4.2.1.2 Iniciativa y proyecto para construir el Edificio del Tesoro1

Toussaint, La Catedral de México, Porrúa, México, 1973, págs. 221-223.

Cuando, a mediados de 1926, por discrepancias de criterio surgidas entre la Autoridad Eclesiástica y el Gobierno Federal, hubo una suspensión de culto en las iglesias católicas y, como consecuencia' la intervención del Estado en los edificios de los templos y sus anexos, por medio de Juntas Vecinales designadas para el efecto, la Catedral fue intervenida y se hizo inventario detallado de todas las piezas de uso que en el monumento se hallaban.

Dicho documento, ya lo hemos dicho, constituye una obra extraordinaria, cuyos autores mencionamos al hacer la reseña general de los inventarios. Los objetos artísticos que se encontraban en el templo metropolitano, a pesar de los despojos de que había sido víctima y que antes hemos reseñado, eran tan numerosos y de tal valor artístico, que surgió desde luego la idea de retirarlos del culto y formar con ellos una colección, anexa al templo metropolitano como se estila en todas las catedrales europeas, en que puede admirarse al lado del monumento el tesoro, es decir, el lugar en que se han reunido las piezas más valiosas de arte para que puedan ser admiradas por el visitante, pero que continúan perteneciendo al templo y son usadas, así ornamentos como vasos sagrados, en determinadas ocasiones de festividad solemne, en las cuales puede contemplarse en forma viva y actual el mérito de aquellas obras que fueron elaboradas en tiempos pasados.

El comisionado de la Secretaría de Educación Pública, señor don Antonio Cortés, tuvo presente tal idea al formular los inventarios, y fue él quien hizo la primera selección de objetos que deberían separarse para formar el tesoro. Pasando el tiempo, el señor Presidente de la República, general Plutarco Elías Calles, dictó dos acuerdos. Uno, con fecha 19 de noviembre de 1926, dice que, teniendo en cuenta que entre los ornamentos, vasos sagrados, objetos del culto en general, figuran piezas que por su valor artístico e histórico deben ser retiradas del uso, se concede por ese acuerdo: Primero, ordenar la reproducción fotográfica de las piezas en cuestión, y segundo, solicitar de la Procuraduría General de la Nación la entrega de los objetos dignos de figurar en museos, y hace extensivo el acuerdo no sólo a los que existen en la Catedral, sino a los demás templos o a los distintos centros de almacenamiento donde permanezcan guardados. El segundo acuerdo, fechado el 5 de enero de 1927, repite los mismos conceptos y puntualiza que esos objetos deben ser entregados a la Secretaría de Educación "siempre que de los dictámenes que rinda en cada caso la comisión que designarán la Secretaría de Hacienda y Educación, se desprenda que los edificios y los mismos objetos no sufrirán con tal medida menoscabo alguno en su valor intrínseco o artístico." La Secretaría de Hacienda, teniendo en cuenta dificultades muy serias que se presentaban para el cumplimiento de este acuerdo que implicaba extraer de la Catedral las joyas más preciadas por su mérito artístico, sin que se supiese a punto fijo el destino que se les iba a dar, pues la Secretaría de Educación Pública no disponía a la sazón de otro sitio que del entonces llamado "Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnografía", atestado de objetos, en un lugar inadecuado, con la presunción de que las piezas de la Catedral fuesen embodegadas impropiamente y sufriesen deterioro que el mismo acuerdo vedaba, convocó a una junta en que estuvieron representadas ambas Secretarías y se convino en que los objetos fuesen retirados del servicio del culto y reunidos en locales arreglados provisionalmente en anexos del mismo templo para ser conservados íntegramente, mientras se podía darles una disposición adecuada.

El 30 de diciembre de 1927, quien esto escribe, presentó al señor Secretario de Hacienda y Crédito Público un proyecto para la creación de un Museo, Biblioteca y Archivo de la Catedral de México.2 En el expresado proyecto se puntualizan las necesidades de esa colección y se sugiere la ventaja de construir un edificio propio, anexo al templo, para exhibir los tesoros de que disfrutaba dicha iglesia. Debe notarse que el proyecto abarcaba una forma integral para las piezas de arte, para el archivo del templo que se encontraba en pésimas condiciones y para una biblioteca eclesiástica en que deberían reunirse no sólo los libros que existían en la Catedral, sino todos aquellos de índole religiosa y que por su mérito intelectual o bibliográfico podían aumentar el acervo de tal biblioteca, libros procedentes de tantos edificios eclesiásticos en que el Gobierno Federal intervenía y que no tenían ningún uso práctico en las bibliotecas de las Secretarías de Hacienda o Educación, puesto que, escritos en latín, en la mayor parte de las veces, y ostentando siempre un criterio opuesto al del Gobierno, no deberían ser empleados en dichas bibliotecas, pero tampoco ser desechados, pues bien sabido es que cualquier libro tiene algo útil; su concentración en una biblioteca eclesiástica de primer orden resultaba, pues, la solución de un problema en la forma más adecuada posible.

Por lo que se refiere al archivo de la Catedral, debe hacerse constar que tal archivo no puede decirse que estuviese en desorden completo, pero sí se hallaba instalado en tal forma que el acceso no ya del público, sino de los mismos escritores constituía un peligro para los documentos que en él se guardaban, pues, no estando inventariado, con los volúmenes sin foliar, muchas veces en papeles sueltos formando legajos, legajos que contenían documentos de toda especie, era muy fácil para cualquiera sustraer dichos documentos, ya que, bien sabido es, cuesta menos trabajo sustraer un documento que copiarlo en todas sus partes. Dicho archivo debe ser considerado, después del General de la Nación y del de Notarías, como la fuente más valiosa para la historia de las artes plásticas en la Nueva España, y el uso que de él hemos hecho en este libro viene a comprobar plenamente la especie. Era, pues, necesario salvarlo, para que, una vez ordenado, con sus volúmenes encuadernados, foliados y sellados, pudiese ponerse a disposición de los historiadores. Esto era tanto más fácil, cuanto dicho archivo no es excesivamente grande. Por eso en el proyecto antes citado aparecía la organización de un local destinado a conservarlo debidamente y a permitir su investigación a los historiadores mexicanos.

En proyecto, se consideraba difícil la creación de un edificio propio para tal museo y se estudiaban como posibles locales para instalarlo los anexos que ofrecía el templo: el edificio que ocupan en la actualidad las oficinas de la Mitra y el Colegio de Infantes con su pequeño patio y que estaba adosado al lado oriente del templo.

El espíritu emprendedor y activo del señor ingeniero don Alberto J. Pani, que a la sazón ocupaba la Secretaría de Hacienda, adoptó el proyecto presentado, pero en vez de utilizar ninguno de los edificios que se proponían dispuso construir uno nuevo, derribando todos los anexos del templo por el lado del oriente y ordenó que el arquitecto don Manuel Ituarte formulase el proyecto para el nuevo edificio, que debería ser de estilo colonial, imitando la arquitectura del Sagrario. Don Manuel Ituarte, fino espíritu, acaso el arquitecto que más hondamente ha sentido el arte colonial y el que más capacitado estaba para realizar dicha obra, realizó, ayudado por otros colaboradores, su proyecto, el cual fue aprobado, y la Secretaría de Hacienda obtuvo gran parte del material necesario para la obra, por ejemplo todo el tezontle que había de revestir los muros. Los vaivenes de nuestra política hicieron que le ingeniero Pani dejara la Secretaría de Hacienda, y ya se sabe que cuando un ministro abandona cualquier Secretaría todos sus proyectos, por buenos y encomiásticos que sean, se van con él a su casa. Así, el edificio del museo, a pesar del material que se había acopiado, no pasó de categoría de proyecto.

Conocí y aprecié el proyecto de Manuel Ituarte. De entre los arquitectos de su época, ninguno fue más amigo mío, ni más estimado por su espíritu juvenil y dotes de artista extraordinario, de las que nos que sus dibujos, sus acuarelas, sus bocetos hechos en clase y las pocas reconstrucciones que pudo hacer. La vida lo llevó a un obscuro puesto de arquitecto en la Dirección de Bienes Nacionales, en la cual mal gastó sus últimos días en corregir proyectos absurdos para restaurar iglesias, en dibujar retablos para pueblos ignotos, en resolver las mil y una cuestiones estúpidas que ofrece una oficina federal. El proyecto de Ituarte, dentro del criterio fijado, no era sino el mejor que podía haber sido proyectado: sus estudios, sus especificaciones, sus detalles para las portadas en piedra, todo era perfecto; yo mismo debo confesar que fui admirador entusiasta del proyecto y que desee, como ninguno, su realización. Esto, empero, no fue posible que se realizara. Hoy, pasados los años, con la experiencia y madurez de la vida, mis ideas han cambiado: creo que, hasta cierto punto, es una ventaja que no se haya realizado el proyecto de Manuel Ituarte.

1 Toussaint, La Catedral de México, Porrúa, México, 1973, págs. 221-223.
2 "Proyecto que presenta el Inspector de Bienes Nacionales, Manuel Toussaint, para la creación de un Museo, Biblioteca y Archivo de la Catedral de México." México, 30 de diciembre de 1927. Tal proyecto debe existir en el archivo de la Dirección de Bienes Nacionales.