Ilmo. Sr. D. Pedro Moya de Contreras1

(1573 -1589)
III
El derecho de patronato concedido á los reyes de España por el Papa Julio II en su bula Universali Eclesiae Regindni, expedida en Roma a 28 de Julio de 1508, que trata de el derecho de presentar personas idóneas para las iglesias del Nuevo Mundo de Indias como entonces se llamaba á estas regiones, derecho revalidado por el Papa Clemente VII á Carlos V, en bula de 9 de Setiembre de 1534, produjo los resultados más benéficos para nuestra patria, durante los dos primeros siglos de la dominación española. 

La Silla apostólica no podía a tan enorme distancia, y mucho menos no existiendo como no existían comunicaciones fáciles y prontas entre Europa y el Nuevo Mundo, proveer a las necesidades de este con aquel acierto y presteza que habría deseado el jefe de la Iglesia católica. No sucedía lo mismo estando en las facultades del soberano comprendida la presentación a que nos referimos, y es preciso reconocer que presidió siempre a ella el tino más admirable, para bien de la colonia; como lo atestiguan cumplidamente las anteriores páginas en que se encierran las biografías de los dos primeros prelados de México.

El monarca recibía frecuentes informes que le hacían conocer las necesidades del país, los progresos de la religión, y cuanto era indispensable tener presente para encomendar los destinos de él a personas apropiadas a las circunstancias por que iba atravesando nuestro suelo Así el Sr. Zumárraga fue más bien que obispo apóstol o misionero, el Sr Montúfar organizador de la nueva Iglesia, y el ilustre personaje de quien ahora vamos a ocuparnos el que perfeccionó los trabajos de su celoso antecesor; resultando del estudio de la vida de aquellos tres arzobispos, lo que acabamos de indicar, y es, que con raro acierto eligió la    corona a los prelados de nuestra Iglesia.

El Illmo. y Excmo. SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS nació en la villa de Pedroche en el obispado de Córdoba, de padres que lo fueron D. Rodrigo de Moya Moscoso y Doña Catalina de Contreras, ambos de casa solariega.

Era casi un niño, cuando sus padres le enviaron á la Corte para que entrase al servicio del Lic. Juan de Ovando que era presidente á la sazón del Consejo de indias, en calidad de paje. Ovando descubrió al punto que no era en aquel puesto en el que debía emplear sus años un joven que tan clara inteligencia manifestaba, y le encomendó su secretaría particular, quedando tan satisfecho de su cordura que, por su propia cuenta hizo entrar al joven Moya á la Universidad de Salamanca para que siguiese una carrera literaria. Las esperanzas del presidente del Consejo no quedaron defraudadas. No pasaron muchos años sin que su secretario terminase sus estudios con grande aplauso, y recibiese el grado de doctor en ambos derechos, volviendo en seguida á desempeñar sus interrumpidas funciones al lado de su mentor.

En breve tuvo que separarse de él, pues sus méritos le llamaban á más altos destinos. Vacó en aquellos días el puesto de maestre-escuelas de la Catedral de Canarias, y el SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS fue designado para cubrir aquella vacante, obteniendo más tarde la propiedad de aquel empleo. Mas no duró mucho en él, á causa de habérsele nombrado inquisidor de Murcia á donde pasó inmediatamente; permaneciendo en ella hasta el año de 1570.

El rey Felipe II le comisionó en el mismo año para que viniese á México á establecer el tribunal de la Inquisición, trayendo por compañero á D. Cristóbal Cervantes, quien murió en la navegación. Llegó á la capital en el año siguiente, y habiendo nombrado los oficiales que debían componer aquel tribunal, instalóse éste solemnemente en la iglesia de Santo Domingo, el día 11 de Noviembre, no celebrándose auto alguno sino tres años después.

Los nombramientos que hizo procuraron que recayeran en las personas más prudentes é ilustradas de la corte virreinal, prefiriendo á los criollos, siempre que reunían las cualidades dichas. Al llegar á este punto, creemos no deber omitir una noticia que no podrá menos de llamar la atención del lector.

En México fue en donde el SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS se ordenó de presbítero y cantó su primera misa en el ano de 1571. Este dato hasta hoy ignorado, viene á demostrar cuánto no serian estimadas del soberano las virtudes y ciencia del SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS, cuando le elevó á tan altas dignidades en Canarias, Murcia y México, antes de que hubiese recibido en su carrera eclesiástica las órdenes sagradas. Al año siguiente, fue nombrado por real cédula, coadjutor del arzobispado con la futura de sucesión, sin dejar de ser inquisidor hasta haber fenecido las causas comenzadas en aquel tribunal.

No pasó mucho tiempo sin que tuviese que ocupar la silla archí episcopal en sede vacante. Muerto el Sr. Montúfar en Marzo del año á que nos contraemos, en cabildo de 30 de Octubre de 1573 dióse al SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS la administración y gobierno de la Iglesia y arzobispado para que estaba electo por el papa Gregorio XIII desde el 15 de Junio; pero cuyas bulas no recibió hasta el 22 de Noviembre del repetido año. No consta el motivo, pero es un hecho que el SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS no se consagró inmediatamente, sino que lo hizo el día 8 de Diciembre en la catedral de México y por manos del Illmo. Sr. D. Antonio de Morales que á la sazón gobernaba la mitra de Puebla. Presumimos que aquella dilación fue motivada por hallarse el SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS ocupado en fenecer las causas del tribunal que presidia, y en instruir al que debía sucederle; pues según los documentos que hemos consultado, corresponde la fecha de su consagración al tiempo que se necesitó para que llegase á México la orden de que continuase ejerciendo aquel encargo al mismo tiempo que gobernase su arzobispado.

Luego que hubo tomado posesión de éste en debida regla, trató de la reforma de su audiencia, proveyendo en personas doctas y de respetabilidad por sus años las prebendas; ordenó que se le diese cuenta diaria de los negocios y causas pendientes ante los provisores; que fuesen aquellas despachadas con brevedad y justicia, y que se observasen templanza y moderación en el cobro de los derechos.

Parece que en esa época el clero había descuidado mucho el aliño en el vestir, pues según el P. Cristóbal Gutiérrez de Luna ya citado, el Illmo. SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS dictó providencias encaminadas á introducir las reformas que en este respecto eran indispensables. Celoso como ninguno de la ilustración de los sacerdotes, procuró á toda costa que hiciesen una carrera literaria, para que pudiesen después ser proveídos en obispados y arzobispados; esforzándose en que de preferencia hiciesen esos estudios y alcanzasen esos honores los hijos del país.

En cuanto á los oficios religiosos, puso fuerte empeño en revestirlos de majestad y grandeza, verificándose las solemnidades de su Iglesia como no se habían visto hasta entonces en estas regiones. Y era porque el prelado fuese amigo del lujo y de la ostentación, sino porque juzgaba que si bien él como pastor estaba obligado á enseñar con el ejemplo de su persona la modestia, tratándose del templo era menester que resplandeciesen ante los ojos del pueblo las augustas ceremonias de su nueva religión, para borrar así hasta los últimos vestigios y recuerdos de su idolatría.

Las costumbres que observaba en su casa arzobispal, eran verdaderamente edificantes. Entregado al despacho de los negocios durante la mayor parte del día, se separaba de él sino para acudir á las solicitudes de cuantos iban á demandar su protección y ayuda. Trataba á todos con exquisita bondad, y nadie ocurrió á él que quedase plenamente satisfecho. Sus ratos de ocio ocupábalos en el estudio de las artes y de la filosofía, teniendo por maestro al P. Pedro de Ortigosa, de la Compañía de Jesús; á pesar de que, como hemos dicho ya, era doctor en aquellos ramos; pero tenía la convicción de que nunca el hombre llega á adquirir toda la ciencia que necesita para llenar cumplidamente su misión sobre la tierra. Este afán por el estudio, le condujo á cursar la lengua mexicana, la que llegó á poseer, de tal suerte que en ella predicó y confesó á los indios, y sin necesidad de traductor ó intérprete pudo siempre oír sus quejas, despachar los expedientes de sus negocios, y lo que es más, lograr de esa manera que los naturales le cobrasen mayor afición y  mayor cariño cada día.

Refíere un historiador, que aquellos estudios los hacía con tan grande aplicación, diligencia y perseverancia, como pudiera cualquier discípulo principiante que tuviera más ocupación que estudiar esas facultades, y que para dar buen ejemplo en esto, como lo daba en lo demás de su dignidad, tenia á menudo en su palacio conferencias, conclusiones y otros actos literarios, convidando á que le replicasen los doctores de la Universidad y los maestros de las religiones. Agrega el mismo historiador, que encargaba el SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS al P. Ortigosa, cuando había de sustentar estos actos literarios, que á ciertas horas desocupadas de las tareas del arzobispado, le enviase los discípulos mas provectos; con quienes confería con tanta llaneza como si fuera uno de ellos, los puntos más difíciles de los actos, y que concurría también en las vacaciones del Colegio de los jesuitas, por el mes de Setiembre, á repasar con algunos de los alumnos, lo que en el año escolar había aprendido.

Consagrado exclusivamente al ejercicio de sus funciones pastorales, llegó su celo al grado de que cuando se hacía seña de que se necesitaba un cura para administrar los sacramentos, salía el Illmo. SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS a gran prisa de su palacio con dos ó tres de su servidumbre, iba al Sagrario y valiéndose de una llave que traía consigo constantemente, revestíase y se apresuraba á ejercer los oficios de cura cerca de los enfermos, sin reparar en la calidad de estos y sin que fuesen nunca un obstáculo ni lo ardiente del sol en las horas del medio día, ni el frió de la noche, ni el estado de las calles que tenía que atravesar. Alguna vez al volver á su iglesia, el arzobispo encontraba á los sacerdotes cuyos oficios había suplido, y como ellos pretendieran excusarse aquel les respondía: Padres, no me maravillo; que la ciudad es grande, y por eso soy también cura y su compañero para ayudarlos.

Si de todos los hechos que acabamos de referir se deduce que el SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS cumplía fielmente con su ministerio pastoral, lo que sigue demuestra que era no solo por llenar una obligación sino por obedecer á los naturales impulsos de su alma, en que tenían asiento las virtudes más relevantes, por lo que así se conducía.

Su trato bondadoso y amable, su modestia, eran cualidades que encontraban mayor realce con la caridad que ejercía. A propósito de este punto hallamos en la biografía inédita varias veces citada, el siguiente pasaje que por sí solo hace la apología del prelado de la Iglesia mexicana á quien nos estamos refiriendo. "Era tan gran limosnero, dice el P. Gutiérrez, y en tanto grado, que daba en limosnas la mayor parte de su prebenda á personas necesitadas, que apenas tomaba aun lo necesario de ella para su sustento y de su casa, y así andaba siempre empeñado, y aun en pleito ordinariamente con el mayordomo y repostero, porque cuando no tenía que darles cogía algunas piezas de plata y las daba secretamente á algunas personas pobres y menesterosas que acudían a él de los avergonzantes, y cuando las buscaban y había ruido con los pajes entendiendo que ellos las ocultaban, salía riéndose y les decía: Justo les echéis la culpa, que en verdad que no las han tomado, sino un ladrón secreto que Dios tiene en esta casa, que no es bien que sepáis quien es; baste decíroslo yo; sufriéndoles á las vueltas algunas libertades que le decían y con él usaban, como si no fuera aquella plata suya del santo varón." Además, anualmente, en el día de San Miguel á quien tenía particular devoción y cuya fiesta celebró siempre con gran pompa, daba á cada pobre una camisa, sombrero, zapatos, un peso en numerario, y pan, y á las mujeres saya, manto y toca y limosnas en dinero.

En aquella época la colonia estaba gobernada con gran prudencia y celo por su virrey D. Martin Enriquez de Almansa, que se había propuesto aumentar el reino enviando por diversas partes colonias, para poblar los inmensos desiertos que habían dejado los indomables chichimecas. Los mexicanos, sea por el influjo de los sacerdotes cristianos que les habían enseñado á perdonar las injurias y á resignarse á las desgracias de la tierra para merecer la vida futura, toleraban ya, mejor que antes, el yugo de los españoles y no daban  señales de querer reivindicar sus derechos restableciendo á sus antiguos reyes.

Esta situación bonancible vino á interrumpirse con una calamidad que pesó exclusivamente sobre los indios. Desarrollóse entre ellos, en la primavera del año de 1576, una horrible peste que llevó sus estragos á un radio de más de seiscientas leguas, sin que bastasen los médicos que en el país había, para atender á los enfermos. El historiador Cavo1 siguiendo á Torquemada pinta los horrores en que se vio envuelta la desgraciada población indígena, y se llena de aflicción el ánimo al enterarse de los pormenores de aquella calamidad pública, en la que como en todo lo que á la suerte de los indios se refería, el Illmo. SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS dio inolvidables pruebas de su celo pastoral.

Como viese que eran inútiles cuantos esfuerzos hacia la ciencia para minorar los estragos del contagio, se ocupó, como el virrey Enriquez lo hacía por su parte, en establecer hospitales, y en poner á los apestados al cuidado de los superiores de las religiones, distribuyendo los barrios de la ciudad entre los franciscanos, dominicos, agustinos y jesuitas: unos llevaban alimentos y medicinas, otros prestaban el auxilio de los sacramentos, otros sacaban de las casas los cadáveres y les daban sepultura, primero, cuando la peste no había tomado las proporciones horrendas á que llegó, en las iglesias, y más tarde en las grandes fosas que hubo necesidad de abrir. ¡Hermosa página en la historia de la Iglesia mexicana, es esta en que se admira la sublime caridad evangélica de sus sacerdotes! Gran número de ellos sucumbió en aquella ocupación generosa, no por el contagio, pues este no se extendió á la raza blanca, sino por el cansancio producido por largas noches de vigilia á la cabecera de los moribundos.

Así que cesó en el siguiente año (1577) aquella peste, no sin haber diezmado la población del virreinato, el prelado, que deseaba proveer á las necesidades de todos los pueblos de su diócesis, se propuso visitarla, fijando especialmente su atención en los lugares á que habían podido llegar sus antecesores.

No son menos curiosas que las hasta aquí referidas, las noticias que existen sobre la manera con que llevó á cabo esa visita. Siendo la modestia una «le las principales virtudes de que se hallaba adornado el Illmo. SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS, no llevaba consigo un acompañamiento que pudiese ser gravoso á los ministros de los pueblos en cuyas casas se hospedaba, ni permitía tampoco que los indios fuesen empleados en la conducción de los objetos que él necesitaba, sino que hacia llevarlos por otros medios. Una vez instalado en el lugar, procedía á la visita con escrupulosidad, y enterándose de todo lo que concierne á la buena administración parroquial, premiaba al que había cumplido y amonestaba al que fue omiso en algún punto importante, haciendo en público lo primero y con sigilo lo segundo para que los feligreses conservasen el respeto y la estimación que debían á sus ministros. Poseedor como era de la lengua mexicana, al recorrer las calles de los pueblos llamaba á los naturales, principalmente á los niños, los acariciaba y dábales algunas limosnas, dejando por donde quiera agradables recuerdos.

Como en aquel tiempo las funciones de los sacerdotes no se limitaban á los asuntos espirituales sino también á los temporales; estando encomendados á los ministros en los pueblos los ramos de que hoy se ocupa la policía, una de las cosas en que ponía mas esmero el Illmo. SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS era en el aseo de las poblaciones y la conservación de los edificios, sobre lo cual dictó varias providencias, cuyo cumplimiento tuvo ocasión de observar en la visita de que hablamos. Vuelto á México, tomó grande empeño en acelerar los trabajos emprendidos en 1573, es decir, al principio de su gobierno, en la fábrica de la Catedral.

La fama de que gozaba el arzobispo en la corte de Madrid, así como los informes del Conde de la Coruña que gobernaba entonces la Nueva España, movieron á Felipe II á nombrar visitador de los tribunales del reino á su ilustre prelado. Llegáronle sus despachos  en el año de 1583, y tal nombramiento llenó de disgusto á los oidores, quienes conocían la rectitud y la energía del SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS.

No era por cierto nada lisonjero el estado que guardaba la real Audiencia, cuyos miembros se encontraban divididos por mezquinas rencillas y entregados á sus cuestiones personales más bien que al servicio público. El íntegro virrey había contemplado sinnúmero de abusos que no pudo remediar, por carecer de la autoridad necesaria para remover á los ministros, oficiales reales, corregidores y otros jueces de la Nueva España. Solo un visitador revestido de amplísimas facultades, honrado y enérgico, era capaz de poner coto á la venalidad de aquellos funcionarios que estaban acabando con las rentas del virreinato y escandalizándolo por la manera cínica con que se las apropiaban.

Todos estos abusos habían tomado mayores proporciones en el año anterior, (1582) con la muerte del virrey Conde de la Coruña, y es fácil graduar cuál no sería la impresión que causó el nombramiento recaído en el justiciero arzobispo, para visitador de los tribunales del reino.

Presentó sus despachos al acuerdo, según costumbre, y admitidos, entró á practicar la visita. Apenas abierta, comenzó el SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS a recibir denuncias contra los oidores, lo que le dio ocasión de hacer brillar su tacto y prudencia. No se le ocultaba que no era de un golpe como se debía y podía poner remedio al desenfreno de los magistrados sin exponerse á serios conflictos. Así, de una manera lenta para los (pie no se hallaban en su posición, fue corrigiendo abusos; mas no se atrevió á remover de sus puestos á los magistrados delincuentes, ni a premiar a los que habían cumplido con su deber, sino que dio cuenta al rey para obrar después según lo que él determinara. El prelado continuaba su visita, atrayéndose la animosidad de los culpables y las bendiciones de las gentes honradas, cuando llegaron á México los despachos del rey, para que se encargase del virreinato. Tomó posesión de él á 25 de Setiembre de 1584, viéndose, así, reunidos en una sola persona los tres mayores empleos de la Nueva España.

Tan altas dignidades influyeron en lo más mínimo para hacer variar al Illmo. y Excmo. SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS, en sus costumbres modestas y ejemplares. Huyendo de las lisonjas que se prodigan á los funcionarios de su rango, decía: "No hagáis ni me tratéis de otra manera sino con el término debido a mi dignidad eclesiástica," y solo no quiso usar de la guardia acostumbrada por sus antecesores, sino que al despedirla ordenó que los salarios de ella y de su capitán se distribuyesen entre aquellas personas á quienes se hacían quitas, ó se hallaban sin colocación.

En la previsión de los empleos procedió con su acostumbrada rectitud, confiándolos no por las recomendaciones que partían de los que se interesaban en favorecer á los suyos, sino por el convencimiento que él había adquirido de su honradez y de sus luces; teniendo por principio que "los jueces virtuosos y de buena conciencia debían ser llamados y rogados," poniendo de esa manera coto á las ambiciones de aquellos que siempre rodean á los que mandan, para obtener por medio del favoritismo los puestos que al verdadero mérito deberían estar reservados.

Tan varias y tan multiplicadas como eran las atenciones consiguientes al desempeño de sus empleos de virrey, arzobispo y visitador presidente de la Audiencia, demandaban una consagración asidua al trabajo y sobre todo método tan bien combinado, que bastasen las horas del día para el despacho de negocios de tan disímbola naturaleza.

El SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS supo llenar cumplidamente los deseos del soberano, como vamos á ver en seguida. Como virrey y visitador á quien se había revestido de grande autoridad, con facultades hasta para remover y sustituir á los ministros, su gobierno forma época en nuestra historia, á pesar de haber sido corto el tiempo que en él estuvo. Refiriéndose á este asunto, dice un historiador: "Se vieron grandes novedades en la Nueva España: suspendió y privó á varios oidores de la garnacha; á algunos oficiales reales ahorcó, y arregló todos los tribunales de tal manera, que quedaron en ellos sino ministros de quienes él (el SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS) y algunos otros sujetos de integridad tenían pruebas de que no prevaricarían."

Existía un mandamiento del rey para que los indios que no estuviesen encabezados por tener sus rancherías diseminadas en las sierras, se juntaran en los lugares más próximos á aquellos, ó se formaran con ellos nuevas poblaciones. Intentó el SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS ejecutarlo, y al efecto consultó á los religiosos que tenían á su cargo el cuidado espiritual de los pueblos, pues no quería, sin los informes de personas sensatas y conocedoras de las especiales circunstancias de cada localidad, tomar determinación alguna. Opusiéronse los religiosos, fundando su parecer, con gran cordura, en la razón evidente de ser perjudicial á los naturales la mutación de país, por la diversidad del clima, como ya se había observado otras veces.

Reconocida por el virrey-arzobispo la justicia de aquella observación, escribió á Felipe II dándole cuenta de los motivos que existían para no poner en observancia su real mandato. La visita de los tribunales continuaba; las rentas reales habían aumentado considerablemente, gracias á las sabias disposiciones del SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS, hasta el grado de que en el año de 1585, segundo de su gobierno, se embarcaron en Veracruz tres millones y trescientos mil ducados en plata acuñada, y un mil cien marcos de oro en tejos, con otros muchos productos del país que eran de valor excesivo y que llegaron felizmente á Europa.

El año anterior, el Illmo. Prelado de la Iglesia mexicana, infatigable en el cumplimiento de los deberes que le imponía su carácter arzobispal, en medio de las labores de la gobernación del virreinato y de la visita de la Audiencia, juzgó conveniente y aun de todo punto necesario convocar á nuevo Concilio, para introducir importantes reformas en la disciplina eclesiástica, favorecer á los indios, y en una palabra, satisfacer por completo las necesidades de su Iglesia, el cual se reunió en 1585. Lo presidió el SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS, no solo en su calidad de metropolitano, sino como delegado de S. M., y asistieron los Ilmos. Sres. D. Fr. Gómez de Córdoba, obispo de Guatemala; D. Fr. Juan de Medina Hincón, obispo de Michoacán; D. Diego Romano, obispo de Tlaxcala; 1). Fr. Gregorio Montalvo, obispo de Yucatán; D. Fr. Domingo Arzola, obispo de la Nueva Galicia (hoy Guadalajara); D. Fr. Bartolomé de Ledesma, obispo de Antequera (hoy Oaxaca); y como Secretario del Concilio el Dr. D. Juan de Salcedo. También fueron convocados el Illmo. Sr. D. Fr. Domingo de Salazar, primer obispo de Filipinas, que se excusó á venir por la distancia, y dio su poder á dos canónigos de la Catedral de México, y el Illmo. Sr. D. Pedro de Feria, obispo de Chiapas, á quien se quebró una pierna en Oaxaca, viniendo á México, por cuyo lamentable suceso tuvo que participar al metropolitano que no podía concurrir al Concilio.1 Fue este el tercero, y el más célebre de los que se han reunido en México2 y asistieron á él, además de los obispos ya nombrados, varios doctores teólogos y juristas. Sus sesiones se verificaron en el palacio nacional en que habitaba el arzobispo-virrey, y los prelados asistentes estaban vestidos de pontifical, lo que fue un gran suceso en aquella época, y revistió de gran solemnidad los actos todos del Concilio.

Existen muchos documentos originales, en que constan las consultas que recibían los obispos, el parecer de los teólogos a cuyo estudio pasaban, y la resolución que acerca de cada punto se tomaba. Los decretos del Concilio abrazan quinientos setenta y seis párrafos divididos en cinco libros, y cada uno de estos en varios títulos, y seria tarea por demás dilatada la de pretender analizarlos. Bástenos, por lo mismo, indicar el fin con que fueron expedidos esos decretos, y citar la opinión de personas doctas, acerca de su importancia.

"La Iglesia crecía: se aumentaba el clero, se propagaban los conventos de religiosos, se fundaban obispados, se establecían parroquias, se multiplicaban los negocios, y era preciso atender á todo, poner regía, discernir juicios, marcar los límites de la jurisdicción, imponer los deberes, y asignar los fueros de los funcionarios, proveer á la moral; en una palabra, era preciso celebrar un nuevo Concilio. A esta necesidad se agregaba la de acabar de poner en práctica los cánones y decretos del sacrosanto concilio de Trento, terminado el año de 1563, pues aunque el sínodo diocesano de México celebrado en 1565, había tenido por objeto la recepción del concilio y dictado veintiocho constituciones para su mejor observancia, este sínodo no había sido confirmado por la silla apostólica, como tampoco el primero celebrado en 1555, en que se habían formado noventa y tres constituciones sobre disciplina eclesiástica, corrección de abusos, y acerca de la instrucción de los indios; tenidos uno y otro por el Arzobispo D. Alonso de Montúfar y obispos sufragáneos. Así es que de una parte la conveniencia de renovar y dar toda validez á aquellas constituciones, incluyéndolas entre los decretos de un concilio que hubiese de obtener la aprobación pontificia, y de otra, la necesidad de acomodar y proporcionar á las exigencias de esta Iglesia y al genio peculiar de los indígenas, las reglas generales ó cánones de aquél concilio ecuménico, hacían necesarísima la celebración de otro concilio ó sínodo provincial en México."

Así explica un escritor los móviles que tuvo el SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS, para convocar el Concilio á que venimos contrayéndonos, y cuyas palabras hemos creído oportuno reproducir, porque ellas satisfarán más al lector que las que pudiéramos decirle.
En cuanto á los decretos, agrega el autor citado: "Este concilio es una obra maestra que lejos de divagarse en sentencias y discursos que mirasen solamente á lo especulativo, se ordenó y dirigió á lo práctico, con tanto acierto que no solo proveyó á lo que por primeras bases y fundamentos pudiera necesitar una Iglesia de pocos años, sino que aún dio reglas de mucha perfección, cuales pudiera apetecer en su mayor aprovechamiento; de manera, que si fue útil y conveniente para su fundación, lo fue igualmente para su reforma. Sus cánones respiran la moral más pura, el celo más acendrado, la prudencia más circunspecta. ¿Pero quién es capaz de hacer ver todas las bellezas que resplandecen en este magnífico cuadro, todas las riquezas que se encierran en este tesoro de sabiduría, de prudencia y de santificación? Baste decir que es la regla de las costumbres del pueblo; la norma de los párrocos, de los ministros y de todo el clero; la antorcha luminosa de los mismos prelados, y el intérprete más seguro para nosotros de los decretos sagrados del Tridentino, y de muchas disposiciones pontificias. La de Sixto V que previene enérgicamente su observancia, después de haberlo confirmado en 1589, con autoridad apostólica, pone el sello de la más alta recomendación á este sagrado sínodo."

La autoridad del escritor que acabamos de citar, nos releva de aducir nuevas opiniones que comprueben la suya; sin embargo, eremos oportuno agregar lo que refiriéndose á esta parte dijo el Illmo. Sr. D. Juan Pérez de la Serna, sétimo arzobispo de México, á cuya diligencia se debe la publicación que primero se hizo del CONCILIO III PROVINCIAL MEXICANO.

"Esta tan necesaria y grandiosa obra, dice, se debe á aquel Prelado de feliz memoria, Pedro, bajo cuya presidencia se ordenaron las utilísimas leyes con que en el régimen espiritual se gobierna el Nuevo Mundo; y tanto, que creo se debe no menos honor y celebridad á su nombre, que al del nunca bien ponderado Hernán Cortés, conquistador de esta Nueva España." 

A primera vista parecen hiperbólicas las palabras acabadas de citar, mas no lo son en verdad. Para convencerse de ello no se necesita de grande esfuerzo; basta leer las Constituciones ó decretos del CONCILIO III MEXICANO. Aparte de las reglas dictadas para moralizar al clero, y procurar el adelantamiento moral de los pueblos, hay algunas que son tan humanitarias y benéficas, que deben ser citadas como el mejor monumento de la ilustración y elevadas miras de los primeros prelados de la Iglesia mexicana. Para no ser prolijos, citaremos dos únicamente.

"Los obispos y gobernadores de estas provincias y reinos deberían pensar que ningún otro cuidado les está estrechamente encomendado, por Dios, que el proteger y defender con todo el afecto del alma y paternales entrañas á los indios recién convertidos á la fe, mirando por sus bienes espirituales y corporales. Porque la natural mansedumbre de los indios, sumisión y continuo trabajo con que sirven en provecho de los españoles, ablandarían los corazones más fieros y endurecidos, obligándolos á tomar su defensa y compadecerse de sus miserias, antes que causarles las molestias, injurias, violencias y extorsiones con que todos los dios en tanto tiempo, les están mortificando toda clase de hombres. Considerando todo esto el presente concilio, con harto dolor de no hallar piedad y humanidad en los mismos que debieran tenerla muy grande; con la posible eficacia exhorta en el Señor á los gobernadores y magistrados reales de esta provincia, que traten blanda y piadosamente á los infelices indios, y repriman la insolencia de sus ministros, y de los que molestan á los indios con vejaciones y gravámenes, de suerte que los tengan por gente libre y no por esclavos.

Mas porque á noticia del concilio han llegado varias especies de gravámenes que se les causan á los indios, tanto en los bienes como en sus propias personas; se declaran y exponen en el Directorio de confesores aprobado por este concilio, y se hacen notorios tanto á los magistrados, para que se enmienden en adelante y consultando á varones doctos, se informen de la restitución que están obligados á mandar hacer en el foro de su conciencia, satisfaciendo á los indios los daños y perjuicios que se les han causado y ocasionado; como á los confesores, para que á los que encontraren contumaces, y sin querer enmendarse, ni dar ó cumplir la correspondiente satisfacción, no los absuelvan, observando lo que enseña el citado Directorio en punto á los daños y molestias hechas y causadas á los indios. Sobre cuya total ejecución y cumplimiento encarga el concilio las conciencias, y amenaza á semejantes prevaricadores con la ira del Omnipotente Dios, en el día tremendo del juicio."

“Las penas se establecieron en las leyes, dice en otro lugar, para corregir las culpas, y por lo mismo deben acomodarse á las personas de quienes hablan las leyes. Por tanto, atendiendo este concilio á la pobreza y pusilanimidad de los indios, con arreglo á lo dispuesto por S. M., manda que se impongan penas pecuniarias á los indios por ningún delito, ni se entiendan comprendidos los indios en las penas de esta clase contenidas en los presentes decretos. Y si en algún caso pareciere al juez que semejante pena es más conveniente que cualquiera otra para el remedio de los excesos de alguno, no la impondrá sin facultad del obispo y con grandísima moderación, aplicando la multa á la iglesia donde fuere parroquiano el indio, tan solamente, y á otra; y de lo contrario pagará el juez otro tanto para la fábrica de la iglesia á que se había de destinar la pena.”

También debemos llamar la atención acerca del libro III, cuyos títulos están consagrados al ministerio de los obispos, á la pureza de su vida, á los curas párrocos etc., resplandeciendo en todas esas disposiciones la previsión más notoria, la sabiduría mas excelente, y la virtud mas acrisolada.

Hoy que nos vanagloriamos de haber hecho admirables progresos en la esfera de la civilización, y proclamamos que en los años trascurridos desde que se consumó nuestra independencia hemos llevado á cabo en bien del pueblo una suma prodigiosa de conquistas, tenemos que confesar que esa igualdad humana de que hacemos alarde, fue proclamada desde hace tres siglos por los primeros prelados de la Iglesia mexicana. Allí están para convencernos de esta verdad, las constituciones dictadas en tiempo de los Ilmos. Sres. Montúfar y D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS.

Volvamos ahora á nuestra narración. Las sesiones del Concilio terminaron el 14 de Setiembre de 1585, y los estatutos, decretos y órdenes que contiene, fueron firmados el 16 de Octubre del mismo año, por los seis obispos ya nombrados y el Secretario Dr. D. Juan Salcedo, persona muy erudita que ordenó aquellos trabajos, y que era Deán de la metropolitana y catedrático de Cánones en la Universidad de quien hace grandes elogios el Sr. de la Serna en su pastoral citada, y dice que en aquel año (1622) estaba jubilado y que según sus méritos, ocuparía la silla pontifical de una de las mayores Iglesias del reino.

Hizo la versión latina de este Concilio el P. jesuita Pedro de Ortigosa por encargo de los obispos; pasóse en seguida á la censura del real consejo de Indias que lo aprobó4 y de este al Papa Sixto V, que lo confirmó en bula dada en Roma á 28 de Octubre de 1589, que comienza Romanum Pontificem. Acababa de cerrarse el Concilio, cuando llegó el marqués de Villa Manrique D. Álvaro Manrique de Zúñiga, nombrado sucesor del SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS en el gobierno del virreinato, haciendo su entrada solemne en México el día 18 de Octubre de 1585. Entrególe el arzobispo la gobernación; mas como por mandamiento del rey se había prolongado el empleo de visitador hasta que terminara los negocios que estaban pendientes, continuó en él hasta el mes de Abril del año siguiente, de que resulta haber empleado en la visita de los Tribunales cerca de tres años, pues la comenzó el 23 de Setiembre de 1583.

Fácil es presumir cuán crecido sería el número de émulos y enemigos que en ese periodo tuvo el justiciero v con motivo de la remoción de unos ministros, del severo y ejemplar castigo de otros, y ge la interrumpida serie de disposiciones que dictó para garantizar el fiel y honrado manejo de los caudales públicos. Sobráronle, en efecto; más ellos nunca pudieron entorpecer la marcha libre y majestuosa de la justicia, ni pudieron tampoco agriar el carácter apacible y dulce del tercer prelado de la Iglesia mexicana. El, en vez de ejercer venganzas ó menospreciar, cuando menos, á sus detractores, procuraba visitarles, y con su trato les hacia comprender que acción ninguna suya tenía por objeto dañar á las personas, sino que miraba en todas y las encaminaba al mejor servicio del rey y de la sociedad, dejándoles muchas veces prendados de su carácter, y conocedores de la rectitud de su manejo.

Llenada su misión tan cumplidamente, comenzó á disponer su viaje para España, á donde tenía que ir á dar cuenta de sus actos como visitador y virrey. La catedral, en cuya obra, como dicho queda, había tomado tan vivo interés, fue objeto de su predilección en los últimos meses de su residencia en México. Hízole donaciones valiosísimas en cuadros que había traído de España, en cálices, y ornamentos costosos. Dejóla convertida en ascua de oro como dice el MS. tantas veces citado, puso á su costo el retablo del altar mayor, y dejóle á aquel templo sus mitras y báculo que estaban bordados de perlas y piedras preciosas.

Cedió también á la catedral una reliquia que había usado como pectoral el Papa San Pió V y que contenía un fragmento del Lignum crucis engastado en un marco de plata y piedras de gran valor. No se limitó á esto, sino que hizo lo mismo con los hospitales y parroquias pobres, á los que proveyó de cuanto habían menester, y, sin olvidar á los pobres, repartió tantas caridades, que él quedó apenas con lo que llevaba en su persona, dejando "su casa tan vacía, que no se hallaba en ella mas de sus libros y alguna poca plata de su servicio."

Antes de partir, dejó el gobierno del arzobispado al P. Maestro Fr. Pedro de Právia, excelente religioso de quien hacen los mas cumplidos elogios los escritores de aquel tiempo, y que, según el testimonio de los mismos, estableció mucho orden en la administración de la Iglesia, cumpliendo así los deseos del prelado que tan señalada muestra de distinción había hecho en su persona. Desgraciadamente, la gobernación del P. Právia fue muy corta pues falleció á fines del año de 1589.

Llegado el mes de Junio de ese año, en el día de la fiesta de San Bernabé, celebró la misa, y se despidió de los habitantes de México á quienes había convocado al efecto. Se hallaron presentes á esa tierna ceremonia todas las personas notables del reino, y un numeroso pueblo, y es en extremo patética la descripción que de ella hace el P. Gutiérrez de Luna, y que reproduciríamos gustosos si no temiésemos traspasar los límites que nos hemosimpuesto. Nos limitaremos á copiar el siguiente pasaje. "Era cosa muy de ver, dice; en estos días de su partida no se vaciaba la casa de gente que se iba á despedir de él, de toda suerte de gente, llevándole presentes y regalos, y los indios que entraban á besarle la mano, y los negros ponían a sus pies un plato, y cada uno iba ofreciendo cuál dos reales, cuál cuatro, cuál un peso, que es a la usanza de ellos en este reino, diciendo era para que llevase de regalos para el camino. De día y de noche le tenían cercada la casa con fuegos y mucho gentío de españoles y de otra gente popular; hasta los negros y negras libres de la ciudad le llevaban cantidad de regalos, cajas de conserva, y colaciones para el camino, que en solo esto había harto que decir á honra y gloria de Dios nuestro Señor, dejando envidiosos á otros."

En vano pretendió el SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS ocultar el día de su partida. El pueblo, que como acabamos de ver se hallaba rodeando las casas arzobispales, se apercibió de ella, y como fuera en las altas horas de la noche, con hachas de cera, formó un brillante acompañamiento al prelado, solo en las calles de la ciudad sino hasta dejarle en la villa de Guadalupe, en donde se había propuesto permanecer algunos días y de allí seguir para embarcarse en Veracruz.

Cuando llegó á este puerto, dióle cuenta su mayordomo de la carencia de recursos en que se encontraba, pues habiendo empleado en hacer obras de caridad cuanto poseía, no solo no existía en sus cajas numerario alguno, sino que adeudaba en México veinte mil pesos. No duró muchos días aquella alarma del mayordomo, pues antes de que llegase el día ele hacerse á la vela, recibió el SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS una fuerte cantidad colectada en México en beneficio suyo, con la que pagó cumplidamente la deuda en cuestión, y pudo todavía hacer donaciones á los hospitales de Veracruz, y repartir muchas limosnas entre los pobres.

La navegación fue feliz, y al llegar á Sevilla el SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS fue hospedado dignamente por el obispo de aquella ciudad. Desde esta participó al rey que estaba allí en espera de sus órdenes, y este le comunicó la ele que se dirigiese en seguida á Madrid. Mandóle recibir con pompa, y que desde luego le consultase cuanto á los negocios de la Nueva España correspondiese.

De esta manera, probó Felipe II que á más de no dar crédito á los apasionados informes que había recibido en contra del SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS, quería significar el elevado concepto en que le tenía. Y como si esto no bastase le encargó la visita del real consejo de Indias, haciéndole juez de sus jueces, como con elocuente laconismo se expresó un escritor de aquellos tiempos.

Practicada la visita á entera satisfacción del rey, éste, cuya estimación al SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS no tenia límites, le elevó á presidente de aquel cuerpo respetable, uno de los mayores que entonces existían en el mundo, y como tal nombramiento envolvía la separación absoluta del SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS del arzobispado de México, solicitó el monarca que S. S. le diese otra dignidad eclesiástica para poder pedir él la pro visión de la sede vacante sin perjuicio del que acababa de gobernar esta diócesis. Tal fue el origen del título de Patriarca de las Indias con que fue honrado en sus últimos años el SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS.

Todavía llegó á más alto grado el aprecio de Felipe II. Comprendiendo que los sueldos y emolumentos de que gozaba el SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS por sus nuevas investiduras no bastaban á proporcionarle los recursos que eran necesarios para conservar el lustre de su posición y ejercitar al mismo tiempo su caridad siempre creciente, le asignó nuevas sumas.

Ni los favores del soberano, ni las infinitas consideraciones y respetos de que se hallaba rodeado en la corte el SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS, hicieron que se olvidase de los mexicanos que tanto le amaron y por quienes él tenía tan singular predilección; sino por el contrario, empleó su valimiento en favor de ellos. A él se debió que los criollos fuesen proveídos obispos, arzobispos, oidores, inquisidores, alcaldes de corte, dignidades y prebendados; á él que había tenido ocasión de conocer su aptitud para aquellos puestos, su inteligencia y la ciencia que atesoraban; á él para quien no existían las odiosas distinciones de peninsulares y mexicanos, y para quien la virtud y el saber eran los únicos títulos que enaltecen al hombre.

Hallábase así en la cumbre del poder, disfrutando de grandezas á que muy pocos han llegado, sin deberlas á la intriga ni á las malas artes de que otros se valen para alcanzarlas, y sin enorgullecerse de ellas, cuando á mediados del mes de Octubre del año 1590 se sintió herido por la enfermedad que en breve había de conducirle al sepulcro. En efecto, el día 14 de Enero de 1591 dejó de existir, con gran pesadumbre de cuantos le trataron ó supieron las virtudes de que se hallaba adornado, y dejando un vacio difícil de llenar en la corte de Felipe II.

Son notables las frases que este monarca pronunció al recibir la infausta nueva del fallecimiento del Presidente del consejo de ludias. Hoy ha muerto la verdad en mi reino, dijo, y uno de los mejores vasallos de mi servicio, y que mas lien lo hizo en él; palabras que por sí solas constituyen la mejor apología del SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS. Enterrósele con magnificencia en la parroquia de Santiago de Madrid, asistiendo toda la corte por hacer gusto á S.M.

Al llegar al término de este estudio biográfico, en que hemos procurado presentar al tercer prelado de la Iglesia mexicana tal como debe aparecer en la historia de nuestra patria, en su doble carácter de arzobispo y virrey, no podemos resistir al deseo de recapitular en breves palabras las excelencias del personaje cuya vida acabamos de narrar; ó lo que es lo mismo, presentar la síntesis de lo que llevamos dicho de él.

Sus antecesores, como no habrá olvidado el lector, prepararon sabiamente al pueblo y á los sacerdotes, para que el SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS desenvolviese en su gobierno un plan cuyos resultados benéficos él y sus sucesores habían de palpar, y merced á los cuales la nación avanzaría en la esfera del progreso moral y del engrandecimiento material. Revestido de una suma de facultades amplísimas que pocos gobernantes han podido alcanzar; dotado de una inteligencia superior, de una virtud acrisolada y poseyendo el don de mando; teniendo la fortuna de no haber encontrado obstáculos de parte de la administración civil, cuando no la regenteaba aún, sino por el contrario viéndose secundado por ella; conservando el más perfecto acuerdo con las Órdenes religiosas, porque jamás intentó mezclarse en los asuntos que á ellas pertenecían; tan prudente cuanto enérgico, el SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS aparece, bajo cualquier punto de vista que quiera considerársele, como uno de esos seres superiores, mensajeros del bien sobre la tierra, que marcan en la vida de los pueblos una era de ventura y prosperidad, á cuyo estudio profundo, y á cuya imitación deben consagrarse los que al ascender á puestos como los que él desempeñó, ambicionan hacerse acreedores á la gratitud de un país. 

Verdadero discípulo de Jesucristo, le vemos practicar todas las virtudes evangélicas, distinguiéndose por su caridad sin límites, privándose de las comodidades de que pudo haberse rodeado, por acudir al alivio de los menesterosos, y le vemos enseñar con ejemplos mejor que con palabras. Jefe de la Iglesia en estas regiones, la organiza con sabiduría tal, que hoy mismo se observan las reglas por él dictadas hace más de tres siglos. Hombre ilustrado, acude solícito á la propagación de las letras en la Universidad, cuyos estatutos forma, y en los colegios, á que dispensa toda protección, y á algunos de los cuales honra inscribiéndose entre sus alumnos y cursando con ellos las materias superiores. Filántropo, hace por los indios y por los negros cuanto bien puede. Ministro del rey, sofoca los impulsos de su bondadoso carácter y moraliza á los funcionarios premiando la honradez y castigando el crimen, por encumbrado que sea el que lo comete, sin que le detenga el temor á las venganzas; hace prosperar la hacienda pública, y establece un orden tan regular que sus sucesores en el mando no tienen otra misión que la de continuar recogiendo los frutos de sus afanes y fatigas. Varón humilde y modesto, asciende á las mayores dignidades, recibe los honores de que otro no se ha visto rodeado, y conserva la misma afabilidad, la misma mansedumbre, que le caracterizaban cuando era simple pajecillo del Presidente del
Consejo de Indias á quien llega á reemplazar, y baja á la tumba tan menesteroso como el último de los indios mexicanos, sin legar nada á sus deudos y poniendo á sus albaceas en el caso de recurrir á la munificencia del soberano, para que este erogue los gastos de los funerales.

Hemos buscado, diligentes, en las páginas de las crónicas de aquellos tiempos, cuanto al SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS se refiere, y solo liemos encontrado frases de alabanza. ¡No hay una sombra que empañe su gloria! ¿Quién es el hombre que después de haber estado expuesto á los tiros de la calumnia y de la envidia que acosan siempre a los que mandan, cuyas acciones más indiferentes son fiscalizadas por sus émulos, ha podido descender al sepulcro sin siquiera la sospecha de que hubiese cometido una falta, como bajó á él SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS. Y, ¿quién como él pudo vanagloriarse, y lo hizo, de haber llegado á los mayores empleos que en su época existían, sin deberlos más que á sus personales merecimientos? Pues todavía hay una consideración de la que resulta, ante los hombres de nuestro siglo, un nuevo motivo para honrar su memoria.

Al leer en la inscripción grabada en la lámina con que acompañamos esta biografía, que el SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS fue el primer inquisidor de México, podría suponer cualquiera que esté versado en la historia de la dominación española, que al personaje de quien acabamos de hablar le caracterizaban la crueldad y todos esos sentimientos horribles que trae á la memoria el solo nombre del famoso tribunal. Pero no; en vez de ser así, consta por el testimonio de autoridades en materias históricas, que pasaron tres años del establecimiento del Santo Oficio en México á la celebración del primer auto, y que ni este, ni los otros que se verificaron en tiempo del SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS, fueron en verdad los que hicieron tristemente célebre aquella institución, lo cual es bastante para vindicarle de todas las inculpaciones que pudieran hacérsele, y esto dando por supuesto que sea lícito exigir á un hombre que sea superior á la época en que vive.

1 Sosa, Francisco. El Episcopado Mexicano, Editorial Innovación, México, 1978 (original de 1877), págs. 27-40.