2.10 Altar del Perdón1

Toussaint, La Catedral de México, Porrúa, México, 1973, págs. 121-123.

Se llama altar del Perdón en las catedrales españolas el que ocupa el tras- coro y que por eso queda frente a la puerta principal de la iglesia que recibe, igualmente, el nombre de puerta del Perdón. Débese esto a que por esa puerta entraban los penitenciados del Santo Oficio a reconciliarse con la iglesia que les otorgaba magnánimamente su perdón, después de ciertas ceremonias rituales. En todas las catedrales españolas existe la puerta llamada del Perdón.

Este altar no puede datarse sino de época posterior a la conclusión de la Catedral. No sabemos cuál haya sido su disposición en el siglo XVII, sino sólo que fue estrenado el 5 de agosto de 1650, como lo reseña Guijo en su Diario (pág. 136): "Dicho día, (5 de agosto de 1650) celebraron los hermanos de la hermandad de Nuestra Señora del Perdón del altar de la catedral la fiesta de las Nieves, que fue este día, y estrenaron un colateral, y renuevo del pincel de la Virgen y lienzos de los doce apóstoles, y le añadieron los cuatro evangelistas: fue muy solemne fiesta, que tuvo su principio desde el año pasado de 1648, y cantó la misa el cabildo de la iglesia y capilla, y asistió todo él, y todo el gasto de lo referido y paga del cabildo se recoge del medio real que cada uno de los hermanos da cada semana, y este día eligen rector, diputados y mandatario: dicen costó el altar 2.000 ps."2 El actual data del siglo XVIII y, según los cronistas de la Catedral, fue dedicado el 29 de junio de 1737. Según las noticias tradicionales, su obra se debe al mismo artífice Jerónimo de Balbás que hizo el altar de los Reyes y el antiguo ciprés.

Tres obras de arte de primer orden adornan este retablo. Sobre la mesa del altar, cubriendo el tabernáculo, una pintura al óleo con una Santa Faz. Está firmada claramente por el insigne pintor Alonso López de Herrera, que floreció a principios del siglo XVII y dejó una serie magnífica de obras de que se enorgullece nuestra pintura colonial. Esta no puede considerarse entre las mejores creaciones de su espíritu, pues tenía que seguir ciertas indicaciones previas que dan a su pintura un aspecto un tanto convencional. Sin embargo, puede asegurarse que es mejor que otras que con el mismo tema se conservan del mismo artífice.

La gran pintura que decora el centro del altar representa a la Virgen María con el Niño en sus brazos, algunos santos a sus lados y ángeles en la parte superior. Esta imagen ha dado origen a una leyenda muy arraigada en la época colonial. Se decía que tal pintura era la obra de un preso que había obtenido su libertad en una forma extraordinaria, pues habiendo logrado sobornar a su carcelero para que le proporcionase colores y pinceles, pintó en la misma puerta de su celda una imagen de la Virgen. Cuando los jueces que lo habían sentenciado a la prisión vieron aquella imagen tan devota, decidieron que un hombre que sabía pintar cuadros con imágenes de una pureza tal, de un fervor religioso semejante, no podía ser culpable de los crímenes que se le imputaban y que, en consecuencia, debía libertársele incontinenti. Los historiadores que se han ocupado en este asunto, se hallan conformes en que dicho cuadro no puede referirse a otro pintor que a Simón Pereyns, que poco más o menos sufrió todas las vicisitudes que se refieren en tal leyenda. Efectivamente, Pereyns, pintor de fama que había llegado a México en 1566 en el séquito del virrey don Gastón de Peralta, dos años más tarde, por descuido en su manera de hablar o más bien por la falta de protección, puesto que el virrey había sido llamado a España, fue procesado por palabras mal sonantes y condenado a pintar a su costa una imagen de Nuestra Señora de la Merced para la catedral vieja de México. Yo supongo que la advocación de la pintura fue cambiada y que realmente Pereyns pintó esta imagen como castigo a sus ingenuos pecados.3

El hecho de que la pintura esté en una tabla con clavos de puerta, como puede observarlo cualquier espectador, indica sólo que no hubo una tabla bastante grande para que el procesado cumpliese su sentencia y, entonces, en las hojas de una puerta cuyos clavos fueron aplanados a fuerza de martillo y sobre la cual se puso una tela, tuvo que pintar su cuadro.

En la parte alta existe un cuadro que representa a San Sebastián y que, lo mismo que su compañero de abajo, ha sido objeto de una antigua tradición. Según ella, esta pintura se debe a una mujer extraordinaria que se llamaba la Sumaya, la cual enseñó el arte de la pintura al famoso pintor Baltasar de Echave Orio.

Todas las tradiciones tienen, aparte de la belleza que las circunda, un fondo de realidad. La realidad en esta leyenda es la que a seguidas damos. Baltasar de Echave, nacido cerca de Zumaya en Guipúzcoa, a mediados del siglo XVI, llegó a México y, relacionándose con sus paisanos, entró al taller de Francisco Ibía, natural de Zumaya, su conterráneo, conocido por el lugar de su oriundez, que era pintor de prestigio en la Nueva España. Echave, dotado de grandes facultades, estudió la pintura con su paisano y logró desarrollar su arte en una forma extraordinaria. México, en aquella época, era una ciudad a la que afluían así artistas como obras de arte de España, de Flandes, de Italia. Echave, puede decirse, se descubrió a sí mismo y con el tiempo llegó a ofuscar hasta sumirlo en el olvido a su maestro Francisco de Zumaya. Pero éste tenía una hija. Se llamaba Isabel: era muy bella. Echave, lo mismo que los aprendices de muchos otros pintores', lo mismo que aquel aprendiz que se llamaba Diego Velásquez, se prendó de la hija de su maestro Francisco Pacheco, la enamoró y se casó con ella en 1582, sin ser todavía un distinguido maestro de pintor. Echave siguió laborando, y así como Velásquez opacó por completo a Pacheco, él dejó en la sombra a Zumaya. Son la tradición y las investigaciones de críticos modernos las que han vuelto su prestigio a este ignorado artista. La tradición dice que fue la Zumaya la que enseñó a pintar a Echave. Sería tal vez el amor de la Zumaya la que hizo que Echave aprendiera la pintura, pero no de ella, sino de su padre, el Zumaya. El cuadro de San Sebastián, que difícilmente puede ser estudiado por la altura a que se encuentra y por el odioso e inútil cristal que lo cubre, es, en la actualidad, bien interpretada la leyenda de que hemos hablado, el único que puede documentarse de Francisco de Zumaya.4 Debe observarse que existía en la catedral vieja de México una cofradía de San Sebastián fundada antes de 1565. Para tal cofradía puede haber sido pintado el cuadro que hemos estudiado.5

El altar fue dedicado el 19 de junio de 1737 y los cronistas de la Catedral suponen que fue obra del mismo Jerónimo de Balbás que hizo el altar de los Reyes y el llamado ciprés. Ocupa el trascoro. Se compone de un primer cuerpo formado por cuatro estípites y un segundo en forma de remate semicircular con medallones con santos en relieve. Representan a San Cayetano, San Felipe de Neri, San Apolonio, San Dativo, San Saturnino, San Leandro, San Valentino, San Cándido, San Delfino y Ananías. Existen además en el mismo retablo ocho esculturas que representan a San Rodrigo, San Félix, San Pedro Arbués y San Zenón; además, San Lorenzo, San Esteban, San Juan Nepomuceno y San Cayetano.

Destruyendo la armonía de este retablo, se colocó sobre la Virgen pintada por Pereyns un relieve con la Santísima Trinidad rodeado de una ráfaga dorada. Igualmente otro símbolo con semejante ráfaga en la parte alta. Ambos agregados fueron obra del piadoso, aunque indiscreto celo eclesiástico de don Francisco Ontiveros, de quien hemos hablado.

1 Toussaint, La Catedral de México, Porrúa, México, 1973, págs. 121-123.
2 De esta noticia deduce Marroqui III, pág. 461 y copia Sandoval, que la advocación de la Virgen del altar del Perdón es de Nuestra Señora de las Nieves, deducción errónea, pues claro se ve que el título era de la hermandad y su patrona. La festividad de Nuestra Señora de las Nieves se hacía, por aniversario, en el altar de Nuestra Señora del Perdón. Eso es todo.
3 Véase Proceso y denuncias contra Simón Pereyns en la Inquisición de México, publicado por el Instituto de Investigaciones Estéticas, México, 1938.
4 Hace algunos años, un distinguido historiador mexicano, don Francisco Fernández del Castillo, creyó encontrar en el cuadro de la Virgen del perdón que nosotros atribuimos a Pereyns, la firma de Francisco de Zumaya. Observamos detenidamente la pintura sin el cristal que la cubre y confesamos sinceramente que nunca apareció la firma de Zumaya. Esperamos poder observar la del San Sebastián para dar una opinión definitiva. Los señores Cortés y Herrera, en los inventarios de la Catedral, aceptaron la opinión del señor Fernández, que adoptó a su vez, el señor Canónigo Ordóñez.
5 Marroqui, III. Pág. 461.