Ilmo. Sr. D. Fray Alonso de Montúfar, O.P.1

(1551 -1572)
II
La Iglesia mexicana había entrado á un periodo en que no era ya la predicación ó el catequismo la tarea única de su jefe y de sus sacerdotes, como no era tampoco la espada del conquistador sino el tacto del gobernante lo que el Estado había menester. Fundada como hemos visto, necesitaba una organización regular: era preciso señalar las atribuciones de cada uno, establecer un orden adecuado á las necesidades de aquellos tiempos, y asegurar sobre bases sólidas el edificio levantado á costa, de tan grandes esfuerzos y fatigas.

Para llevar á feliz término una obra de tal magnitud, se requería un hombre que uniendo á la bondad la energía y la fuerza de voluntad, no solo continuase por la misma senda que el prelado anterior había seguido, para completar, digámoslo así, lo que aquel, por multitud de circunstancias, no había podido terminar.

Esta fue la misión impuesta al SR. D. FR. ALONSO DE MONTÚFAR y á la cual supo corresponder dignamente, como va á ver el lector en estos apuntamientos á que no podemos dar el nombre de biografía, por las razones que expondremos en seguida.

Si tratándose del Sr. Zumárraga, se encuentran á cada paso noticias de sus trabajos apostólicos, en las crónicas de los tiempos en que floreció, y con ellas hemos podido presentarlo en esta galería con su carácter propio y sin dejar de consignar las principales acciones de su vida, no sucede lo mismo con el SR. D. FR. ALONSO DE MONTÚFAR sucesor suyo, de quien solo hallamos ligeras referencias que no bastan en verdad para indicar el camino que debe seguirse en la investigación que hay que hacer para trazar su biografía.

Dos causas principales existen á que, tal vez sin equivocarse, puede atribuirse el mal que lamentamos. Es la primera la falta de método en nuestros antiguos cronistas, quienes casi siempre por referir circunstanciadamente sucesos de grande interés para sus Órdenes y para aquellos tiempos, se conformaban con hacer ligeras indicaciones acerca de otros puntos que son los que más interesarían en nuestra época.

En segundo lugar, no existe una verdadera historia eclesiástica general. Cada Orden religiosa tenía su cronista, y éste se limitaba á referir los sucesos ligados á su religión sin cuidarse de lo demás; de tal suerte que grandes dificultades tendría que vencer el escritor que quisiera ligar unos sucesos con otros para enlazar los períodos y formar la historia de que carecemos.

Además, hay todavía otra razón para demostrar que existe un vacío difícil de llenar en la vida del Illmo. SR. D. FR. ALONSO DE MONTÚFAR, y es que, habiendo gobernado su Iglesia sin contradicción por parte de la autoridad civil, no existen en la historia política los datos con que podrían suplirse los que la eclesiástica se abstuvo de consignar.

Sin embargo, si bajo el punto de vista de los episodios ruidosos no interesará nuestra narración, en cambio tendrá motivo el lector para reconocer en el SR. D. FR. ALONSO DE MONTÚFAR al hábil organizador y al virtuoso prelado á quien se deben leyes sabias y humanitarias, que al establecer la norma de conducta así de religiosos como de seglares, destruyeron sinnúmero de abusos, moralizaron la sociedad, é impartieron eficaz protección á la raza indígena. Feliz continuador del Illmo. Sr. Zumárraga en la tarea de velar por los indios y de nulificar los perversos designios de los encomenderos, el segundo arzobispo de México tiene sobrados títulos á la gratitud nacional.

El Illmo. SR. D. FR. ALONSO DE MONTÚFAR, nació en la ciudad de Loja, en el arzobispado de Granada. Recibió el hábito en el convento de Santa Cruz de la misma ciudad, siendo aún muy joven, pues al mismo tiempo que cumplió el año de noviciado, cumplió también la edad requerida para profesar. Leyó artes y teología alcanzando fama de eminente letrado y maestro. Por su saber y por su prudencia, mereció ser electo prior de su Orden, y reelecto un año después. Consultábanle en las cuestiones más arduas, personas de calidad, abogados, y litigantes, que en gran concepto le tenían, y era el confesor de la nobleza granadina. A esto último se debió su presentación al arzobispado de México.

Los marqueses de Mondéjar eran del número de las personas que se confesaban con el SR. D. FR. ALONSO DE MONTÚFAR, y por ellos supo el emperador Carlos V lo que aquel virtuoso y sabio dominico merecía. Vacante estaba la sede mexicana por la muerte del Sr. Zumárraga que, como liemos visto, no llegó á gobernar más que como obispo, y era preciso presentar á su sucesor, ó más bien al que debía ser el primer arzobispo de la metropolitana. Aceptó el arzobispado el SR. D. FR. ALONSO DE MONTÚFAR deseoso de favorecer á los indios y llevar adelante su enseñanza en la doctrina del Evangelio.

"Cuando llegó á México, dice el historiador acabado de citar, comenzó á mostrarse de veras padre. Corregía con piedad, castigaba con amor, era muy limosnero y cuidadoso en remediar las necesidades espirituales y corporales de su rebaño, visitaba personalmente todo su arzobispado, exhortando á los ministros al cuidado y fervor en su oficio; procuraba, mediantes sus intérpretes enterarse de los-aprovechamientos de los indios en la noticia de los principales misterios de nuestra fe, sin cuyo conocimiento especificado sabia el buen teólogo que era imposible salvarse. Al cura que hallaba descuidado en esto, reprendía y significaba la gravedad de su culpa, y al diligente premiaba. Amaba con ternura á los indios, y muchas veces los bautizaba él por su propia mano, con ejemplar humildad."

No solo no tuvo disputas ni cuestiones con los franciscanos, sino que mostró gran afición á ellos, haciéndoles donaciones de cuantía, y guardando las constituciones de la Orden. Tres años de orfandad había sobrellevado la Iglesia mexicana, y en ellos las costumbres habían sufrido mucho, introduciéndose abusos que debían extirparse con prudencia pero no sin energía, como se deduce de los capítulos que forman el primer concilio provincial celebrado aquí, convocado y presidido por el nuevo arzobispo.

El SR. D. FR. ALONSO DE MONTÚFAR llegó en momentos propicios para poder libre y desembarazadamente impulsar su Iglesia é impedir que se arraigasen en nuestro suelo ciertos vicios que comenzaban á cundir aun en el mismo clero. No faltaban sacerdotes que directa ó indirectamente ejerciesen el comercio y aun la usura. Algunos comenzaban á entregarse al abominable vicio del juego, y de España venían otros que, á título de parentesco mas ó menos cercano, traían mujeres en su compañía. También habían comenzado á tenerse para con los naturales, ciertas exigencias que no podían satisfacer sin grave daño en sus intereses, bien mezquinos por cierto, olvidando así la solicitud con que en días no lejanos había aliviado su suerte el Sr. Zumárraga y los misioneros que trajeron el cristianismo á estas regiones.

Decimos que el SR. D. FR. ALONSO DE MONTÚFAR llegó en momentos propicios para moralizar la administración religiosa, porque al pisar él nuestras playas, ocupaba el virreinato D. Luis de Velasco, benemérito gobernante cuya memoria será bendecida siempre por los mexicanos. El virrey, padre de los indios como justamente se le ha llamado por todos los historiadores, probo, integérrimo, no solo no había de entorpecer los trabajos del arzobispo, sino que había de prestarle eficaz y poderosísimo concurso, para hacer efectivas sus disposiciones.

Celoso como .el primero de la propagación del cristianismo, humanitario y benéfico, el virrey Velasco dio el golpe de gracia á los encomenderos, haciendo cumplir desde que se encargó del gobierno, las leyes del soberano en favor de los indios, porque para él más importaba la libertad de estos que las minas de todo el mundo, y porque las rentas que de ellos percibía la corona no eran de tal naturaleza que por ellas se hubieran de atropellar las leyes divinas y humanas; razones en que se fundó para ahorrar, como entonces se decía, tantos esclavos, que en solo ese año (1551) se vieron libres CIENTO CINCUENTA MIL, sin contar entre ellos á una multitud de niños que seguían la suerte de sus padres.

Quien tan inmensos beneficios hacia á la raza conquistada, mal podía ser un obstáculo para la empresa que el Illmo. SR. D. FR. ALONSO DE MONTÚFAR deseaba acometer, de refrenar las costumbres y de mejorar cada día la condición de los naturales. Así lo comprendió el arzobispo y animado de este convencimiento se propuso convocar un concilio provincial para tratar en él todo aquello que mas interesase al buen orden de la Iglesia y á la moralidad de sus fieles.

Las Juntas apostólicas celebradas, en 1524 por Fr. Martin Valencia y en 1540 por el Illmo. Sr. Zumárraga, si bien es cierto que contribuyeron á la propagación del cristianismo y al arreglo conveniente de las misiones é iglesias, no puede llamárseles concilios, como erradamente han pretendido algunos escritores ó cronistas del siglo XVI, tanto porque á la primera no concurrió un solo obispo, cuanto porque la segunda fue reunida con el objeto casi exclusivo de tratar lo que á la libertad de los indios se refería, y en aquella época el Sr. Zumárraga no tenia obispos sufragáneos.

Así, el primer concilio celebrado en debida forma en México fue convocado y presidido por el Rmo. SR. D. FR. ALONSO DE MONTÚFAR en 1555, y fue impreso el 10 de Febrero de 1556 por el primer impresor de esta ciudad, Juan Pablo Lombardo.

En el prólogo de dicho concilio se contiene no solo el objeto para que fue convocado, sino también la relación de los obispos y demás sacerdotes que á él asistieron; por lo que juzgamos conveniente darlo á conocer, mucho más cuando su extensión no es tanta que pueda cansar al lector. Dice así: " SR. D. FR. ALONSO DE MONTÚFAR, Maestro en Santa Teleología, por la Divina Miseración, y de la Santa Iglesia de Roma, Arzobispo de la insigne, y muy leal Ciudad de Tenuxtitlan, México de esta Nueva España de las Indias del Mar Océano, y de el Consejo de S. Ma-. &c. A los Reverendísimos Señores D. Vasco de Quiroga, Obispo de Mechuacán y D Fr. Martin de Hoja Castro, Obispo de Tlaxcala, y D. Fr. Thomas Casillas, Obispo de Chiápa: Y á los demás Señores Obispos ausentes, nuestros Sufragáneos, y á los Reverendos, y Venerables, y Hermanos el Deán, y Cabildo de esta nuestra Santa Iglesia de México: Y á los demás Deanes, y Cabildos, Curas, y Rectores Parroquiales, y á todos los Católicos Christianos, y Fieles de este nuestro Arzobispado, y Provincia, salud corporal, y espiritual en Jesucristo nuestro Redentor. Como sea tan natural al hombre vivir según, y conforme á la razón, que con esto se diferencia de los brutos animales, y con esto sea figurada á la Imagen de nuestro Señor, y por esto sea capaz de la Bienaventuranza, y criado para ella, como á fin sobrenatural: Así fue necesario, el hombre ser ayudado de Dios, para alcanzar, y merecer con favores sobrenaturales, y assí en el estado de la inocencia, proveyó Dios nuestro Señor al hombre de la justicia original, gracia, y virtudes en que  fue criado, y ofreciéndose ocasión, y la persuasión de la mujer, quebrantó el Divino Precepto, y cayó de tan alto estado, y quedó privado de lo gratuito, en que Dios lo había criado, y también quedó lisiado en lo natural, como dice el Psalmista: Homo, c'um in honore esset, non intellexit: comparatu.s estjumenHs irmpientilm, & similis facius est illis; y como dice San Pablo, quedó en continua pelea de la sensualidad contra la razón, y así tuvo mayor necesidad que antes, para  facilitar al bien, y refrenar sus malas inclinaciones de el socorro de las Virtudes Theologales, y Morales, para alcanzar, y merecer Ja vida eterna y de las Leyes divinas, y humanas; y assí Dios nuestro Señor le dio por revelación la Divina Escritura, por los Patriarcas, y Prophetas, y por boca de su Unigénito Hijo, nuestro Redentor, y después por revelación del Espíritu Santo, y Predicación de los Santos Apóstoles, á cuya imitación la Santa Madre Iglesia regida por el mismo Espíritu Santo ha celebrado muchos, y diversos Generales Concilios, y Estatutos, y Sagrados Cánones, para bien, y salvación de las Animas de los Fieles, y buena reformación de sus costumbres: Y Nos deseando imitar á nuestros Predecesores, y en cumplimiento de lo que por los Sacados Cánones nos es mandado, en estas Partes Occidentales tantos siglos pasados sin conocimiento del Santo Evangelio, y agora llamados en la última edad al conocimiento de nuestra Santa Fé Catholica tan innumerable gente bárbara, y idólatra: Puestos ya debajo de la obediencia de la Iglesia Cathólica, con la diligencia, y gastos, y gente, y celo christiamssimo de el Emperador, y Rey de España nuestro Señor en esta dicha Ciudad de México, Metropolitana en esta Nueva España, y Mundo nuevo, celebramos este primer Concilio Provincial en este presente año con los dichos Reverendísimos Señores Obispos de Mechuacán, Tlaxcála, Chiápa, D. Juan de Zárate, Obispo de Guaxáca, el qual murió estando en el dicho Concilio, y en presencia de los muy magníficos Señores Presidente y Oydores, y Fiscal, y Alguacil Mayor de S. Mag. y de los muy Reverendos Dean, y Cabildo de nuestra Santa Iglesia, y de los Deanes de las Iglesias de Tlaxcála, y Xalísco, con Poder de las dichas Iglesias, y el Dean de Yucatan, y Diego de Carvajal, Clérigo Presbítero con Poder de el Rmo. Sr. Obispo de Guathimála, y los Priores, y Guardianes de los Monasterios, y los magníficos Justicia, y Regidores, y Cabildo de esta Ciudad de México, y de otros muchos Cavalleros, y Vecinos, así del Pueblo como Clero, para bien general de este nuestro Arzobispado, y Provincia, invocada la gracia de el Espíritu Santo, hecimos, y ordenamos publicar, y fueron publicadas en nuestra Iglesia Mayor las Constituciones siguientes."

Noventa y tres son los capítulos que contienen esas constituciones, y en ellos se abrazan muchos puntos concernientes no solo á la disciplina eclesiástica, sino también otros relativos á la potestad civil. Aun sin detenerse á estudiar profundamente la intención que dictó cada uno de esos capítulos, aun sin fijarse en las prudentísimas reglas de conducta que encierran, considerándoos en general como el primer código ó constitución de la Iglesia mexicana, basta su simple lectura para descubrir las dotes que poseían el Illmo. SR. D. FR. ALONSO DE MONTÚFAR y sus compañeros, y sobre todo el celo infatigable con que los sacerdotes de aquella época procuraban el bien de los indios.

No intentaremos analizar aquí uno á uno los capítulos del primer concilio mexicano para hacer resplandecer su admirable doctrina, porque no es á nosotros, sino al que escriba la historia eclesiástica, á quien compete esa tarea. Citaremos solo aquellos que por su importancia social deben ser conocidos aun de las personas ajenas á las cuestiones religiosas. Prohibióse que los confesores se apropiasen las mandas de los penitentes para misas y obras de beneficencia, con el pretexto de aplicar personalmente las primeras y de hacer ejecutar las segundas.

Para evitar el menosprecio con que se iban mirando ya las excomuniones ó censuras eclesiásticas, á causa de imponerse sobre cosas livianas ó de poca cantidad, se mandó que ningún juez las diese sino en casos verdaderamente dignos de tales censuras. Habíase notado que los albaceas no cumplían oportunamente con los encargos testamentarios, bien por negligencia ó bien por defraudar á los legítimos herederos, y el concilio fijó el término de un año para el cumplimiento de aquellas últimas disposiciones, bajo pena de excomunión y multa.

Prohibiéronse los pactos sobre los derechos que se cobraban por sepultura y demás oficios de la Iglesia, mandando que no se vendiesen sino que se diese la limosna conforme á la costumbre, y también se prohibió enterrar en las paredes de los templos, levantar monumentos lujosos que gravaban los intereses de los deudos, y hacer funerales pomposos. Bajo severas penas quedó prohibido á los clérigos el juego á tablas, dados y naipes, así como el permitirlos en sus casas, y tampoco que fuesen arrendadores, ni fiadores.

Que á toda costa se quería procurar la moralidad más severa en la vida de los ministros del altar, que para la imposición de penas y castigos no se veía posición ni fortuna, se descubre leyendo un extenso capítulo que honra sobremanera á los virtuosos prelados que formaron las constituciones á que nos estamos refiriendo.

Algunos clérigos, como hemos indicado ya, se habían convertido en mercaderes unos y en usureros otros, movidos de la insaciable codicia que caracterizaba á los pobladores europeos, habiendo en esto grandes corrupción y abuso, por lo que el concilio decretó que ni directa ni indirectamente pudiesen comerciar ni dar dinero á usura, imponiéndoles multas considerables y hasta la pena, en caso de reincidir, de destierro perpetuo del arzobispado para España.

Continuando el rápido examen de los capítulos, encontramos varios, dirigidos á evitar que sobre los indios pesasen por parte de la Iglesia nuevos tributos á mas de los que los encomenderos les exigían; que fuesen visitadas las cárceles para interponerse en favor de los que estuviesen sufriendo penas mayores que aquellas de que se habían hecho dignos; que se procurase establecer el mayor número de hospitales posibles para los indios, y junto á las iglesias de los pueblos con el fin de que fuesen bien atendidos; que no se estorbase á los naturales contraer matrimonio según su voluntad, y que se procurase por cuantos medios fuesen lícitos juntar á los indios en pueblos y hacerlos vivir socialmente.

A los obispos y prelados se les ordenó que tuviesen gran cuidado y solicitud en visitar personalmente, una vez en el año, sus diócesis, para mejor proveer á las necesidades de los pueblos, y en cuanto á la imposición de penas á los indios, complace recordar el espíritu de rectitud y justicia que animaba á aquellos varones apostólicos reunidos por el Illmo. SR. D. FR. ALONSO DE MONTÚFAR. “Y porque en muchas partes ele estas nuestras constituciones, dice el penúltimo capítulo, se podría dudar si las penas así pecuniarias como de excomunión, en ellas señaladas, se extenderán á los indios así como á los españoles, someto aprobante Concilio declaramos que las dichas penas por Nos impuestas en estas Constituciones, no se entienden por los indios, si no es en donde en ellas señaladamente se les impone alguna pena, porque mirando su miseria y teniendo consideración que son nuevos en la Fe, y que como tiernos y flacos con benignidad han de ser tolerados, y corregidos, queremos obligarlos á otras penas más de aquellas que el Derecho Canónico por ser cristianos los obliga.” Además de lo que llevamos dicho, para dar sumaria idea de lo que se contiene en las primeras Constituciones de la Iglesia mexicana formadas bajo la dirección del Illmo. SR. D. FR. ALONSO DE MONTÚFAR, podemos agregar que en el arancel ú ordenanzas para el cobro de los derechos en el arzobispado, se ve patente el deseo de gravar á los fieles, y mucho menos á los indígenas. No corresponde á nosotros hacer el análisis del primer Concilio provincial celebrado en México, por los motivos ya expuestos; pero cuando se lleve á cabo un estudio detenido de él, se admirará en medio de los adelantos obtenidos en los siglos que han pasado, la ilustración, la prudencia y la virtud que presidieron aquellos trabajos.

El Illmo. SR. D. FR. ALONSO DE MONTÚFAR en quien, como dice un escritor antiguo, animáronse las heroicas virtudes de su inmortal antecesor, después de celebrado el Concilio puso todo su afán en que las Constituciones que acababan de expedirse fuesen cumplidas fielmente, y se dedicó también á fomentar por todos los medios que estaban á su alcance, así las fábricas materiales que en aquellos años se habían emprendido, como la instrucción de los indígenas.

Carlos V había fundado por cédula de 21 de Septiembre de 1551, la Universidad de México, asignándole para sus rentas mil pesos de oro de minas, anuales, y dándole las constituciones, fueros y privilegios de la de Salamanca, célebre en aquellos tiempos. Dos años después, el 25 de Enero, se hizo la apertura del nuevo plantel con toda la pompa que requería aquel acto de aquella naturaleza, en cuya solemnidad tomó parte el Illmo. Arzobispo; quien, más que ninguno otro, procuraba el adelantamiento de estas regiones.

Un escritor de aquella época4 hablando de la Universidad, dice: "SR. D. FR. ALONSO DE MONTÚFAR, Arzobispo de México é insigne maestro en sagrada Teología, se cuenta el primero en el número de sus doctores; siendo tan aficionado á las letras y á los literatos, que nada procura con tanto empeño como excogitar medios para que sean siempre mayores los adelantos de la literatura."

Encontrando en el virrey Velasco un colaborador eficacísimo tratándose del adelanto y de la ilustración del país, el cristianismo hizo grandes progresos durante el gobierno pastoral del SR. D. FR. ALONSO DE MONTÚFAR, á quien Fr. Pedro de Gante servía de tan poderoso auxiliar, que á él y no á sí mismo atribuía el arzobispo cuanto en su nombre se hacía, diciendo: Yo no soy arzobispo de México sino Fr. Pedro de Gante lego de San Francisco.

Basta el solo hecho de haber tenido el SR. D. FR. ALONSO DE MONTÚFAR, al P. Gante á su lado, para asegurar que su administración fue fecunda en bienes para nuestra patria. Difícil, ya que no imposible, habría sido encontrar persona más apta, religioso de más esclarecido mérito que aquel modesto franciscano, para llevar á cabo cuanto pudiese redundar en provecho de los indígenas y de la sociedad entera.

Entre los documentos que existen para atestiguar el celo pastoral que desplegó el SR. D. FR. ALONSO DE MONTÚFAR y que revelan lo que en otro lugar dijimos ya, y es que reunía las dotes y conocimientos que se necesitaban para organizar en toda forma la recién fundada Iglesia mexicana, merece citarse la carta pastoral que comienza: Qiium vehmmter exaptemus, y en la que estableció el orden que debía observarse en el coro de su catedral.

Al leer esa pastoral que contiene cuarenta y dos prevenciones, anotadas profusamente, se descubre desde luego vasta erudición en el prelado y no poco empeño en revestir de majestad y grandeza las funciones del sacerdote. Si en vez de noticias ligeras esparcidas aquí y allí, existieran fuentes históricas, una siquiera, en que metódicamente se hubiesen expuesto los principales sucesos ligados al archiepiscopado de México en los dos primeros siglos del gobierno colonial, no hay duda que podríamos presentar al SR. D. FR. ALONSO DE MONTÚFAR, no solo como el feliz continuador de los trabajos apostólicos del Sr. Zumárraga, sino también como un literato distinguido que procuraba el adelantamiento intelectual en estas regiones. Desgraciadamente son brevísimas las referencias que de él se hallan en cuantas obras hemos podido consultar, y aunque indican con claridad las virtudes de que se hallaba adornado aquel arzobispo, no satisfacen el deseo que tenemos de ofrecer en esta galería un cuadro completo de aquella época por mil títulos digna de estudio.

Que el SR. D. FR. ALONSO DE MONTÚFAR comprendió toda la gravedad é importancia de su misión en un país que se estaba empezando á formar, es fácil graduarlo al ver que no se conformó con las reglas establecidas, provisionalmente puede decirse, sino que emprendió la difícil tarea de organizar su Iglesia, formando las Constituciones de que hemos hablado, y revistiéndolas de toda la autoridad necesaria, haciendo que ellas dimanasen de un Concilio; que conoció las necesidades de su diócesis y los elementos de la misma, estudiándolos con ahínco, se descubre al saber que envió á la Corte una Descripción del arzobispado de México f y, por último, que no era un sacerdote vulgar lo prueban las opiniones contestes de cientos escritores han hablado de él.
No fue ruidosa su administración, porque afortunadamente el virrey D. Luis de Velasco en vez de promover conflictos los evitaba á toda costa, y es esta la razón porque los cronistas no tuvieron ocasión de citar con frecuencia el nombre del prelado de México; ni hubo tampoco sucesos de grande trascendencia entre las órdenes religiosas que estaban ya establecidas. Así, á la sombra de la paz más completa, de la prosperidad hija del buen gobierno de los pueblos, el Illmo. SR. D. FR. ALONSO DE MONTÚFAR iba desarrollando de una manera lenta pero segura, el plan que desde su llegada al país se trazó.
Diez años después de celebrado el primer Concilio provincial creyó necesario el Illmo. SR. D. FR. ALONSO DE MONTÚFAR convocar otro para la admisión del concilio general de Trento, y para añadir otros Cánones concernientes á la disciplina eclesiástica. Las constituciones de este Concilio solo abrazan veintiocho capítulos; algunos de ellos renovando las declaraciones hechas en el de 1555. Merecen ser citados varios.
En uno de ellos se ordenó que por ningún motivo se cobrase estipendio alguno á los naturales por la administración de los sacramentos, sino que graciosamente debía servírseles, conminando á los contraventores con una multa de cincuenta pesos, y suspensión en caso de reincidencia. En otros se eximió á los indios del pago de las diezmos y se volvió á prohibir á los sacerdotes comerciar y dar dinero á usura, y ni aun contratar. Los demás afectan puntos ligados estrechamente á los cánones, y dirigidos á la disciplina eclesiástica más severa.

La publicación de las Constituciones de este segundo Concilio fue más solemne aún que la de las anteriores, pues concurrieron á ella además del arzobispo de México, los obispos de Chiapas, Fr. Tomás Casillas, de Tlaxcala I). Fernando de Villa Gómez, de Yucatán Fr. Francisco Toral, de Nueva Galicia (Jalisco) Fr. Pedro de Ayala, y de Oaxaca Fr. Bernardo de Antequera. También asistieron el Lic. Valderrama, visitador general de la Nueva España, los oidores Ceinos, Villalobos, Puso y Villaseñor, el deán y cabildo de la catedral de México, el procurador del obispo de Michoacán, los provinciales de las Órdenes religiosas, los regidores, los vicarios del arzobispado, y los personajes más notables del reino.

Un suceso de funestas consecuencias para la colonia, tuvo lugar en la capital del virreinato antes de que terminasen las sesiones del Concilio: la muerte de D. Luis de Velasco, el padre de la patria, como con justicia se le llamaba, acaecida el día 21 de Julio de 1563; suceso que llenó de consternación á toda la sociedad, no solo porque á nadie se ocultaban las relevantes virtudes de aquel funcionario, sino porque era difícil prever que mientras venia de la corte quien le sucediese en el mando, había de perturbarse el orden de que hasta aquel día se disfrutó en la Nueva España.

No tardaron en realizarse los temores concebidos á la muerte del virrey. La ciudad de México se vio anegada en un mar de lágrimas en 1564, por la violencia de los tres oidores que gobernaban. En este año tuvo lugar el drama horrible que llevó al cadalso á los hermanos Alonso y Gil González de Ávila y hundió en lóbregas prisiones á muchos de los principales personajes de la corte virreinal, con pretexto de la supuesta conjuración del Marqués del Valle, y á tan lamentables acontecimientos sucedieron otros de no menor importancia; aumentándose las desgracias con la llegada y gobierno del visitador Muñoz, de terrible memoria, en el siguiente año.

Hemos querido recordar aquí esos sucesos, no porque estén ligados á la vida del SR. D. FR. ALONSO DE MONTÚFAR, sino porque puede presentarse como un testimonio de su prudencia y consagración absoluta á sus tareas episcopales la ninguna participación suya en los disturbios que tuvieron lugar en aquellos años. En efecto, los historiadores para nada citan al arzobispo de México al referir las turbulencias sociales, y no se ocupan de él sino para referir que cantó la misa en la solemne proclamación de Felipe II y que cooperó al establecimiento del hospital de dementes, situado primero en la esquina de San Bernardo y Porta Coeli y trasladado después (1569) al sitio en que hoy se encuentra.

La avanzada edad del SR. D. FR. ALONSO DE MONTÚFAR, así como sus enfermedades le hicieron nombrar por gobernador de su diócesis á su compañero Fr. Bartolomé de Ledesma, maestro en teología, que la rigió loablemente durante doce años, de los que duró el primero á la cabeza de la Iglesia mexicana.  A este religioso encomendó el arzobispo la redacción de una suma de los sacramentos, en que quedasen decididos los casos con clara resolución de lo que debían hacer los ministros encargados de administrar aquellos sacramentos á los indios.

Hízola en efecto el P. Ledesma y fue impresa en México en 1560 y reimpresa con adiciones, en Salamanca, en 1585. El día 7 de Marzo del año de 1572,6 y después de una enfermedad dilatada, falleció el Illmo. SR. D. FR. ALONSO DE MONTÚFAR con gran sentimiento de los mexicanos, que no recibieron de él sino singulares muestras de paternal cariño y solicitud por su bien, durante los años que gobernó su Iglesia, Conforme á su última disposición, fue sepultado el cuerpo del limo, prelado en el real convento de Santo Domingo, á cuya Orden pertenecía.

Aquí deberíamos dar por terminada esta biografía; mas como podría suceder que el lector creyese llenada cumplidamente la obligación que contrajimos de darle á conocer con todos sus detalles, la vida del segundo arzobispo de México, séanos permitido agregar algunas palabras que esperamos se tengan presentes toda vez que, como ahora, nuestra narración deje defraudadas en parte las justas exigencias de los que esta obra leyeren.

El extravío que sufrieron, con motivo de la Reforma, los archivos del arzobispado y de los conventos, hace sumamente difícil la adquisición de muchas noticias que derramarían su luz sobre los acontecimientos del primer siglo de la dominación española en México, principalmente sobre los que á la historia eclesiástica atañen. En momentos de lucha y de efervescencia como fueron los en que se nacionalizaron las propiedades del clero, se tuvo presente el mal irreparable que se causaba á las letras encomendando á agentes poco ilustrados ó á simples especuladores, la traslación de los archivos y bibliotecas de las Órdenes religiosas á los lugares que el gobierno designó; perdiéndose por consiguiente la mayor parte de las obras que más útiles hubieran sido para la formación de nuestra, historia.

Abandono de una parte, y mala fe de otra, han venido á reducir á mínima expresión el abundantísimo acopio que los religiosos habían hecho de documentos que con' nada y por nadie pueden ser repuestos. Sabido es de todo el mundo que eran los conventos el refugio ó asilo de las ciencias y las letras, y por lo mismo nada hay más lógico que presumir cuán ricos é inapreciables tesoros encerrarían sus bibliotecas. Lo que de ellas existe en la Nacional, se reduce á obras teológicas que estando en boga aquí ni en Europa, nadie creyó útil apropiárselas y por eso no desaparecieron como las que á asuntos de historia del país se referían.

Sin embargo, con lo que llevamos dicho, fundados en noticias cuya veracidad nadie puede poner en duda, creemos que es bastante para que el lector juzgue llenados los vacios que se notan en las brevísimas biografías que existen del SR. D. FR. ALONSO DE MONTÚFAR en algunos libros que son hoy, por otra parte, de tan difícil adquisición que pueden llegar sino á manos de unos cuantos bibliógrafos diligentes; pero nunca al común de las gentes interesadas en conocer la vida de los hombres que han contribuido á colocar á nuestra patria en el lugar que ocupa entre los pueblos civilizados. Gil González Dávila, Betancourt, Villaseñor, Lorenzana y alguno otro historiador, al presentar la serie de los prelados de la Iglesia mexicana, no cuidaron de especificar sus hechos, sino que se limitaron, las mas de las veces, a copiar las inscripciones puestas al pió de los retratos que se conservan en la Catedral.

Acabamos de ver cómo el artista incurrió en un error notable al señalar el año del fallecimiento del SR. D. FR. ALONSO DE MONTÚFAR, y ya tendremos ocasión de hacer rectificaciones de la misma especie al continuar nuestra serie. Pero aun suponiendo exactas aquellas noticias, ¿podría conformarse el lector con no tener otras? Es indudable que no. Por lo mismo, los apuntamientos biográficos á que nos hemos referido, solo nos han sido útiles para formar con ellos la base, por decirlo así, de la tarea que hemos emprendido.

Su continuación demandaba laboriosas investigaciones que habrían sido estériles si afortunadamente algunas personas ilustradas, como los Sres. D. José María Andrade y D. José María Agreda, se hubiesen prestado con una benevolencia que obliga nuestra gratitud, á facilitarnos varias obras raras que poseen y que de otra manera no habríamos logrado consultar. Ambos caballeros han creído que esta galería biográfica llena el objeto que nos propusimos al emprender su publicación, y han querido contribuir á ella con sus luces y con el caudal de sus escogidas bibliotecas. Ya que en la introducción no pudimos hacer ninguna de las manifestaciones anteriores, sea este el lugar en donde queden consignadas; para que conste siempre el valioso concurso que el autor ha contado al realizar esta publicación.

1 Sosa, Francisco. El Episcopado Mexicano, Editorial Innovación, México, 1978 (original de 1877), págs. 17-26.