2.11 El Altar de los Reyes1

Toussaint, La Catedral de México, Porrúa, México, 1973, págs. 125-127.

En todas las catedrales españolas la capilla mayor que ocupa generalmente el ábside del templo ha sido dedicada al rey. El rey es patrono de la iglesia por concesión hecha por Su Santidad, de manera que se le debe un lugar preponderante para los días que asiste a las ceremonias que tienen lugar en el templo máximo. Por eso la capilla que ocupa el ábside de la Catedral de México se llamó la capilla de los Reyes. Esta capilla no estuvo, ni podía estarlo, limitada por una reja, como las de las otras capillas; su aspecto quedó visible y el gran altar que se construyó en su fondo fue gozado, como hasta la fecha lo es, por todos los fieles. Apenas una balaustrada de bronce con ángeles que tienen hacheros en sus manos limita el sagrado recinto. Por eso se le designó con el nombre de altar de los Reyes, en vez de capilla regia, que es su verdadero calificativo. Un error, muy generalizado, consiste en suponer que este altar se ha llamado de los Reyes porque las efigies de santos que en él aparecen, son de personas ungidas por la realeza. La verdad es precisamente lo contrario: ha sido ornamentado con santos que en su vida mundana fueron reyes, porque la capilla está destinada a personajes regios o, como en la Nueva España, a los que eran sus representantes y lugartenientes: los virreyes.

Ningún altar de nuestro templo ofrece una historia más azarosa que éste de los Reyes. Desde 1682 se proyectó construir un suntuoso altar en la capilla real, que había de tener por costo cuarenta mil pesos. Se hizo su montea,2 pero no se logró obtener fondos para su elaboración. La fábrica del templo no los tenía; la Real Hacienda no pudo ministrarlos; se pensó obtenerlos de limosna, de feligreses ricos de la diócesis, mas nada se hizo: proyecto y montea pasaron al olvido.

Transcurrieron los años y aquella capilla altísima, sin más ornato que sus muros descarnados, seguía siendo una obsesión. El Cabildo pensaba en ello constantemente. En su reunión del 18 de julio de 1706 acordaron que, de los fondos remanentes de los expolios del señor arzobispo Aguiar y Seijas, se gastasen dieciocho mil pesos en hacer el "corateral de los Reyes". Aprobado por todos en votación, dio su Ilustrísima muchas gracias a los presentes y dijo que por su voto el altar "ha de ser sólo de pintura, con guarnición de ensamblaje dorado, al modo que están los de la Sachristia desta Santa Iglesia que los pintará mui bien Juan Correa de quien se tiene bastante satisfacción, discurriendo después la idea que se ha de pintar y que esto no se puede hacer sin conferencia ni parecer del Excelentísimo Señor Virrey Duque de Alburquerque... "3

En conformidad con el acuerdo del Cabildo catedralicio, el rey otorgó en Buen Retiro, el 20 de agosto de 1708, real cédula para que se pudiera hacer el gasto de diecisiete mil pesos (no dieciocho) del expolio del Ilustrísimo señor Aguiar y Seijas para edificar el altar mayor.4

Obtenida la real confirmación para el gasto, no faltaba sino llevar a término la obra. Así, en el Cabildo celebrado el 17 de noviembre de 1709 se determinó "que se dé providencia para que se dé principio a la fábrica del Altar de los Reyes a que estaba aplicada la porzión de los espóleos del Ilmo. Sr. Aguiar y Seixas y confirmada por S. M."

En la sesión siguiente, del 19 del mismo noviembre, se acordó "que se forme auto para que los jueces hacedores en la forma acostumbrada manden pregonar y convocar los maestros de escultores y ensambladores desta ciudad para que dispongan mapas y monteas del referido altar con quanto primor pudiere alcanzar su arte" y las que hicieren y presentasen las mandarán pasar al Cabildo con los costos de cada una marcados.

Tres meses dieron de plazo para presentar los proyectos, pues en el acta del Cabildo de 21 de febrero de 1710 se dice que respecto a haberse presentado diferentes mapas y monteas por los maestros escultores en conformidad con los edictos, se resolvió se nombraran comisarios para que manden hacer todas las diligencias necesarias. Se designó al tesorero y al canónigo Villaseñor. En la sesión del 27 de marzo siguiente renunció el tesorero a la comisión y designaron al maestrescuela.

El rey había concedido licencia para que gastasen en el altar de los Reyes diecisiete mil pesos del expolio del señor Aguiar y Seijas desde 1708 y nada sabía del caso. Ante su orden de informarle qué se había hecho, el Cabildo acordó el 22 de agosto de 1710: «que se dé noticia a S. M. en la primera ocasión de estar concluida esta obra." Mi primera impresión al leer este párrafo fue de asombro: se había construido un altar en seis meses y existió uno anterior al actual. Revisando las actas subsecuentes le di el correcto sentido: "que en la primera ocasión de estar concluida esta obra, se dé noticia a S. M."

Efectivamente, los comisionados estudiaron los proyectos, cuyos costos eran muy superiores a lo que se había pensado y a la suma de que se disponía. Ignoro por qué no se siguió el aviso del arzobispo: un retablo de pintura con marcos lujosos sí podría haber sido elaborado. Hubo, sin duda, alguien que comprendió que la capilla regia merecía algo más, algo que indicase su preeminencia y su importancia. Pero esta segunda iniciativa retrasó por el momento la obra: en el Cabildo del 10 de septiembre de 1710 determinan que se haga informe a Su Majestad que no bastan los diecisiete mil pesos para el altar de los Reyes y que, por ahora, se suspende la dicha fábrica. Era necesario volver a empezar.

Ocho años más tarde, en 1718, se daba principio a la obra, con todo el lujo y magnificencia que los canónigos habían deseado. Su autor fue el sevillano, famoso en su tierra pero que había de dejar sus creaciones más portentosas en la colonia predilecta de España, Jerónimo de Balbás. Parece que su creación se debe 'a la iniciativa del marqués de Valero, a juzgar por los documentos de la Catedral. En efecto, en el acta de cabildo del 9 de agosto de 1718 encontramos lo que sigue: "luego se leió el informe que sobre la fábrica del corateral de los señores Reyes y su explicación de Gerónimo Balbás y la cantidad que pide y tiempos a que se ha dar. Y hauiéndola oído y conferídose la materia, se determinó que se le escriua a su Exa. dándole deuidas gracias de que en su tiempo logre esta Santa Iglesia el tener el altar de los Sres. Reyes." Naturalmente, se ponían a disposición del virrey los diecisiete mil pesos que existían. En cabildo de 12 de agosto siguiente se da cuenta de que se ha visto al virrey, quien dio las gracias. El 28 de septiembre expidió un mandamiento para que se entregaran a Balbás ocho mil pesos para empezar la obra del altar, lo cual hicieron el mismo día, y en 10 de mayo de 1720 en otro despacho ordenó se le diesen cinco mil pesos más.  Tardó en esculpir este retablo más de diez años, según aseguran los cronistas, mas tal afirmación parece falsa, ya que en el cabildo de 15 de enero de 1721 leemos: "El Deán dijo haber estado con su Excelencia quien le había tratado sobre la fábrica del altar de los Santos Reyes... Se leyeron las cédulas donde constaba que este cabildo auía dado dies y siete mil y más pesos para dicha obra y las gracias y aprovación que su Magestad enbió."  Su dorado fue obra del pintor Francisco Martinez, que acaso alcance más fama por él que por sus obras pictóricas, y se presentaron a concurso para el mismo trabajo el famoso José de Ibarra y un dorador llamado don Nicolás Nadal. El estreno tuvo lugar el 23 de septiembre de 1737. Así quedó concluida esta creación maravillosa.

Si alguna vez en los anales de la historia del arte del mundo pudo hablarse de una obra magnífica en que el poder inmensurable de Dios podía ser interpretado por la imaginación creadora del hombre, es en este sitio donde puede aceptarse tal idea. Es una capilla para los reyes de la tierra, pero las facultades sobrehumanas, la fantasía prodigiosa ha creado una capilla que, espiritualmente sólo es para Dios. Las formas y los recursos de la técnica, de la arquitectura, y carpintería, del arte pictórico y del dorado, se doblegan humildemente para levantar un himno a la grandeza creadora del Todopoderoso.

Los altares laterales que cubren los muros de la capilla son muy posteriores, pues fueron hechos de 1774 a 1775. Su arte, también churrigueresco, sabe morirse para no impedir el revuelo del gran retablo del fondo.

Difícil es sujetar a una descripción literaria esta poderosa creación de la fantasía humana, que más que a nuestra inteligencia se dirige a nuestra imaginación con ese poder no medido aún, ni bien apreciado, del arte barroco que supo crear obras que se encuentran en el límite de lo racional para creer que muchas veces son manifestaciones del propio espíritu.

El retablo cubre totalmente el ábside, pero deja en su fondo lugar suficiente para poder subir a las partes elevadas y asearlo cuando es necesario. El espacio de la capilla se halla limitado por dos grandes pilastrones que sirven de antas a dos enormes estípites que sostienen la comisa volada, la que se prolonga a manera de imposta por todo el perímetro del retablo, corno una razón de la sinrazón. Los estípites magníficos, decorados en todo sitio que podía permitir decoración, con estatuas policromadas, con ángeles, con cartouches, con guirnaldas, con molduras que se retuercen en el más sublime de los martirios, parecen ser el prototipo que había de crear toda una arquitectura de retablos y de portadas: el arte que llamamos churrigueresco mexicano. Otros dos estípites semejantes se encuentran flanqueando el fondo de la estructura y sobre tal imposta imaginaria, una bóveda de tres paños, de esas que llaman esquifadas, pero toda hecha de madera tallada, cubierta con dora- dos y medallones en relieve. Así, este retablo es una especie de nicho gigantesco y maravilloso donde se anida el espíritu de un nuevo pueblo que expresaba en una creación de arte insuperable su nueva modalidad, su nueva razón de ser, •en un arte suyo que, aunque importado de la madre patria, había de desarrollarse en forma única en la Colonia más cercana a la Metrópoli, en la hija predilecta que supiera interpretar el verdadero sentir de la madre, pero que, corno expresión de la mayor .generosidad posible, le permitiese desarrollar su propia manera de ser en una forma completamente personal, como que salió del substrato más entrañable de su alma: el churrigueresco mexicano.

El fondo del retablo se halla decorado con pinturas del artista más distinguido de la época: Juan Rodríguez Juárez. Representan, el que se encuentra en la parte alta “La Asunción de la Virgen María”, patrona del gran templo catedralicio, y el inferior, sobre el tabernáculo, “La Adoración de los Reyes Magos”, advocación principal de esta capilla.

Son telas muy estimables en que el pintor parece haber dado de sí su máximo de posibilidad; pero, a nuestro modo de ver, revelan una debilidad en un retablo corno éste e indican que el autor se veía obligado, como en tantas otras ocasiones semejantes, a someterse a los mandatos de una autoridad omnipotente y mediocre: porque esos grandes paños lisos en que el reflejo o la opacidad interrumpen la fantasía de los dorados, constituyen puntos muertos en el retablo. Es tanto así, que en obras posteriores, en que el mismo estilo alcanza su expresión más audaz, corno son los retablos de la iglesia de Santa Prisca en Tasco, o los del seminario de San Martín en Tepotzotlán, la pintura se reduce a su más modesta expresión, simplemente corno decorativa o como didáctica, mas sin pretender nunca alcanzar la audacia de la talla dorada y evanescente que constituye el prodigio escultórico de la obra.

Los retablos laterales, corno ya hemos dicho, son obra posterior, pero se encuentran decorados con pinturas del mismo artista que firma las del gran retablo: Juan Rodríguez Juárez. Y aquí sí ocupan el lugar que deben, primordial, y las tallas les sirven de realce, por- que estos mismos retablos, menos audaces, más discretos, sirven para ensalzar el gran retablo del fondo.

Corno en las viejas catedrales españolas, se construye bajo el piso de esta capilla una cripta para panteón regio. Ningún virrey de la Nueva España fue enterrado en ella. Sólo el señor arzobispo don Juan de Mañozca, que murió el 12 de diciembre de 1650, fue sepultado en dicha cripta. Después de la Independencia, el Presidente de la República, general don Miguel Barragán, que falleció el 19 de marzo de 1836, fue solemnemente enterrado en ella. Es natural: la cripta de los reyes en la época colonial, correspondía a los presidentes de la República independiente.

Tal es esta creación máxima de arte que corona el templo mayor de México. Aunque su estilo disuena y aun se opone al primitivo que se había seguido en la construcción del monumento, su colocación dentro de un nicho, perfectamente limitado por los dos grandes pilastrones de piedra que se encuentran a los lados del gran arco que limita la capilla, permite que lo gocemos como algo distinto pero sumiso, corno la expresión de una modalidad nueva del arte muy mexicano que se incrusta en el gran templo que era la expresión más española del arte que se levantaba en la nueva Colonia.

1 Toussaint, La Catedral de México, Porrúa, México, 1973, págs. 125-127.
2 A.C.M., Cabildos L. XV. T. 2, fol. 167 vto. Parece leerse que el autor de la montea fue “Alejandro Anzarena”. Sin embargo, no lo aseguramos.
3 Cabildo del día citado.
4 A.C.M., No. 32. Fol. 75. Cavo. L. 19. Tomo III. Reales cédulas, siglo XVIII.