2.12.1 Capilla del Santo Cristo o de las Reliquias1

Toussaint, La Catedral de México, Porrúa, México, 1973, págs. 135-136.

Es la primera capilla después de la sacristía en la nave del lado de la Epístola; Su bóveda estaba cerrada ya en 1615. Su primer nombre se debe a un gran crucifijo de madera tallada que, según se dice, regaló el emperador Carlos V a la iglesia de México, junto con otros cuatro a otros templos. Este Cristo ha recibido tradicionalmente el nombre de Cristo de los Conquistadores.

La capilla se destinó para conservar el gran número de reliquias que poseía y posee la Catedral. En el retablo principal se organizaron nichos con pequeñas puertas en que se encontraban, en relicarios magníficos, restos de santos y santas que habían sido obtenidos para el templo metropolitano de México. Por eso se llama también Capilla de las Reliquias. Los pequeños cuadros que cubren cada una de las puertas de los nichos están firmados en 1698 por Juan de Herrera, a quien equivocadamente llaman Couto y todos los autores que le han seguido "El Divino". Esta designación se aplicó a Alonso López de Herrera, que floreció a principios del siglo XVII y la tuvo bien merecida; Juan de Herrera florece a fines de la misma centuria y su trabajo es acreedor únicamente al dictado de "estimable."

La lista de las reliquias conservadas en esta capilla es muy copiosa. Las más importantes son: un gran trozo del Lignum Crucis que es parte del que el Papa había donado a fray Diego Salamanca para el convento de San Agustín en 1573 y que él generosamente compartió con la Catedral; "los cuerpos de San Primitivo, Santa Hilaria, otro regalado por el señor Posada en una urna, cubierto con cera y vestido lujosamente. Gran parte de los cuerpos de San Anastasio, San Gelasio y San Vito; dos cráneos de las once mil vírgenes."2 Aparte de lo anterior, numerosas reliquias de santos.

Muchas de estas preseas se encontraban en relicarios que constituían verdaderas alhajas de orfebrería, los cuales en tiempo de la desamortización fueron retirados de la capilla para ser vendidos, en tanto que las reliquias se conservaron en forma más modesta.

Verdaderas reliquias para México, aunque de personas no canonizadas, que se conservan en dicha capilla, son los restos de los venerables varones Gregorio López y Juan González. El primero, bien conocido en los anales de nuestra historia, pero cuyo enigma no ha podido ser aún aclarado, aparece como uno de los personajes más importantes de nuestro siglo XVI. Se supone que estaba emparentado con Felipe II, cosa presumible dado el respeto y consideraciones de que siempre gozó en la Nueva España. Procuró siempre hacer vida eremítica; en un principio, en el hospital que había fundado Bernardino Álvarez, en Oaxtepec. Allí no hizo únicamente vida contemplativa, sino que desarrolló todas sus facultades científicas y escribió un tratado de medicina, estudiando las virtudes curativas de las plantas en aquel maravilloso vergel. Más tarde se trasladó al hospital que había fundado en Santa Fe, el no menos ilustre varón don Vasco de Quiroga. Allí pasó el resto de sus días y se le iban a consultar, por encumbrados personajes del virreinato, los más difíciles problemas del gobierno de la Colonia, Su fiel amigo y biógrafo, el bachiller Francisco Losa, trajo sus restos al convento de Santa Teresa la antigua, de donde había sido nombrado capellán en 1616. El arzobispo don Juan Pérez de la Serna los trasladó a la Catedral vieja y en tiempo del señor Manso y Zúñiga fueron enterrados en esta capilla. El doctor Juan González fue capellán del primer obispo y arzobispo, señor Zumárraga; más tarde tuvo la plaza de racionero en la Catedral. Pero sentía un incontenible afán por la vida contemplativa y solitaria, a que se añadía una inclinación especial hacia los indios, por lo cual se retiró a la ermita de la Visitación que más tarde fue convento de dominicanos, llamado Nuestra Señora de la Piedad, de donde asistía al coro catedralicio haciendo el recorrido a pie diariamente. Más tarde renunció a su cargo y se retiró por completo a su vida de ermitaño. Para hacerla todavía más intensa, se trasladó al pequeño pueblo de Santa Isabel Tola, cerca del santuario de Guadalupe. Murió en México el 5 de enero de 1590, cuando cumplía noventa años de edad. Su cadáver fue sepultado en la catedral vieja y más tarde sus restos trasladados a esta capilla.3

Conserva la capilla que estudiamos más obras de arte dignas de ser mencionadas: un gran cuadro de medio punto con una pintura que representa "La Crucifixión" y se encuentra firmado por Joseph Villegas, pintor muy estimable del siglo XVII. Una imagen de la Guadalupana firmada por José de Ibarra en 1737, en cuyo reverso aparece Juan Diego en el momento de desenvolver la tilma. El cuadro era propiedad de los señores Torres y ostentaba su marco de plata. Joya de esta capilla es un pequeño relieve en marfil que representa una "Sagrada Familia" y se halla incrustado en un pequeño nicho cubierto por un cristal. Existen algunas otras pinturas de menor importancia artística pero dignas de ser estimadas como joyas que contribuyen a la riqueza del gran templo.

1 Toussaint, La Catedral de México, Porrúa, México, 1973, págs. 135-136.
2 Calendario de Galván para 1874, pág. 57.
3 Marroqui, III, pág. 413.