triángulos mixtilíneos y una ventana en el centro, con su marco sobriamente ornamentado. La ventana presenta una reja de hierro forjado y esta reja pone un toque de austeridad exagerada al estilo ya bien severo de la portada. Reja de cárcel, colocada en un lugar por donde nadie podía escapar o penetrar, viene a ser un factor psicológico que completa el espíritu del arte que impera en esta estructura: todo es terrible; hay que huir del ornato, del adorno, como de la mayor vanagloria o de la trivialidad más despreciable. Hay que pensar sólo en la rectitud de la vida que conduce a un paraíso en que vamos a recibir fríamente La recompensa de nuestras buenas acciones. Este paraíso, lleno de mármoles clásicos, a la manera griega, nos ofrece la satisfacción mayor a que podemos llegar; ser tan austeros y tan puros como una estatua de piedra; la humanidad se deshumaniza y el ideal se encuentra tan fuera de la realidad, que muy pocos fieles apetecieron seguido. Era un ideal impuesto por Su Majestad Felipe II, que dejó magníficas obras de arte en la tierra para simbolizado, pero que con el tiempo cedió al espíritu más humano de su pueblo. No menos religioso que él, pero realista, apegado al mundo en que vivía, surgió después ese arte más humano, más tierno, más posible, porque en él quizás existe la misma intención del pecado, que se llama el Barroco.

Cuando se abren las finas hojas de madera entableradas, con delicados relieves en sus casetones, penetramos a la sacristía y encontramos en ella ese mundo barroco que viene a ser el espíritu del arte de la Nueva España.

Las bóvedas de la sacristía fueron cerradas en 1623. Son semejantes a las de la sala capitular y en la actualidad sus nervaduras han sido limpiadas con todo cuidado y doradas como debieron haber estado en un principio. Obra del último período del arte gótico, que por algo fue llamado flamígero o florido, no desentonan con el arte barroco de la segunda mitad del siglo XVII que adorna la parte baja de la estancia. Grandes cuadros murales al óleo cubren el ámbito: se deben a dos pintores que casi marcaron con su personalidad una época: los fines del siglo XVII y los principios del XVIII. Pintura barroca que sabe dar a su arte un espíritu diverso, más de acuerdo con la arquitectura, más 'sumiso a ella que la obra de los artistas anteriores, aún de pleno Renacimiento. Es la suya una pintura decorativa en esencia; la figura humana se olvida; el paisaje adquiere prestancia, personalidad. No que sea un paisaje realmente visto; es todavía un paisaje de gabinete, pero aun así ha sabido captar los tonos otoñales, azulosos, rojizos, dorados, que saben entonar a maravilla con los relieves que lo circundan. Esta pintura mexicana deriva indudablemente de los artistas sevillanos de su época, de Valdés Leal sobre todo, pero adquiere tal personalidad aquí, que indudablemente en toda la Colonia es la más personalmente mexicana.

 Los grandes cuadros son obra de Juan Correa y Cristóbal de Villalpando, como lo enseñan sus firmas. Correa pintó “La Coronación de la Virgen”, "La lucha de San Miguel con el dragón" y "La Entrada de Jesús a Jerusalén". Villalpando, "La Inmaculada Concepción" y "El Triunfo de la Iglesia". Las pinturas fueron hechas por los años de 1685 Y los grandes marcos con ángeles que las decoran fueron obra del maestro de arquitectura y entallador Manuel de Velasco. En la parte baja de los muros se ven cajonera s de madera y algunos cuadros que completan la ornamentación de la estancia.

Nada mejor que esta sacristía, íntegramente decorada con pinturas barrocas de tonos otoñales, enmarcadas por gruesas molduras refulgentes de oro, bajo bóvedas de añoranza ojival, para trasladarnos a aquellas épocas de la Colonia en que el arte imperaba sobre todas las costumbres. La vida es dura, difícil, cruel; nuestro fin más o menos lejano se halla de continuo presente en nosotros; pero, por la magnanimidad de Dios, podemos mejorar en lo posible esta existencia terrena, atestada de males y de asechanzas. Así, esta sacristía nos aparece como un lugar en que la vida es más sabrosa porque el arte nos endulza la amargura del vivir, ofreciéndonos la incomparable esperanza de un futuro mejor que ha sabido ya hacerse realidad en la tierra; vivimos más puros, menos atenaceados, en semejantes estancias que nos hablan directamente al espíritu y nos hacen olvidar nuestras penas mundanas.

Para el arte de la Nueva España es esta sacristía el relicario donde se encuentra su más depurada expresión. No del gobierno virreinal, no de la Corona de España, sino del propio pueblo que se expresaba por el pincel de sus artistas ya emancipados en lo posible del arte europeo, para crear ellos mismos un arte más suyo, español de origen, pero mexicano en la realidad. De ahí que sea entrañable la sacristía de la Catedral Metropolitana de México.

1 Toussaint, La Catedral de México, Porrúa, México, 1973, págs. 99-100.e